sábado, 1 de agosto de 2009

La Dirección Teatral (1)

Un oficio de dioses

Nota preliminar: Me propongo publicar en este blog unos extensos apuntes sobre la Dirección teatral. Lo haré por parte para no fastidiar al lector con una lectura imposible. Esta es la primera de varias entregas.

GENERALIDADES.
El director teatral es la gran autoridad en el teatro actual.
Se trata de una persona, como escribió Curtis Canfieldcon una personalidad y conocimientos capaces de fusionar los talentos de artistas y técnicos en un solo acto de creación común, para que el resultado final sea una obra de arte y no simplemente una muestra de diligente habilidad.
Aunque no siempre fue así, el teatro hoy cuenta con un progresivo prestigio e incidencia social como excelente medio de comunicación.
Para que se lograra este fenómeno se hizo indispensable cuidar el material del dramaturgo que llegaría hasta el espectador. Esta responsabilidad se le otorgó desde hace pocos años al Director Teatral, cuya actividad principal consiste en convertir el texto literario en texto de expresión teatral.
El fenómeno de la Dirección Escénica es algo relativamente reciente. Sé que no pocos se sorprenderán con este dato. Es sorprendente porque en la actividad escénica de hoy es bajo la orientación del Director que las ideas de la obra se proyectan en un espacio tridimensional habitado por actores. Los cuales en convención establecida procuran emociones, movimientos, expresiones y ritmo en sus discursos.
Imagino que para muchos resulta hasta inconcebible que el Director Teatral, hoy determinante y preponderante personaje del Teatro Universal, hasta hace unos cuantos años no existía en el quehacer teatral. Muchos estudiosos piensan que André Antonine, a finales del siglo IXX, fue el primer Director Teatral, en el concepto moderno del Teatro.
Pero dejemos para otra entrega la narración de su historia y pasemos a ver la naturaleza, propósitos, ideología, principios métodos que tienen sus trabajos dentro del teatro organizado.
Independientemente de la naturaleza del efecto de la vida en un escenario, es muy pocas veces imprevista, aunque generalmente lo parezca. Realmente se sigue una norma y un designio. Parte de la habilidad que demandamos de un evento teatral es que parezca que está ocurriendo, siempre, por primera vez. Aún en las puestas en escena donde parece prevalecer las condiciones caóticas, ese caos debe estar cuidadosamente organizado y ordenado; o sea, dirigido. De lo contrario lo creado será ajeno a la esencia fundamental del arte, que implica siempre artificio, la imposición deliberada de la forma y significado en algún sector de la experiencia tomado del desorden de la vida. “El teatro es la organización de Caos”; escribió Allan Poe.
Pues resulta que el Director es el funcionario teatral que tiene la responsabilidad de convertir el caos (texto, actuaciones, iluminación, escenografía, utilería y vestuario) en una verdad escénica y en una expresión estética.
Ciertamente no hay para un Director, como dios finalmente que es, ninguna regla humana inmutable dentro del escenario; pero el violarla debe ser un acto consciente, argumentado y absolutamente justificado.
Él debe convencer siempre a sus actores de que actúa correctamente, aunque sea siempre dentro de sus premisas.
El Director Teatral debe cumplir las reglas que él mismo ha creado. Nunca puede estar por encima de ellas mismas porque estaría negando sus esencias.
Del Director Teatral se demanda que logre normar la representación, de la cual no podrán los concurrentes al rito escénico desviarse significativamente, mientras la obra teatral permanezca en cartel. Para que se cumplan los ritos y preceptos escénicos es impostergable que el Director logre afirmar todos los aspectos de la producción en una norma inmutable, que a muchos Directores nos gusta llamar: Guión de hierro.
Aún en las realizaciones escénicas carentes de autor, y supuestamente improvisadas, por lo general el éxito de las mismas depende de lo bien planeados que fueron los efectos para crear respuestas acumulativas, emocionales, etcétera; en el auditorio.

EL PLAN MAESTRO:
En la actividad escénica la misión de ser el gran Arquitecto del Universo Teatral, indubitablemente tiene que tener un Plan Maestro que asegure los objetivos propuestos. Ese plan maestro de ningún modo es único para todos los artistas de las tablas. Diferentes técnicas teatrales lo singularizan. Principios, estudios, investigaciones, conceptos, filosofías,
técnicas escénicas, objetivos sociales, propósitos artísticos y la estética determinarán la ejecución de ese Plan Maestro. El mismo texto elegido para el montaje nos exigirá singularidades importantes para el Plan.
Pero nunca, en ningún caso, en ninguna técnica, para ningún texto, para ninguna propuesta teatral organizada y profesional podremos prescindir de él.
Permítanme ilustrar con el ejemplo:

Stanislavsky organizaba su Plan Maestro esquematizando las líneas de los personajes, las acciones físicas y sicológicas, etcétera, de tal manera que estas concurrieran en una Línea General o Línea Ininterrumpida que como saeta, atravesando todo el tiempo y espacio escénicos, arrastrando todo lo que estuviese en la escena, se dirigiera indefectiblemente hacia un objetivo. Este determinaría a su vez un especie de súper objetivo.


Bertolt Brecht procuraba que su teatro llegara al público sin grandes artificios en sus planteamientos escénicos. Se auxiliaba de premisas esenciales más que de una técnica teatral: La distanciación, ubicación de las escenas en el pasado, y el mismo personaje como algo lejano a la naturaleza intrínseca del actor. Para ello el actor habla de su personaje en tercera persona.

Alexis Vassili, un conocido director ruso contemporáneo, parte del estudio teatral, como condición indispensable para la realización escénica. Pero conduce ese estudio como su gran Plan Maestro. En ese sentido afirma que en toda pieza teatral existe lo que él llama un impulso inicial o un resultado final. Vassili nos asegura que cualquiera de estos dos conceptos nos dan la naturaleza del llamado Plan Maestro. Según este director ruso, el determinar el impulso inicial o descubrir el resultado final del texto es la clave para realización de cualquier obra.

En mi caso particular, en mi Plan Maestro, procuro introducir, primero, como elemento inicial la posición o punto de vista del autor. Descubrir sus propósitos reales es tarea obligada de este director y sus elencos.
Una vez establecida la posición inicial trabajamos en la posición de los artistas sobre el texto. Finalmente conciliamos nuestra posición con la del autor y pasamos entonces a presentar el producto y la posición final.
La metodología actoral, la producción, la escenografía, las luces, el vestuario y la banda sonora se ponen al servicio del actor; para que este, en su libertad controlada, exponga las verdades escénicas acordadas.
Los métodos direccionales pueden diferir bastante uno de otro; pero no así la necesidad de un planteamiento organizado. Esa es una condicionante inmutable para todas las realizaciones teatrales profesionales y honestas.

Continuaremos...

G.C.

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