jueves, 8 de diciembre de 2011

El toque asesino del actor

El toque asesino de actor
Por Giovanny Cruz

El 1976 interpreté por primera vez el personaje de Calígula de la obra de Albert Camus que lleva ese mismo nombre. Se trata de una pieza fundamental en la literatura teatral. Esta obra fue escrita entre 1937 y 1942. Algunos estudiosos signan este período camusiano como La crisis de Calígula. Esto porque Camus en ese momento padecía de tuberculosis. Negado del sol, de la vida, de las tertulias; la reclusión provocó en Camus una notable crisis que se ve reflejada en la obra que citamos. “Esta obra es el estudio de un carácter”, asegura el gran filósofo francés Charles Moeller.
“Este mundo, tal como está es insoportable. Por eso tengo la necesidad d la luna o de la dicha, de la inmortalidad, de algo que sea demente quizá, pero que no sea de este mundo”
En este mundo Absurdo procurar lo imposible es una necesidad insoslayable para el joven emperador, que antes había sido un príncipe razonable.

En un momento determinado en el cual la conspiración contra el emperador, ya enloquecido, afila los cuchillos y mientras Calígula, apoyando su cabeza en los muslos de Cesonia, parece recuperar la ternura, el emperador señala a su amante que la inocencia parece preparar su venganza. Cesonia asegura que no es así, que ésta da cordura y no mata. No obstante, Calígula afirma que no es así. Que hasta la inocencia es asesina.

Sé que cada cual pude interpretar estas palabras, y el mismo carácter de Calígula, de disímiles maneras. Yo también lo hice así. Pero una de ellas comenzó a generar una actitud y un comportamiento teatral que, años después, convertiría en un recurso creador y comprometido.

A mediado de los ochenta vivía en Puerto Rico. Alejado de mi esposa y de mis hijos, de mis amigos, de mis calles, de la personalidad de mis ciudades y de mi identidad; entré en una fase angustiante en la cual aquilaté la soledad. Un asunto positivo ocurrió en esa etapa: inicié, quizás procurando la identidad alejada, los primeros apuntes de mi pieza teatral “Amanda”; que terminaría de escribir en 1990, y con ella iniciaría mi incesante búsqueda de un lenguaje estético-teatral netamente caribeño, con toda la magia que eso presupone.

Estando en Borinquen, escuché a un aguzado comentarista deportivo puertorriqueño decir, que los boxeadores dominicanos tenían buena técnica, que eran valientes y fuertes; pero que carecían del instinto homicida del gran boxeador. Esto, porque cuando tenían a tiro de mate al contrario, parecían casi detenerse. Nos guste o no el boxeo tenemos que aceptar que cuando uno de los gladiadores ve alguna herida, o debilidad del contrario, tiene que  perseguirlo por ahí hasta aniquilarlo.

Disfruto mucho la literatura dominicana. Aquí tenemos muy buenos escritores. No pocos poseen una técnica envidiable. Pero son escasos, muy escasos, los escritores nuestros que logran producirme con sus historias, la conmoción que sólo se alcanza en esa locura en la cual el escritor trasciende la técnica y se vuelve una unidad con las palabras.

He dicho que nunca he tenido necesidad de probar ningún tipo de droga prohibida, porque uso otras que me producen efectos cuasi perennes. Cuando he leído a Tolstoy, Dostoyevsky,Turgenev, Gorky, Pushkin, Man, Valery, Gide, Greene, la Yourcenar, la Duras, Shakespeare, Cervantes,Whitman, OvidioBorges, Faulkner, García Marquez, Moravia, entre tantos, entro en un transe que CASI parece enfermizo e indubitablemente alucinante. ¿Qué siento en sus narraciones o poemas? Un extra que está más allá de la frialdad de una técnica literaria. Un “ensuciarse las manos" dentro de los sucesos, CASI una demencia intratable.

