domingo, 23 de diciembre de 2012

El incienso de Mirra: ¡Qué chisme tan grande!


El incienso de mirra: ¡Qué chisme tan grande!

Mirra: apasionadamente enamorada de su padre

Detrás de incienso de mirra se esconde todo una historia, con incesto y todo. Veamos los principales personajes de este chisme y algunos de los detalles que los dioses nos permiten ya contar.

Afrodita:
Afrodita y Adonis
Afrodita (en griego antiguo Ἀφροδίτη que significa algo así como "nacida de la espuma") era en la mitología griega la diosa del amor, la lujuria, la belleza, la sexualidad y la reproducción. Su origen es fenicio. Se decía que esta caprichosa diosa podía lograr que cualquier hombre se enamorase de ella solo con mirarlo. 
Tiene numerosas equivalentes: Inanna en la mitología sumeria, Astarté en la fenicia, Turan en la etrusca, Venus en la romana y probablemente Anaísa en el vudú nuestro.
Al parecer la bella Afrodita (hija de Dione, que sería un equivalente mas antiguo a Gea, la Madre Tierra) es de una generación anterior a la de Zeus.
¡Divinos dioses! ¡Que mujer tan vieja!

Perséfone:
Perséfone y Adonis
Perséfone es hija de Zeus y de la sobreprotectora Deméter. Su tío Hades (hermano de Zeus y dios del Inframundo) se enamoró de ella un día que la joven diosa recogía flores en compañía de Atenea y Artemisa. Justo en el momento en que Perséfone fue a tomar un narciso, Hades se la llevó a su subterráneo mundo. De esta manera Perséfone se convirtió en diosa del Inframundo. Deméter, que abandonó todos los cultivos de la tierra por el incidente, inició unos largos y tristes viajes en busca de su adorada hija durante los cuales la tierra se volvió estéril. Ante esta catástrofe Zeus ordenó a Hades que devolviera a Perséfone, pero esto ya no era posible pues la muchacha había comido un grano de granada. Y un bocado de cualquier producto del Tártaro (el lugar mas profundo del Hades) implicaba quedar encadenado a él para siempre.

El incesto de Mirra:
Mirra: convirtiéndose en árbol
Por otro lado, la princesa Mirra vivía aislada en el castillo de su padre Ciniras, rey de Asiria. Siendo este el único hombre que la princesa había visto en realidad. Mirra era muy bella. Tanto que se atrevieron, ella y su madre, a decir un día que era mas hermosa que la misma Afrodita. —¡Qué cosa tan grande!—
Entonces, la orgullosa diosa del amor pasional se enfureció y la castigó a sentirse atraída sexualmente por su padre. Algo que, siendo este el único hombre que ella conocía, no fue difícil que ocurriera.
Ayudada por su nodriza Hipólita, Mirra hizo creer a Ciniras que había una hermosa doncella enamorada de él y que lo esperaría una noche en su dormitorio. Por supuesto que el rey fue a la habitación de la supuesta doncella y sostuvo relaciones sexuales con ella durante doce noches; pero siempre en la penumbra. Sin embargo, una noche... Ciniras (también llamado Tías) decidió ver el rostro de su amante... y al encender un candil —¡vaya sorpresa— descubrió que se trataba de Mirra, su propia hija. Dispuso que fuese ejecutada inmediatamente.
Pero, otra vez ayudada por Hipólita, Mirra logró escapar. Durante largos años deambuló angustiada y arrepentida por las tierras orientales.
Una noche, luego de millones de súplicas, consiguió que Zeus la perdonase; aunque fue convertida como penitencia final en el aromático árbol que produce la perfumada materia que todos conocemos:  el incienso de mirra.
No obstante, el enojo de Ciniras contra Mirra no terminaba. Hasta ella llegó cuando ya la princesa había sido convertida en el afamado y aromático árbol. Al Ciniras verla disparó una flecha —¿una flecha? ¡Hm!— que se enterró en la corteza del dichoso árbol.
Justo a los nueve meses de esto nació un niño al que llamaron Adonis, cuya belleza fue celebrada, hasta cuando era adulto, en todo el universo espiritual y terrenal griego.

Y el chisme... sigue...
Adonis: eternamente bello
Ocurre que el bello Adonis fue encerrado en un cofre por Afrodita para que nadie disfrutara de su belleza. Luego puso el cofre al cuidado de Perséfone, que ya vivía en el Inframundo. Pero cuando la diosa, curiosa, abrió el cofre y descubrió lo que había dentro, se enamoró perdidamente del joven producto de un incesto. Y lo conquistó.
Desde luego que la celosa Afrodita no se quedaría tranquila viendo cómo Perséfone disfrutaba de la belleza del hijo de Mirra, Ciniras y una flecha puntiaguda que destilaba una sustancia blancuzca y espesa.
Entonces, Afrodita lanzó su mirada, como dardos sexuales, sobre el joven Adonis que no pudo resistirse.
Pueden imaginar los lectores la tremenda disputa que ocurrió entre las dos diosas. Cuando se juntaron una tarde en el salón de belleza, se jalaron las recientemente acondicionadas greñas...
¡No! ¡Perdón! ¡No fue allá! Eso ocurrió aquí hace ya mucho tiempo con dos conocidas artistas llamadas... (¡Giovanny, cállate!). Pero, ciertamente, las diosas pelearon por Adonis.

Afrodita cantó: "yo gané... y usted perdió, perdió, perdió"; pero...

Efectivamente, Adonis no pudo sustraerse a los encantados de la incomparable Afrodita. Con ella se deleitó sobre la tierra una gran parte de su vida. Cuando no estaba entre los brazos de la diosa se la pasaba cazando en los montes del Líbano.
Pero una tarde... Ares, el dios de la guerra (otra versión asegura que fue el celoso Apolo), convertido en jabalí asesinó al bello Adonis, quien moriría entre las piernas de una clamante Afrodita. Con cada lágrima por la diosa derramada se formaba sobre la tierra una anémona.
Pero ni modo, Adonis estaba muerto y se iría, dado que era el fruto de un incesto, a residir al Inframundo.
Cuentan que cuando Adonis llegó al Hades, Perséfone se puso las manos en la cintura (como hacen aquí las mujeres para tirar vainas) y dijo:
       —Y ahora ¿quién fue la que ganó?
Empero, el asunto no terminó ahí. ¡No, señor! Ocurre que Afrodita (haciendo con su boca la trompita de chismosa) cogió para donde Zeus a denunciar que sería una tremenda injusticia que Perséfone se adueñara de la belleza de Adonis por el resto de los tiempos. 
       —¡Y eso no puede se así, Zeus!
El jefe de los dioses entendió que tenían méritos los argumentos de Afrodita y dispuso que el eternamente joven Adonis viviese seis meses con Perséfone en el Inframundo y los otros seis sobre la tierra con Afrodita. 
      —¡Esto, por el resto de los tiempos!
¡Cuánta delicia! Hasta yo hubiese hecho ese sacrificio. ¡Ay sí!

Adonis, hacedor de las estaciones:
Este asunto de Adonis tiene su referente en los cambios de estación, pues su reencuentro con Afrodita marca el inicio de la primavera y el renacer de la naturaleza; mientras que su regreso al Inframundo con Perséfone da inicio al otoño y al invierno.

¡Ay no! No puedo con este chisme tan grande. Apenas soy un semidiós. ¡Corran... corran... corran... tiren, carajo carajete, el... Telón telonete!










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