sábado, 5 de agosto de 2017

Procesando y construyendo personajes

PROCESANDO Y CONSTRUYENDO PERSONAJES

Por Giovanny Cruz Durán


Delta Soto, María Castillo, Karina Noble y Carlota Carretero: verdaderos monstres sacrés de la escena dominicana.

No muchos directores teatrales están dedicando el tiempo requerido para una adecuada construcción de los personajes que sus actores interpretan. Lo que el suscrito entiende es una de las más notables deficiencias que acontece en el teatro dominicano. 

¿Cómo podemos interpretar personajes si no conocemos sus personalidades y sentimientos? La experiencia nos cuenta que el instinto no es suficiente. Para la caracterización escénica es imprescindible estudiar, desde el punto de vista sicologista, a los personajes, la historicidad contenida dentro de las piezas, el camino literario que sigue y la sociología de la meta. Esas son herramientas obligadas en un trabajo teatral serio y consciente.

Desde la creación de este espacio cultural nos propusimos que, aparte de lo informativo, hubiese en él una gran cuota de didáctica.

Honrando ese objetivo, y aprovechando el exhaustivo proceso en el cual estoy reconstruyendo los personajes que realizaré en “Giovanny Cruz: entre máscaras y celuloide", les contaré la manera en la cual se deben construir los personajes antes del extraordinario riesgo que es llevarlos al escenario.

Para los hacedores de teatro serán datos importantes. Para los diletantes resultarán apasionantes y les servirán para hacerse más perspicaces al asistir a una representación teatral. Para los conocedores de "El método de las emociones" será una añoranza. Para otros los datos ofrecidos serán curiosidades. De todos modos, estaremos descifrando algunas de las marañas y misterios que hay en el teatro organizado y “científico”.

Obra "La boda"", dirección de Rafael Villalona. En escena Augusto Feria, María Castillo, Delta Sota y César Olmos.
El proceso:
Lo primero que pedimos de los actores es leer la obra en sus respectivas casas. Se aconseja leerla cuantos personajes tenga la pieza; aunque instruimos a cada actor darle por lo menos una lectura a la obra desde la óptica del personaje que va a encarnar. No importa que el personaje tenga mucho o poco texto, el “universo” existe a partir del él. Por eso un actor nunca juzga su personaje, simplemente lo comprende.

Las primeras lecturas:
Cuando reunimos a los actores hacemos lecturas panorámicas (ensayos de mesa). No debemos —¡Nunca! —comenzar a interpretar los personajes en esas primeras lecturas. ¿Cómo hacerlo con personajes que aún no hemos estudiado? Empero, esto es un vicio generalizado en el teatro dominicano.

Acotaciones y condiciones dadas:
Las acotaciones son todas las indicaciones directas contenidas en el texto literario que ha escrito el dramaturgo. Las condiciones dadas son indicaciones indirectas (contenidas dentro de los parlamentos: “¡Mira, Blanche, estoy sangrando!). Las dos son pistas importantes que nos ofrece el autor. Y no siempre están claramente definidas. Hacerlo es impostergable para el elenco. Desde ellas partiremos para conseguir el texto dramático.

Los hechos importantes:
En cada escena ocurren hechos que resultarán trascendentes para el desarrollo de la historia. Identificarlos cuidadosamente (con la intención de resaltarlos) es vital desde los primeros días de ensayos. Con ellos es que vamos a trabajar. De ahí partirán todas las acciones... Es decir: la teatralidad.

Carlota Carretero / Karina Noble y Giamilka Román / Carlota Carretero.

La sicología de los personajes:
Los personajes tienen pasiones, deseos, propósitos, actitudes, enfermedades, ansiedades, obsesiones, preocupaciones, celos, amores y desamores que los categorizan. Nosotros, en las distintas puestas en escena. dedicamos largas horas a este estudio. Y sólo es un antecedente necesario; porque luego acostumbramos a sostener varios encuentros con algunos siquiatras que conceptualizarán sobre los aspectos sicológicos y cuidarán la salud mental de las actrices y actores de las obras. Hay obras más demandantes que otra, por supuesto, y peligrosamente comprometidas en sus pasiones. En estas es muy conveniente tener un siquiatra siempre cerca. (La obra “Amanda” no hubiese podido realizarse sin la intervención y cuidado del doctor Vicente Vargas Lemonier, que frecuentemente funcionó como un oráculo).

