jueves, 15 de febrero de 2018

El fenómeno “Laura Lebrón”

El fenómeno “Laura Lebrón”
Por Giovanny Cruz Durán



Utilizar la expresión… “estoy gratamente sorprendido” para reconocer sus logros, sería una inconsecuencia. Esto, porque he sido testigo de excepción de la formación, desarrollo y la disciplina humana y profesional de Laura Lebrón.

He sido, también, testigo del amor y respeto que ella profesa para todas las Artes Escénicas.

Cantante, compositora y músico
Igual fui testigo del sacrifico supremo de sus padres (Mario y Nancy) para lograr enviarla a estudiar a Estados Unidos, contando sólo con sus no precisamente abundantes recursos.

Inclusive, dejarla ir a una aventura artística en un país tan demandante y devorador de talentos como los USA, no dejó de causar preocupación y tristuras en sus padres. Era un inmenso riesgo. Una apuesta que podía salir mal.

Empero, Laura Lebrón demostró merecer el sacrifico familiar… y las angustias. Estudió, se destacó, vino al país varias veces a compartir en escena lo que había aprendido (“La Venus de las pieles”, “Ave negra”, etc.) y hasta como instructora de Yoga compartió enseñanzas y filosofía.

Ya todos hemos sido enterados que la hija del director teatral y actor Mario Lebrón, ha sido nominada como Mejor Actriz Principal por su interpretación de “Nina” en el Teatro Gala, Washington DC, bajo la dirección de Luis Salgado. ¡Qué tremendo orgullo!

Laura Lebrón en "Ave negra".
Aparte de mi particular satisfacción profesional, con su nominación Laura se erige como el artista dominicano que logra la mayor distinción internacional en las Artes Escénicas. Hay otro encanto profesional en todo esto: ella no es una megadiva que logró, por diversas extrañas razones, que un productor la pusiera en una realización. No. Ella no es una amiga de alguien que se empeñó en ayudarla a triunfar para luego “cobrar” por el favor otorgado. No. Laura no es la protegida de un familiar que invirtió recursos e influencias para que la aceptaran en escenarios internacionales. Nada de eso. Laura es una trabajadora incansable y respetuosa del Arte, con una de las mejores formaciones académicas que pueda obtenerse y una disciplina de hierro.

Al nivel que Laura Lebrón está, no se llega si no es de la forma que lo hizo. Hasta al Cine es posible llegar sin los atributos y preparación que tiene. Es algo que en nuestro país vemos cotidianamente. Pero, al real éxito en el Teatro verdadero, el profesional, el demandante; sólo pueden llegar los actores de real talento y exhaustiva formación.

Mis plausos y mi reverencia a Laura Lebrón. Gran orgullo dominicano.
¡Telón!

martes, 13 de febrero de 2018

Te celebro

-->
Consiéntanme y permítanme adelantarme unos minutos, sólo unos minutos, para regalar, como  habré hecho otras veces, esta manifestación de amor.



Te celebro

Te celebro cuando a la mañana se le ocurre
suspirar en su siempre asombroso
                                                     —y único— 
rocío.

Te celebro en los rayitos de sol
que penetran intersticios de paredes ahuecadas,
ellos son
             —finalmente lo sé—
duendes expectantes.

Igual te celebro en el haz que cruza mis ventanas,
descubriendo un venturoso Universo
sonríendo en millones de mágicas partículas
flotando en mis espacios.

Te celebro
en los roncos quejidos de amantes sudorosas,
en sus fugaces e incumplidas promesas
que procuran perpetuar esos instantes
en los cuales pasiones y amores
urgen convertirse en lenguaje articulado.

Te celebro
en las «Aguas Primaverales» de Turguénev
que acostumbro leer
cada vez que te descubro en la llovizna 
agazapa en múltiples zaguanes
o entrando por la segunda puerta de mi cuarto,
vestida de estrellas y destellos,
desnuda en un balcón
o llenándote de luna
y repitiendo tus dos palabras preferidas:
                                                         —las únicas que importan—
 ¡Soy tuya!

Te celebro en los versos
que he querido robarle a Paul Éluard:
                                                          «Te amo por amar.
                                                            Te amo por todas las mujeres que no amo.»


No logro en cambio celebrarte,
y confieso que allí te he presentido,
en la portada de una obra de Baudelaire
que nunca he concluido
por miedo a encontrarte, o saberte,
cuestionada en páginas del libro:
                                                   «Los paraísos artificiales».

Pero sí te celebro, me apasiono y río
en las alegres desvergüenzas de Milan Kundera
que inevitablemente encuentro en
                                                      «El libro de los amores ridículos».

Te celebro en los candiles de escenarios antiguos,
en las fascinantes sombras chinescas que nos permiten ser el Otro,
en el legendario canto del grillo,
y las plumas del águila,
                                                            amada y temida por gusanos,
                                                            por nosotros
                                                            y los otros.

Te celebro
en los sueños del transmutante camaleón,
que sólo aspira ser
                          —en su singular mimetismo—
su único Universo conocido.

Te celebro
en cada pétalo de las fascinantes amapolas de Villa Trina,
que son como las furcias...
                                           dadoras de placeres.

Te celebro en las abejas que sustraen el polen de las rosas
para luego sembrarlo en otras flores.
Lo hago en el nectarívoro colibrí,
hechizado siempre en los capullos.

Igual te celebro en la expectante pantera
que se vuelve sombra ante infinitos esplendores,
en los sonajeros que cantan y encantan
casi tanto como tú.

Te celebro en las bufandas de tules añiles
y en los peplos bermejos que nunca debieron irse.

