sábado, 18 de junio de 2016

El silencio de Dios

El silencio de Dios



Por Giovanny Cruz Durán.

Dedicado al escritor y amigo Tony Raful.

En Nagua, como ya he escrito en más de una ocasión, viví con mis padres y dos hermanos durante diez años. Mi niñez fue bastante preocupante para mis padres, dado que era un muchacho muy enfermizo. Tanto, que llegó a decirse que en la ciudad era siempre el foco de infección. Por supuesto que practicar deportes me estaba absolutamente contraindicado. Podía ir a la playa algunas veces; más no podía, casi nunca, bañarme en el mar. ¿Imaginan tal contrariedad en aquel pueblo?

De las pocas cosas que me dejaban hacer, una era leer. Por supuesto que debía hacerlo con una máscara protectora, porque el plomo de la tinta de los libros de entonces era perjudicial para mi salud.

Siendo la lectura, como entenderán, prácticamente mi única diversión, lo hacía con fruición. Mi familia, sospechando siempre que no llegaría a adulto, me permitió cierta licencia. Por eso me dejaron leer a los doce años libros como “La noche quedó atrás” (de Jan Valtin), que narraba descarnadamente horrores de la Segunda Guerra Mundial; “La guerra y la Paz” (de León Tolstoi), novela en la que realmente “crean” a Bonaparte; “Resurrección” (también de Tolstoi), sobre la vida de una prostituta arrepentida; “El motín del Caine” (de Herman Wouk), ambientada en la Segunda Guerra Mundial; casi todos los libros de Vargas Vila y algunos de Camus y de Gide. ¿Imaginan a un mozalbete dentro de las páginas de estos escritores?

La figura de Dios se me hizo confusa. Tanto que comencé a notar su absoluto silencio. En aquel tiempo unos apuntes de Gide fueron determinantes.

En 1966 yo había sido nombrado Jefe de Cruzados de la iglesia. ¡Podía portar el estandarte! Me llegué a sentir casi como un templario mocano que estaba soñando en Nagua. Pero... Vargas Vila, Albert Camus y André Gide (como “demonios” susurrantes) iban convirtiendo mis sueños templarios en pesadillas conceptuales.

Con Gide, especialmente con él y su transición en la Fe, me sentía muy identificado. Primero: Señor, vengo a Ti como un niño: como el niño que quieres que vuelva a ser, como el niño que vuelve a ser aquel que te abandona. Depongo todo lo que constituía mi orgullo, que ante Ti, sería mi vergüenza, y Te someto mi corazón “(“Numquid y usted”)”. Pero luego Gide desespera (acompañado por mi) y grita (gritamos): Ya no sé rezar, ni siquiera escuchar a Dios. Si tal vez me habla no le oigo. Heme aquí, de nuevo, totalmente indiferente a su voz.

El “Huerto Agnóstico” de Vargas Vila se convirtió en mi particular biblia. Con Camus me siento identificado desde “Bodas”. Cuando esta obra, escrita en el período que llamamos La crisis  de Camus, el argelino-francés estaba padeciendo una terrible tuberculosis. Sentía que la enfermedad de Camus era exactamente la mía. Por supuesto que sus resabios también: Este mundo, tal como está es insoportable. Por eso tengo necesidad de la luna o de la dicha, de la inmortalidad,  de algo descabellado quizás; pero que no sea de este mundo (“Calígula”)”.  En una famosa reunión con intelectuales católicos (1949), Camus declara: Yo no parto de que la verdad cristiana sea ilusoria. Nunca he entrado en ella, eso es todo.

Yo hice lo mismo en el Colegio Belén donde estudiaba (mis enfermedades me liberaban siempre de las pelas de rigor en nuestra casa). Alarmadas por este ángel caído, las monjas del Perpetuo Socorro envían a la capital por un sacerdote, que mucho tiempo después adquirirá fama como milagrero. Se trataba del canadiense Emiliano Tardif. Horas duraban las jornadas de conversaciones con este culto sacerdote. Nunca pudo convencerme totalmente de que existía Dios; pero sembró una duda  en mi que me ha perseguido siempre: —¿Ves este reloj? —me dijo una tarde, mostrándome su muñeca izquierda en donde había un reloj al cual era posible ver su complejo mecanismo interior. —¿Tú crees, Giovanny, que estas piezas se pudieron juntar solas en este pequeño espacio? ¿Verdad que no? Pues así mismo es imposible que el universo que nos rodea, hermoso y coordinado, haya podido crearse sin una voluntad que lo impulsara.

Me sentí atrapado. Y dudé de mi ateísmo por los años de los años. Igual que Albert Camus me convertí entonces en un... ateo gracias a Dios. Es decir, realmente en un dudante y no en un negador absoluto.

Por más que me he esforzado en procurar creencias que resistan el escalpelo de la Razón (el dios de los judíos, en su silencio, no pasaba ante mi el escrutinio de esa Razón), sabía que no era aceptable que el gran reloj universal se pudiese haber formado por simple generación espontánea. Dios no era razonable; pero un mundo sin él me parecía más absurdo todavía. Traté de hacer a la Ciencia mi único Dios. Pero... Tardif y su reloj complicaban mis dudas. Entonces comencé a dudar hasta de mis propias dudas. ¡Tamaña angustia vivencial!

Cuando algunos científicos proclamaron, ha poco, haber descubierto dentro del  una pequeña cigua. Sntrerraza mnrla. No es necesario ni intleigente hacerlo. Es in de esa pequeña energntad que lo impulsara"toátomo la Partícula de Dios, es decir: el justo instante de la vida; comencé a entender que Tardif, los ateos, yo y demás creyentes estábamos equivocados. Equivocados en nuestra manera de enfocar al Ser Supremo. La confusa Biblia cristiana había construido un Dios a imagen y semejanza de los humanos. Y ese es el Dios que no cabe en la Razón. Pero hay otro, que aunque sigue en silencio, habla en el cosmos a través de acciones. Ese mismo cosmos, el inmenso reloj, son las palabras de ese arquitecto o relojero silencioso, de esa pequeña energía de donde se originó todo, de esas ínfimas partículas (partículas virtuales) en las cuales comenzó a formarse el universo y sigue todavía haciéndolo.

Jamás voy a rezar a esa energía que he terminado por comprender, creo. No es necesario ni inteligente hacerlo. Es inútil.

Ayer en la mañana, a la terraza más pequeña del último de mis pisos, entró una pequeña cigua. Se posó sobre el piso de madera y caminó por un rato. Buscaba algo que no parecía iba a encontrar. Nos miramos. Ella saltó hacia una barra de hierro. Trinó y  voló un poco hasta alcanzar mi florecida mata de gina. Cigua, árbol florecido y yo... ¿partículas virtuales en el gran universo?  No es tan silencioso, después de todo, el Silencio de Dios. En lo hermoso, en lo coordinado y en el pensamiento hay palabras no pronunciadas... creo. Creer es, todavía, cierta admitida duda. Lo entiendo. 

Empero, estoy un tanto cansado. He estado desde anoche algo complicado de salud. Para seguir reflexionando sobre esto y disipar un poco la dolencia, voy a tener que sentarme por un rato detrás de mi particular y cotidiano...


¡Telón!

1 comentario:

Tony Raful dijo...

Sencillamente brillante. Son moléculas vitales gravitando sobre el círculo existencial de la vida. Es la poesía con alas de filosofía sobrevolando sobre el alma dudante del ser. Es un confesionario de autores y una aparición de Tardif aglomerado en la recóndita luz de la palabra fundacional de la partícula de Dios. Gracias Giovanny, hermano mío.