En nuestros escenarios he visto buenas actuaciones de interpretes nacionales y foráneos. Pero unas cuantas parecen ir más allá de ahí. Hay artistas teatrales que, aún en una sola interpretación, me han dejado apabullado en una butaca o detrás de la pata de alguna cámara negra, en la cual he tenido que ver una representación (citaré actrices solamente): Norma Leandro (con un monólogo cuyo nombre no recuerdo), Roberta Carreri (Mythos), Delta Soto (Casa de Muñeca, La noche de los asesinos, Sobre locos y duendes), Carlota Carretero (Quíntuples, La Pasión según Antígona Pérez, Un Whisky por el rey Saul, Salomé, La cabeza del Rey, Los Tiranos, La maestra Pasambú, Dos viejos pánicos), María Castillo (Banco de parque, La Guerrita de Rosendo), Karina Noble (Amanda, El perfume del incesto), Lidia Ariza (Las prostituta os precederán en el reino de los cielos), Giamilka Román (Barrio 7 tumbas y Duendes y locos de las dunas), Fiora Cruz (Obsesión en el 507), Yorlla Castillo (Obsesión en el 507) y Cecilia García (Master Class). Habría algunas más; pero estas son suficientes para ilustrar con el ejemplo.

Laurence Olivier
Creo que las técnicas de actuación son imprescindibles en el moderno teatro profesional. Empero, cuando estamos ya sobre el escenario la mejor técnica siempre será CASI olvidarnos de ella. En el proceso de la construcción del personaje la técnica es quien lleva la voz cantante; pero cuando subimos al escenario con claras intenciones y deseos de dominar los personajes que interpretamos, tenemos que invocar a las emociones.

Esto es algo que una buena actriz o actor profesional debe saber hacer. Efectivamente lo hacen muchos por acá. Pero como director pido algo más que eso. Algo más que una buena actuación.

Demando, y necesito, un extra de mis actores. Un... entrar CASI en un frenesí, llegar CASI a la locura. Es un... estar al borde del desborde, de CASI perder el control del personaje, de CASI dejar que desaparezca el Yo controlador para que asome el Subconsciente.

Stanislavsky
La buena técnica nos indica que debemos llevar al personaje hasta el Umbral del Subconsciente. Pues, en ese estadio exijo de los actores, que luego de pararse en ese Umbral, se arriesguen a inclinarse un poco hacia el abismo.

Sé que estoy hablando de algo muy peligroso para un actor o una actriz. Sé que hablo de un viaje interior en el cual podría no haber retorno. Sé que algunos intérpretes escénicos se han extraviados en ese tortuoso camino. Sé que aún cuando regresemos nunca lo haremos incólumes. Pero ¿acaso no es Peligro el mejor seudónimo de Teatro?

De lo que hablo es del Toque Asesino del actor. Cuando tenemos dominado al personaje, cuando vemos su sangre verdadera, cuando sentimos sus lágrimas, cuando entendemos su ira, cuando afloran las líneas internas, cuando miramos como ellos, cuando ya estamos listos para recibir aplausos y buenas críticas; tenemos que dar ese... algo más, una última experiencia, ese... algo salvaje que nunca nadie vio asistir a una clase de teatro, ese... algo que descubriremos solamente cuando nos enfrentemos al toro.

CESONIA:
¿Acaso es la felicidad esa libertad espantosa?
CALÍGULA:
Tenlo por seguro, Cesonia. Sin ella hubiera sido un hombre satisfecho. Gracias a ella, he conquistado la divina clarividencia del solitario. Vivo, mato, ejerzo el poder delirante del destructor, comparado con el cual el del creador parece una parodia. Eso es ser feliz. Esa es la felicidad: esta insoportable liberación, este universal desprecio, la sangre, el odio a mi alrededor, este aislamiento sin igual del hombre que tiene toda su vida bajo la mirada, la alegría desmedida del asesino impune, esta lógica implacable que tritura vidas humanas, que te tritura, Cesonia, para lograr por fin la soledad eterna que deseo.

Ahora debo prepararme para salir a escena. Luego vendrá el siempre inevitable... ¡Telón!

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