Las líneas del personaje:
Fiora Cruz Carretero y las máscaras teatrales.
Son dos: Linea Externa y Línea Interna. La primera es lo que el personaje viene “claramente” a hacer en cada escena. La Interna es su intención verdadera. Piensen en aquel doctor Merengue de las tiras cómicas. Él se paraba frente a una vidriera, por ejemplo, al lado de una madre con su pequeño hijo y decía: ¡Buenos días! ¡Qué niño tan encantador. (Línea Externa). Sin embargo, aparecía un difuso y etéreo personaje que salía desde su interior y planteaba: ¡Qué cara de delincuente tiene este niño! (Línea Interna).
Los seres humanos no somos “químicamente” puros. Siempre estamos sometidos a las condicionantes de la Dialéctica. Sobre eso que llamamos personalidad la etimología nos indica que es una careta, una actitud y frecuentemente una pose. Octavio Paz nos demostró que la gran literatura es aquella que nos presenta al ser humano no reconciliado consigo mismo sino con el alma hecha jirones. Los personajes tienen dualidades. Para interpretarlos debemos precisarlas claramente. Si no las tienen renunciemos a esa obra. Tengan en cuenta que deben procurar en el transcurso de la puesta en escena, que la Línea Interna “aflore” de cuando en vez. Esto lo hacemos para preparar al espectador para el desenmascaramiento final.

"Amanda" (Juan María Almonte y Karina Noble) y "Virginia sombra en el mar de los caribes" (Xiomara Rodríguez y Flor Polanco); de Giovanny Cruz
Las cinco preguntas elementales del personaje:
1- ¿Quién soy?
2- ¿Por qué soy o estoy?
3- ¿Dónde estoy?
4- ¿Cuándo estoy?
5- ¿Cómo estoy?
Con las cinco preguntas debemos tener mucho cuidado. Nunca es fácil contestarlas. Patean. Y patean duro. No se trata de inventar datos para luego justificarlos en los ensayos. No. Las respuestas están en la forma de pensar de los personajes, en los hechos importantes de la pieza, en las acotaciones y condiciones dadas. Si estudiamos la obra seriamente los encontraremos. Estos datos funcionarán como códigos, por lo tanto no deben ser muy largos. No se trata de hacer una biografía. Lo que procuramos es que estén dentro del cerebro de los actores y que estos, cuando comienzan a invocar las emociones, los puedan utilizar prácticamente de manera inconsciente.


La Acciones:

Lo que hacen los personajes en escena son acciones. Movimientos, sentimientos, miradas, actitudes, etcétera. Todas las acciones tienen que ir directamente hacia la Línea Argumental, o Línea Ininterrumpida, o Línea General. Si asistimos a un evento teatral y notamos que hay asuntos confusos en la historia, es casi seguro que esto se deba a que las Líneas de Acción no están alimentando a la Línea General. No seríamos, en ese caso, nosotros quienes no estamos entendiendo. Es la obra que tiene defectos. Las accionesdeterminadas y específicas, tienen que ser lógicas, coherentes y reales. Nunca olvidemos que el actor tiene que ganarse el derecho hasta de sentarse en una silla. Y no lo podríamos hacer si no lo justificamos. Lo hacemos porque estamos cansados, deseamos leer, nos duelen los pies, vamos a ver televisión, etcétera.