Te celebro
en las vivenciales canciones de alabanzas,
en todos los secretos escondidos en la danza y la cintura
de aquella Salomé que bailaba para todos
aunque sólo quería besar a Jokanaán,
en el velo que Ivanova regaló a Samia Gamal
para que el mundo se perdiera
en el hechizo de sus danzas orientales.

Te celebro y percibo
en la convicción de Aquel mártir
que no dejó de aclamarte
sabiéndose morir entre jugadores y ladrones,
ni aún cuando la feroz lanza penetraba
en la roja habitación donde dormías.

Te celebro en tu gesto sin rostro,
en tu nombre sin apodo ni apellidos,
en la ilusión de mis dedos reclamándote los labios,
en las seductoras miradas de doncellas que cruzan mis caminos,
en el taconeo repicado de casas encantadas,
en las faldas florecidas de las que apenas te susurran,
en los que gozosos se aventuran a llamarte,
en aquellos que te piensan o presienten,
en los sabios que por siglos han intentado
                                                              —sin haberlo todavía conseguido—
atraparte o explicarte en el Vocablo.

Te celebro en todos los enigmas del fuego,
en el imperecedero movimiento de los ríos
que aún llevan el nombre de Heráclito,
en los lúdicos efluvios que salen de la negra tierra mocana,
en las inconstantes formas de las amarillas nubes del Sur,
en los labriegos que cantan al cultivar rosas o naranjas,
en el canto y la música ritual de atabaleros,
en nuestro único desierto,
en esos obreros venecianos que fabrican los espejos
que nos impiden mentir,
en todas las ciudades, callejas y caminos
que aún no he podido conocer,
en todas mis noches de vino, poesías y nostalgias.
Allí te identifico
y te llamo alborozado por el nombre convenido:                                                                    
¡Amor!

jueves, 7 de diciembre de 2017

Un anuncio trascendente para la Cultura dominicana

Un anuncio trascendente para la Cultura dominicana
Por Giovanny Cruz Durán.



La identidad de una Nación se forja y sostiene en la Cultura y su legado. Nosotros, ciertamente, somos actores sociales del presente; pero aquí hemos llegado porque antes hemos sido viajeros tenaces en el tiempo.

Me parece criminal dejar que muera, sufra o se deteriore nuestro acervo cultural y las instituciones que tienen la encomienda de preservarlo. No es para nada casual que diferentes gobiernos dominicanos, han dejado fuera a la Cultura en los grandes proyectos de desarrollo. 

Igual luce ser un buen indicio que se hagan serios intentos de preservarnos en el legado cultural.

En ese sentido, celebro saber por boca del ministro de Cultura, Pedro Vergés, que después de más de treinta años de espera, hay planes concretos de rescatar instituciones valiosas de la Plaza de la Cultura, los museos de la Zona Colonial, monumentos patrimoniales y las mismas ruinas de la Isabela.


En otro tenor, hay una importante herencia taína aquí. Debemos procurar rescatarla también. La Cultura sobrevive, siempre, hasta al exterminio de los pueblos que la han producido. Los asombrosos, dulces e ingeniosos taínos fueron diezmados, ciertamente; pero hay más de mil vocablos de su idioma que han sobrevivido al paso del tiempo: coa, conuco, huracán, chin, barbeque (BBQ); entre tantas otras. Así mismo, han sobrevivido mucha de su artesanía y costumbres. Les aseguro que su mitología es espectacular, creativa e inteligente.

                      “Un mañana, ambos, Nonún y el Güey,
                       saliendo de la caverna en que se amaban,
                       subieron a la Cauta
                       y desde allí dichosos se lanzaron
                       hacia todos los espacios de este mundo.
                       Pero al ver Nonún que el Güey,
                       en intensos esplendores,
                       apagaba el tímido rastro de los suyos, huyó
                       y fue a otra cueva a esconderse entristecida.
                       Desde entonces Nonún sólo se asoma,
                       entre nubes, nostalgias y morriñas
                       cuando el arrogante deslumbrador está dormido
                       y baja a bañarse en aguas tibias,
                       que al ser tocadas por la dulzura de su plata
                       crecen como guailí entre la bruma.
                       Ahora, unidas ya sus luces no se encuentran.
                       Lo taínos, azorados,
                       acompañan al Güey en su jornada;
                       para amarse, sin embargo,
                       procuran de Nonún y su ternura.
                       Aunque la sonrisa del Güey, cada mañana,
                       es el día por nosotros celebrado,
                       los días en que Nonún es transformada
                       son el espacio y el tiempo
                       en que ocurren nuestras idas.”
(fragmento de mi poema “Areytos: cantos sagrados entre el cielo y la tierra.)

Empero, siendo la Lengua el principal legado cultural de un pueblo, pienso que sería una labor importante, tarea de varias naciones (España, Francia, Puerto Rico, Cuba, Venezuela y nosotros), procurar rescatar lo más que se pueda de la lengua de nuestros indígenas. Les recuerdo que la zona del Orinoco desde la cual salieron los primeros pobladores del Caribe (llegaron a esta zona en rústicos troncos ahuecados) está absolutamente identificada. Hay pueblos en esa zona que todavía hablan el idioma original de nuestros taínos. En Cuba han detectado montañeses que hablan en una jerga que a algunos antropólogos de la lengua le recuerda al idioma de los taínos.

Admito que es una tarea complicada de la que estoy hablando. Quizás sea visto hasta como una quimera; pero toda inversión de tiempo, espacio y dinero que se haga en la Cultura es trascendente.

Mientras sueño un poco con esta posibilidad, me quedaré celebrando las importantes declaraciones del ministro Vergés; de las cuales no tengo por qué desconfiar y cuya importancia no puedo regatear.

Desentruñando esta vez el gesto hacia el Misterio de Cultura (por aquello de que unas van de cal y otras de arena), me voy a permitir solicitarles que me permitan, contento, correr el


¡Telón!