sábado, 6 de febrero de 2010

"No soy baúl de nadie..."


Tengo años diciendo a mis amigos que “¡no soy baúl de nadie!”. Y lo he demostrado repetidamente. Prácticamente nadie lo es; pero casi nadie tiene la honestidad de reconocerlo. Desde luego que estoy completamente convencido que no tenemos por qué serlo. Me explico.

Si usted tiene un gran secreto, algo suyo, algo que merece ser guardado en la profundidad de sus interioridades, o como diría Octavio Paz: "en esas otredades...”; entonces ¿por qué no guardarlo para siempre, o casi”, justamente allí.

¡No! ¡No puede hacerlo! Necesita imperiosamente divulgar sus propias armas secretas, cometer infidencias, sacar lo de adentro, decir “los suyo”. ¡Eso es parte de la naturaleza humana!

En un blog peruano llamado  en blanco encontré, precisamente, un ensayo sobre La Infidencia. Veamos algunos fragmentos:

...la infidencia hace una apoteósica aparición en nuestros diarios festines de sociabilidad: “Mira, te cuento, pero tú shh”, “Esto que te voy a decir es un infidencia...”. Y nos sentimos encantados, adulados por la confianza y cómplices por ser ahora portadores de aquella información sediciosa.
El secreto es, pues, inhumano. Instalado en el sujeto repta por su alma vertiginosa corroyéndola sin piedad. Finalmente, el tejido de valores es roto inevitablemente y la abyecta confidencialidad es, otra vez, ultrajada. Es así. Más allá del bien o del mal, es así. Llámesele “naturaleza humana”

Para el autor del ensayo no ser infidente es algo terrible y enfermizo...

Hacerlo supondría una castidad más que monstruosa.
Infidelidad o deslealtad no son, sin embargo, sinónimos de infidencia. La última está amnistiada de cualquier carga semántica maldita desde su nacimiento por ser, digamos, una falta menor y necesaria; un pecado que tiene que cometerse para llegar a la salvación. Además, suponemos –sí sin razón y con picaresca irresponsabilidad– que una “infidencia” es una cosilla pequeña, un desliz permisible y, en el fondo, perdonable: ¿quién no lo ha hecho? No perdonar una infidencia resultará siempre más imperdonable que cometerla.

Empero insiste en separarla de la infidelidad y la deslealtad.

La infidencia si bien circula por los mismos caminos que sus primas anteriores, no está condenada al rechazo. Todo lo contrario: es bienvenida con bombos y platillos. Permite estrechar vínculos, armar complicidades y dependencias, confiere cierto poder. Uno que solo conoce, generalmente, el portador de la información y no aquel sobre la que aquella versa, lo cual, claro está, lo hace más vulnerable aún y, siguiendo la espiral, brinda más goce de poder a aquel que tiene, producto de una infidencia, el “secreto”.
Nos alimenta, nos amamanta y por eso la toleramos. Nos da ese cosquilleo que solo causa lo prohibido; pero prohibido con mesura, porque nuestra sociedad hasta en aquello que la corrompe, nos dicta parámetros. Estará bien ser infidente, pero será acto ínfimo y punible –al menos en apariencia– ser, por ejemplo, infieles.


Creo que, en pocas palabras, mi postura (¿O impostura?) está bien argumentada. La confidencialidad es un baúl terrible, abyecto, poco natural, traumático, deplorable, psicótico, caótico, enemigo de los amigos, antisocial, antichévere, sospechoso, es una sociopatía, es para enemigos de la humanidad, típico de asesinos en serie o criminales de guerra; serlo presupone un sadismo no confesado.
Quien no comete infidencias es capaz hasta de negar o matar a su madre. Jamás invitaría al Boga-Boga a alguien que asegure que no las comete (Por suerte mis amigos no tienen esos pecados capitales.) ¿Cómo confiar mis secretos a alguien así? Sería capaz hasta de no divulgarlos.

Bueno. Este trabajo no estaría completo si no cometo, por lo menos, una infidencia.

Esta mañana platiqué con Rafael Villalona. Me contó algunos pormenores sobre la evolución de su enfermedad. Resulta y viene a ser... (acabo de poner la conocida boca del chismoso) que una de las doctoras que lo atiende nada más quiere verlo una vez al mes... porque más de ahí ya no es necesario. Dice estar gratamente sorprendida por la recuperación meteórica del afamado hombre de teatro.

La medicina que ha consumido Rafael ha sido cara y hasta han tenido que vender vainas para pagarla. Sin embargo, ya el seguro comenzó a suministrarle muchas de ellas.

En días pasados se apareció en la casa de Rafael y Delta el sociólogo e investigador antropólogico Carlos Andújar, acompañado con el escritor e intelectual Inoa. Llamaron a un oncólogo de este último que ejerce exitosamente en España. Conferenciaron con la doctora de Villalona y acordaron hacerle llegar a mi amigo y colega medicina ibérica de “última generación”, que por sus costos aquí resultaría imposible consumir. Dichas medicinas son realmente espectaculares.

En estos momentos se esta gestando para celebrar (soy el presidente del comité) un movimiento llamado “Bebanos y comamos con Rafael”. No puedo dar muchos detalles porque todavía eso está en una fase “secreta”. Pero les avanzo (He vuelto a poner la boquita esa) que se trata de un día campestre. No puedo decir que es en una finca de Agliberto Meléndez porque no he sido autorizado. Muchos de ustedes, seguramente, no serán invitados a menos que negocien asuntos importantes con el Comité Organizador. ¡Eso será muy pronto! También...

Prometí una sola infidencia... pero no pude evitar cometer varias. Bueno, igual que decimos luego de una borrachera, no vuelvo a hacerlo nunca más.

¡Viva Rafael Villalona para... casi siempre! Nadie es eterno. Ni, siquiera, los semidioses.

1 comentario:

Baúl de nadie dijo...

Muy interesante
http://nosoybauldenadie.blogspot.com