La Línea General (Línea Argumental o Línea Ininterrumpida).
Es, en término simple, lo que cuenta la obra, la historia de los personajes, el argumento de la pieza. Ella debe ser muy precisa. En ella está contenido todo el trabajo anterior y el que aún falta por hacer. Es lo que llegará a los espectadores. Es en ella donde estarán los cinco niveles de la presentación: El del público simple que va a entretenerse, el medio que perseguirá entretenerse y algún tipo de enseñanza, el que va a desafiar la capacidad del artista, el diletante que espera encontrar verdades humanas trascendentes y el intelectual que va en procura de ver y descifrar “los misterios de Eleusis”.
La Línea General comenzará como una pequeña bolita de nieve. Luego se irá incendiando hasta terminar como una gigantesca bola de fuego. Si logramos el procedimiento conquistaremos a los espectadores con la historia contada.

En Francia conocí el método de trabajo del director ruso Alexis Vassili que plantea dos vertientes en el estudio y trabajo de una pieza teatral, con las cuales obtendríamos mismos resultados: Estudiar y trabajar desde lo que él llama el Impulso Inicial de la Línea General o, en su defecto, al Impulso Final. Ambos nos darán la tónica a seguir. En el inicio de la obra están todos los avisos necesarios que nos conducirán a un resultado. En el Impulso Final podemos descubrir todo el devenir de la pieza. ¿Interesante, no? Sería como un método de capicúa.

Giovanny Cruz, Delta Soto y Ángela Herrera en distintos personajes.
La caracterización:
También hay dos: La física y la sicológica. La primera es la que determina el vestuario, el maquillaje, los ademanes, el movimiento del personaje, etcétera. La sicológica nos habla de las actitudes que asume el personaje, su comportamiento.

Aquí introduzco dos elementos novedosos dentro de la llamada “Técnica de las Emociones” que parte, desde luego, de Stanislavsky: El Gestus Social y el Gestus Fundamental. Resulta que los personajes no sólo importan cómo son, sino, también, cómo se proyectan hacia el conglomerado (Gestus Social). Pero también tienen comportamientos que son determinantes por aquello que provocan (Gestus Fundamental). En este punto (aporte brechtiano) solicito a mis actores dibujar el personaje en la manera que ellos piensan estos proyectan su caracterización, como los visualiza el artista escénico.

El “Si” Mágico:
Es tarea inútil tratar de convencer a nuestro subconsciente de que desplacemos al “Yo” y en su lugar coloquemos al personaje. Irrealizable  es este proceso. Pero si no nos comprometemos a dejar de ser Yo, interiormente, y convertirnos verdaderamente en ser Blanche Borgia. Lady Macbeth, Orestes, Segimundo, Julieta o Calígula el subconsciente se prestará a ayudar. Como no me exijo dejar de ser “Yo” sino a actuar como si yo fuera el "Otro", la rebeldía natural que me habita es desplazada por un sentido de entendimiento. Cuando me planteo la posibilidad del “Sí Mágico” (o “como si..” yo fuera tal personaje) partimos del “Yo” hacia la realización del “Otro”. Aseguro que esto funciona muy bien  ya que el "Si Mágico" actuará como palanca emocional y no es tan complicado como luce.

La memoria emotiva:
Para la creación de esta herramienta teatral se partió de la Catarsis, que procura revivir los episodios traumáticos en un punto del pasado para curar el mal actual. Con la memoria emotiva buscamos puntos emocionales de nuestros pasados para incorporarlo, dimensionándolos, al momento teatral actual. No ofreceremos muchos detalles teóricos sobre este tópico por lo peligroso que es a nivel sicológico. Con esto no se puede inventar sin la ayuda de un verdadero maestro. Prefiero ser consultado directamente por los interesados sobre este singular proceso. También podrían hacer lo mismo a María Castillo, Iván García y Carlota Carretero, directores que manejan muy bien esta delicada herramienta teatral.

Iván García, Osvaldo Añez, Luis Dantes-Castillo y Pepito Guerra ("El Sucesor"; de Giovanny Cruz)/ Héctor Olivier, Arturo López, Sócrates Segarra y Carlos Espinal ("Calígula"; de Albert Camus)
Los puntos de vista:
De la técnica zurciana, misteriosos códigos que hemos creado para hacer teatro, trabajamos con tres posiciones, o puntos de vista, fundamentales (Triángulo Escénico):

1- PP (Posición del Protagonista): A partir de la posición que este tenga sobre la historia se inicia el conflicto.
2- PA (Posición del Antagonista): Es quien hará oposición al protagonista. Sus contradicciones construyen el núcleo del conflicto escénico. Ellos son quienes determinan la dialéctica teatral.
3- POE (Posición del Obrero Escénico). Es el punto de vista del equipo que conforman los actores y técnicos que intervienen en la realización. La obra debe iniciarse con la posición de este equipo en segundo plano. Al final estará en primer plano, por aquello de que toda puesta en escena es una interpretación particular de sus realizadores.

Como un detalle quiero citar dos curiosidades. Para casi todo el mundo la protagonista de “La casa de Bernarda Alba” (La mejor obra de Lorca) es, precisamente, Bernarda. Nosotros planteamos que el verdadero protagonista es Pepe el Romano, personaje que aunque se siente nunca aparece en escena. Pero el objetivo de  la pieza, y su desenlace, ocurrirá por él. Pepe el Romano es la otra libertad que se persigue. Lo mismo ocurre con la pieza de Albert Camus “EL Malentendido”. En ella el personaje del Mozo (descubriremos que es Dios) solamente dice al  final: ¡No! Sin embargo, ahí mismo nos damos cuenta de que él, con esa negación, se constituyó en el Súper Objetivo.

¡Objetivo y Súper Objetivo! ¿Qué es esto?
El Objetivo es hacia el lugar al cual se  dirige la Linea General. Lo que se persigue con la representación de la obra teatral. Es a lo que los lerdos llaman “fondo” de la pieza.
El Súper Objetivo es el trasfondo. Es el propósito mayor, la mayor trascendencia, la exploración filosófica de la pieza.


La interpretación:
Sólo después de cumplir con todos estos requisitos, con estos predicamentos y con este proceso permito a mis actores comenzar a interpretar. Desde luego que sentados en sus sillas hasta que dominen el texto. Nunca dejo que los actores ensayen de pies con sus libretos en las manos. Eso es, también, prostituir el trabajo teatral.

No pocos actores me preguntan: ¿Qué hacer cuándo los directores no siguen este proceso técnico? Por encima de ellos, actores y actrices, deben construir sus personajes con el rigor  requerido. Hay otra posición que puede asumirse, pero la ética teatral me impide decirla. Sólo me atrevo a informales que hay recursos de los que dispone un actor no satisfecho. Uno de ellos es acudir al siempre conveniente...

¡Telón!

jueves, 3 de agosto de 2017

El complejo viaje de un… «Te quiero…»

El complejo viaje de un… «Te quiero…»
Por Giovanny Cruz Durán.


Sólo algunos retazos me llegaron del suceso. Ocurre, que una amiga me entregó hace aproximadamente dos meses, un sobre amarillento al que el tiempo le estaba pasando por arriba. Mi amiga cometió el terrible error de decirme: Pa que escriba algo sobre esto. Y me contó muy escasos pormenores. Perennemente me siento incómodo cuando alguien me narra asuntos para que yo los convierta en literatura. Por eso dejé el sobre y la carta sin leer en una gaveta de mi escritorio antiguo. Hace unas noches, sin embargo, agotado de escribir, decidí descansar y hasta servirme una copa de un tinto catalán. Distraído, abrí la gaveta, vi el sobre en cuestión, me interesé y leí el contenido de su breve misiva. Hice unas cuantas investigaciones y he aquí parte de la historia:

«Ella, en Mónaco, recibió una carta del joven caribeño al que amaba. Se suponían enamorados (de esos, como diría Facundo Cabral, que nunca preocupan al bosque... porque los enamorados no matan mariposas). Por supuesto que no leería “su” carta en la vulgaridad del salón de trabajo en el cual se encontraba. Salió de allí y tomó las calles de la ciudad. Tampoco ahí la leería. ¡No! Esa esperada carta merecía ser enmarcada. El mar era el lugar habitual que la discretamente hermosa Loraine escogía siempre para hacerlo. Llegó hasta la playa y caminó un poco. Buscó, igual que otras veces, la sombra que proyectaba un arbusto. Se sentó y se quitó toda la ropa interior que llevaba puesta. No esperaba nada sexual en el contenido de la carta; pero despojarse de sus prendas íntimas era un ritual. Ocurre, que su “amor del Caribe”,  divertidamente atrevido todo el tiempo, le dejó esa costumbre en su paso por el Principado. La muchacha abrió el sobre, sacó la carta en él encerrada, la desplegó sobre la falda amarilla con floresillas moradas y dirigió su mirada hacía ella. Su "amor" nunca escribía el nombre de ella en el inicio ni el suyo al final de la carta; procurando de esa manera, decía, que la carta actual fuera siempre continuación de las otras.
Los músculos extraoculares se movieron inquietos para posarse inmediatamente sobre las dos primeras palabras, extraordinariamente convertidas en rayos luminosos para de esa manera presentarse ante el nervio óptico, sin realmente pedir permiso para iniciar desde allí su viaje hacia el encéfalo. Comenzaron, ambas, un complejo recorrido en la córnea, atravesaron el humor acuoso, pasaron luego a través de un lente ocular que llaman cristalino; posteriormente recorrieron el humor vítreo hasta tropezarse con la pared posterior del glóbulo ocular llamada retina, que está conformada por más de diez capas de diferentes tejidos identificados como cintillas ópticas; las cuales fueron infatigablemente rebasadas por las dos palabras de esta historia. Desde las cintillas “caminaron” hacia la hipófisis pasándoles por delante a la silla turca. Entonces, las dos en conciencia de su naturaleza, se aseguraron de convertirse en quiasma óptico antes de alcanzar su objetivo en el núcleo geniculado lateral, al que arribaron en la región llamada tálamo. Pero antes, desde los núcleos, salieron convertidas en un inmenso haz de fibras llamadas radiaciones ópticas, atravesaron el cerebro para llegar a la parte posterior: el lóbulo occipital; donde realmente, como información, terminaron de convertirse en “imagen cerebral”.
Dos de esas capas que he citado, contienen unas células fotosensibles en las que se aloja una sustancia llamada rodopsina, que inmediatamente se alteró químicamente en el movimiento de absorción de las palabras convertidas en luz concurrente. Esta alteración química produjo, en la ocasión que nos interesa, un cambio eléctrico destinado a llegar al cerebro desde el nervio óptico. Estando en el cerebro, estos cambios eléctricos de nuestras dos palabras fueron otra vez procesados para que produjeran las diferentes sensaciones que dieron al cerebro informaciones de tamaño, color, situación, textura, zonas transparentes entre las palabras y del movimiento de la carta entre las piernas de Loraine. Luego de este viaje, finalmente, el cerebro, procesó a las dos palabras de manera invertida; es decir: la imagen del lado derecho fue “vista” por el cerebro en el izquierdo y la otra exactamente en el lado opuesto.
Ya en este punto del proceso, Loraine estaba lista para asimilar a las dos palabras señaladas y se enteró, finalmente, cuáles eran: Te quiero. Se estremeció como si fuera sacudida de los hombros por un oso. No obstante, no podía perder tiempo en esas sensaciones porque ya su cerebro había procesado las otras cuatro extrañas palabras que seguían: la distancia nos complica…»

Había, todavía, una palabra más; pero no sé exactamente cómo esta encajaría, a esa altura argumental, desde el ojo hasta el cerebro, si acaso logró hacer el viaje. Tampoco me he enterado cuál fue la reacción de la hermosa monegasca, si la hubo. Pero si sé, porque lo acabo le leer, cuál es la última palabra de esta historia: ¡Telón!

jueves, 27 de julio de 2017

Entre Beltré, Osvaldo y Marcio

Entre Beltré, Osvaldo y Marcio
Por Giovanny Cruz Durán



Hace algún tiempo, entonces deambulaba por los caminos del marxismo, se me adoctrinaba para que pusiera la esencia y el contenido por encima de todo. ¡Bizcocho sin suspiro! Hasta a la personalidad juzgué un Mito.

Pero, por esos tiempos leí el grito de Bertolt Brecht: “¡La forma es la expresión más acabada del contenido!

Así las cosas, comprendí por qué se me hacía casi imposible apartar el buen decir, el bien escribir, los buenos modales y la educación formal del comportamiento.

Albert Camus, interviniendo en su pieza teatral “Calígula” (cuando este emperador, angustiado por la pérdida de su hermana y amante, se ausenta por días del palacio, preocupando a los senadores del imperio, que entendían debía contemplarse la posibilidad de sustituirlo, ya que entre ellos… “no faltan emperadores”), responde con palabras en boca del personaje Helicón: “No. Sólo faltan personalidades.”

¿Entonces, resulta ser que la dichosa personalidad no es tal Mito? Probablemente tampoco una “careta”. Seguramente es una manifestación trascendental de nosotros mismos, condicionada por la Cultura y el Saber. Una actitud.

En este devenir de mi particular y singular tiempo, en lugar de sentirme devorado por Cronos, asumo esta encantadora madurez como un reciclaje del pensamiento. Curado de los males pasionales que son comunes a todo joven, entiendo ahora que la Sabiduría no está en la proclamación. No. Está en todo el proceso vivencial… y en la espera.

Ahora, en todos mis laberintos interiores, en los vericuetos por cuales camina el Cocimiento, están dictándome fórmulas definitivas. Definitivas hasta que ocurran nuevos descubrimiento, aclaro.

Y justo allí, en esas profundidades particulares en las cuales algunas veces hasta duermo, me estoy obligando a regresar... a lo Bonito. ¡Me estoy volviendo un esteticista! Como tal, no puedo aceptar a un escritor, a un artista, a un ensayista o a un comunicador para el cual la palabra, escrita o hablada, no es el resultado de una elaboración que su formación determinó.

Un comunicador verbal debe saber hablar. Sin duda. Sin embargo, esto no siempre es así. Anoche, recluido en mi cama por cierta dolencia que me imposibilitó asistir a la puesta en circulación de la novela “La Natividad” (de Marcio Veloz Maggiolo), veía distraído, como un sencillo premio de consolación ante mi obligada ausencia, un partido de pelota de los Rancheros de Texas. Era una oportunidad para aplaudir al gran Adrián Beltré. De repente, sentí que para fastidiarme, uno de los narradores dijo: “Mira, yo soy de los que piensa…”

Me he cansado de corregir a políticos, comunicadores, escritores y amigos ese error garrafal. Me duele escucharlo. Por eso, no sin cierta intolerancia, escribí una nota al amigo Osvaldo Rodríguez Suncar, que es muy cuidadoso y certero en su pronunciación.

Le aclaré que aquel colega suyo que comentaba en el susodicho partido, no es de LOS que PIENSA. ¡Jamás! Él es de… LOS que PIENSANNNN… de LOS que CREENNNNNNN… de LOS que ASEGURANNNNNNN…


Un siempre compresivo Osvaldo me contestó inmediatamente. Trataría de llevar, prometió, mi inquietud hasta donde el reincidente infractor deportivo. Esto, porque Osvaldo sabe que por esos asuntos soy… ¡de LOS que SUFRENNNNNN!

Me interrumpo, porque debo empezar a leer la novela de Marcio. Soy de LOS  que ADMIRANNN y de LOS que APLAUDENNNN a este inmenso escritor y amigo. Ya les contaré sobre la novela. Pero ahora sean comprensivos y dejen que se cierre el...

-->
¡Telón

martes, 25 de julio de 2017

Tengo un amigo llamado Pedritín…


Tengo un amigo llamado Pedritín…
Por Giovanny Cruz Durán


que ha convertido la inteligencia, el conocimiento, la sabiduría y el buen escribir en una religión. En su religión. Tengo la  fortuna de que Pedritín (Pedro Delgado Malagón) remite a mi correo electrónico sus reflexiones sobre el Conocimiento. Algo que él sitúa en el plano estrictamente cultural. Cada entrega de Delgado Malagón es un ensayo particular, bien escrito y mejor planteado. A decenas de sus trabajos he deseado reproducirlos en esta La Pasión Cultural. Hace un par de semanas escribió sobre la tragedia griega. ¡Brillante! ¡Genial! Como se entenderá, dada mi condición de hombre de teatro de formación, ese es un tema que he estudiado profundamente... creía. Al leer a Pedritín sentí que me faltaba hacerlo, que mis estudios e investigaciones sobre ese tan cercano tema, habían estado incompletos. En un artículo anterior él abordó el tema de la risa. Es probable que ese ensayo y la novela de Umberto Eco “En el nombre de la rosa”, sean los dos asuntos más excepcionales que he leído en ese tenor.
Hace unos días recibí una nueva entrega que me ha dejado apabullado. Sin pedir ninguna autorización (quedaría frustrado si me la negasen) voy reproducir íntegramente sus Apuntes de infraestructura publicado en El Caribe con el título: “Persistencia del embrujo”.
Por supuesto que si no soy demandado por publicación inconsulta, publicaré las entregas antes citadas en posteriores fechas. ¡Disfuten!

Link de la publicación en El Caribe: 
http://www.elcaribe.com.do/2017/07/22/persistencia-del-embrujo 



A Marcio Veloz Maggiolo, añejo oficiante de inextinguibles saberes…








El hombre reclama, en el origen, seducir las aguas, conjurar el viento y revivir la claridad del sol. Viento y agua y luz, más tarde, asientan en la holgura de su señorío. De ese delirante ardor de predominio nace la magia.

Y entonces monta el hombre como “hacedor de vientos” (es caliente el día de aquel viaje largo; el individuo toma una piedra, la rodea con unas vueltas de crin de caballo y la ata a un madero; después ondea la vara a su alrededor y pronuncia el conjuro, hasta que repentinamente comienza a soplar el aire frío…); como “hacedor de lluvias” (hay sequía, las mujeres y muchachas del pueblo caminan desnudas por la noche mientras arrojan agua sobre la tierra, hasta que brota la llovizna…); como “hacedor de luz” (los hombres lanzan flechas encendidas al sol y ahuyentan la bestia salvaje que trae la luz agonizante del eclipse…).

En su lucha con la tierra, el hombre primitivo cree descubrir las poderosas y secretas razones que hacen depender la siembra de las estaciones climáticas. Se adentra, entonces, en los borrosos designios de una esencia divina que garantiza el éxito o el descalabro de las cosechas: que revela los oscuros lazos existentes entre la lluvia y las espigas, entre la luna y los terrones, entre el estiaje y los capullos.

El pensamiento de la magia ha seguido dos grandes trayectos: (1) la idea de que lo semejante produce lo semejante, o que los efectos tienen parentesco con sus causas, y (2) la noción de que las cosas que una vez estuvieron en contacto se intervienen recíprocamente a distancia, después de haberse interrumpido todo contacto físico. El primer principio es denominado por J. G. Frazer como “ley de semejanza”, y en él se origina la “magia homeopática” o “imitativa”. El segundo precepto es nombrado “ley de contacto” o “contagio”, y éste da origen a la “magia contaminante” o “contagiosa”.
El reino de la magia es la primera jornada del pensamiento humano. Se crean aquí conjuros, encantamientos, exorcismos, tabúes, supersticiones, representaciones y ceremoniales. El hombre pretende ampliar su señorío sobre la naturaleza. Cree en la existencia de un automatismo inconsciente, impersonal, que rige el mundo y sobre el cual es posible obtener ventajas mediante la aplicación, por los humanos, de esas mismas leyes. El mago de la tribu no ruega a ningún alto poder, no demanda favores, no se humilla ante ninguna deidad. Tan sólo aplica sus conocimientos al ámbito de los fenómenos naturales con el objeto de plegarlos a designios personales o colectivos.

El hechicero se enfrenta a la naturaleza, exactamente con el mismo concepto que nuestros modernos científicos, y, como ellos, intenta dominar las energías esenciales que mueven la vida en el universo y sobre la tierra. Elabora para estos fines todo un cuerpo de ceremonias y fórmulas, de impetraciones y sortilegios que se integran, hoy, al folklore de los pueblos, como supervivencias ancestrales de la antigua conciencia mágica.

Las prácticas mágicas se asemejan unas a otras en todos los pueblos de la tierra, aunque no haya existido comunicación alguna entre esos grupos humanos. Y está claro que no puede ser de otro modo. El objetivo de la magia es siempre el mismo: obtener dominio sobre el tiempo y el orden de los fenómenos naturales. Las supersticiones y las creencias, por ello, no deben ser estudiadas como manifestaciones locales, aisladas, sino como las partes que integran un gran universo.

En su denodada lucha por vivir y ante los misterios que la magia no satisfacía; frente a la evidencia de sus limitaciones, y en presencia de la oscura intuición de que el universo obedecía a una voluntad consciente, el pensamiento humano creó la religión. Como fórmula suprema, como respuesta fascinada o como imagen de eternidad. La formación del concepto religioso es posterior a la del concepto mágico. Con el correr del tiempo, no obstante, la magia ha tendido a volverse religiosa; y la religión, mágica.

Oswald Spengler llama religión “a la conciencia vigilante de un ser vivo en los momentos en que vence, domina, niega y aún aniquila la existencia”. Para Miguel de Unamuno, la religión, la religiosidad (actitud individual), nace de la sed de eternidad, de la trágica congoja de ver cómo pasan las cosas y cómo se viene la muerte.

Magia y religiosidad señalaron, en los albores de la historia, las dos grandes rutas por las que habría de echarse a andar el pensamiento humano. Ningún camino distinto ha sido descubierto desde entonces.

El sendero de la magia condujo al hombre a la inmutable prominencia que es ahora la ciencia; la ruta de la religión, hasta la piedra invicta y ciega que representa hoy el dogma. De la fusión de magia y religión ha nacido la cultura, esto es, el arte, los mitos, los hábitos, las técnicas, la historia, la literatura…

En América todo es posible, dice la sabiduría popular. “Hechicería”, “magia”, fueron algunas de las primeras palabras castellanas pronunciadas en el Nuevo Mundo. Los indios creían que las hierbas hablaban y que tenían un sexo. Los dahomeyanos, esclavos en las plantaciones de caña de la Hispaniola, consideraban que en el principio del mundo existía una deidad suprema doble, de cuya unión nacieron las distintas divinidades o vodús.

Iberoamérica es, todavía por mucho, un mundo en gestación, con “Babalaos” y “Obatalás” y “Yemanyás” que asoman sus torvos hocicos al rudo laberinto metropolitano. Habitamos un espacio intensamente mágico, con “toques de santos” y “fiestas de palos” delirantes, con azabaches y resguardos sigilosos, con sortilegios y expiaciones que nos devuelven al vacío primigenio: al caos inaugural de “Mawu-Lisa” y al territorio de “Changó”, señor del trueno.

De tal forma, no nos extrañemos. Habrá alguien por ahí, vivo y coleando, y muy probablemente con una página web en internet, que nos ofrezca algunos “vevés” (dibujos mágicos) y una que otra invocación a los espíritus de los “marasa”, a San Nicolás, a San Cosme, a San Damián y a Santa Clara. Las instrucciones serían simples. Prepare las ofrendas: maíz tostado, manioc, batatas, arroz y miel. Luego excave un hueco frente a la puerta principal de la casa y ate a los animales del sacrificio: dos pares de gallinas o un par de palomas. Las ofrendas se entierran en el hueco. Rocíe el suelo con agua y ron. Silencio. El “Hougan” hará algunas invocaciones a la Virgen María para el bienestar de la familia y de los niños. Esta ceremonia se llama “mangé pipi” o “mangé dha”. También pueden leerse instrucciones para curar el “mal de ojo” y las calenturas. ¿Quiere aún más?
¡Saravá..!

 ¡Telón!