sábado, 16 de noviembre de 2013

Estratégico desprendimiento

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Estratégico desprendimiento

 
"Emily", "Master Class" y "La duda". La Carretero en "La pasión según Antígola Pérez."

Por pura estrategia he decido tener un señalado desprendimiento. Es algo que vengo poniendo en práctica desde hace algunos años. Abundo:

Es legendaria y significativa la colaboración cultural a nuestro país de España y Francia. Como me referiré a un tema teatral, hablaré sobre la colaboración en ese renglón.

No a pocos hacedores teatrales dominicanos Francia ha respaldado económicamente. Igual España.  En nuestro Festival Internacional de Teatro ( he sido director de dos), ambos países, regularmente, auspician varias compañías de sus respectivos naciones. También Inglaterra e Italia, aunque todavía un poco tímidas, se han montando en nuestro particular Carro de Tespis.

La incidencia norteamericana es aspectos sociales, económicos y científicos ha sido notoria. Sin embargo, en asuntos culturales Francia y España, respecto a nosotros, les estaban comiendo los caramelos. No obstante, desde hace unos cuantos años el asunto con Estados Unidos de América ha dado un giro espectacular. Y en ese sentido hemos visto varias compañías teatrales participar en nuestros festivales con el auspicio norteamericano.

En un gesto que me pareció de extrema delicadeza, Estados Unidos me comunicó en un ocasión que patrocinaría varios grupos en uno de los festivales que dirigí; pero que deseaba que algunas de las compañías patrocinadas hablaran en español y, preferiblemente, con nexos dominicanos. Desde luego que esta compañía tenía que accionar legalmente en aquella nación. ¡Todo un éxito!

Pero aún hay más. Hoy son notables y abundantes los auspicios norteamericanos a puestas en escenas en este país.

Por supuesto que hay exigencias y condiciones muy precisas. Los países antes mencionados, decididos a exportar su cultura, respaldan económicamente los montajes de obras cuyos autores sean suyos y cuyo bagaje cultural no esté en entredicho. Confieso que han sido muy amplios en el criterio seleccionador.

Para evitar aburrirlos no contaré todo el proceso que hay que seguir para obtener la citada colaboración. Pero sí les digo que son muchos los montajes (no siempre con la calidad esperada) que aquí se hacen con el respaldo de embajadas foráneas, siendo hoy la norteamericana la de mayor accionar.

Debo aclarar que no es automático el asunto. Se debe presentar un proyecto muy bien elaborado, demostrar que actores, directores y productores tienen el perfil que ellos demandan. Sé de varios proyectos de este tipo que han sido rechazados por no cumplir los estándares establecidos. Adelanto una información que procura evitar suspicacias: hasta ahora no he presentado ningún proyecto particular a los países que suelen prestar esas colaboraciones teatrales.

Para ser justo debo citar que también Venezuela y Brasil han tenido importantes participaciones en el sentido que refiero.

El asunto es que esos países están muy interesados en respaldar nuestro hacer teatral, pero exportando el suyo.

Así las cosas, hoy resulta que es más rentable para un productor local, llevar a escenario una obra de un escritor estadounidense (para ilustrar con el ejemplo) que uno nuestro. Esto, porque, generalmente, la mayor colaboración consistirá en el costoso pago del Derecho de Autor. Esa política cultural es correcta. Un país soberano debe proteger y promover su cultura y a los hacedores de ella.

En nuestro país no existe, aún, un plan sostenido en el tenor que les cuento. No caeré en señalamientos críticos y en la quejumbre que frecuentemente escucho por ahí. No lo haré.

El caso es que las obras de los dramaturgos criollos, dada la correcta estrategia internacional que he indicado, no brillarán en nuestras tablas con la frecuencia que deberían por las razones que he expuesto. ¿Me siguen?

Hace unas horas, la inmensa actriz y directora teatral Carlota Carretero, me llamó para comunicarme que la compañía Teatro Rodante de Bellas Artes (que ella con aciertos y calidad dirige) montará mi “Un café frío en la calle El Conde”. Un verdadero honor. La Carretero insistía en que debían hacer un modesto pago por mis Derechos Autorales. Estoy negado.

El dinero a mí no me sobra. Vivo con lo justo. Mi aparente desprendimiento es sólo una estrategia. Procuro con esto quitarles a nuestros productores la preocupación del referido pago cuando la obra se haga, nada más, aquí.

Es conveniente que las obras de los dramaturgos se presenten en sus respectivos países. En ellos está la correcta plataforma para internacionalizarse. Ciertamente tuve la suerte de que la Teatrería de Cataluña pusiera en escena mi obra “El diablo ya no vie aquí” en calidad de estreno mundial. Pero eso no es lo usual. Es desde los escenarios nacionales que deben ser “lanzadas” nuestras piezas teatrales.

Pero si no nos desprendemos, estratégicamente y durante algunos años, del pago de marras, no vamos a conseguir competir en iguales condiciones con los dramaturgos foráneos. Es un asunto de Mercado.

Y miren esto: tampoco nuestros dramaturgos son segundos de nadie en cualquier parte del mundo. ¿Nos montamos?

¡Telón!

jueves, 14 de noviembre de 2013

Querida, perdóname...

Querida, perdóname...


Hace unos días cumplí mis primeros sesenta años. Confieso, sin jactancia, estar satisfecho, aunque no del todo realizado.

En El Caimito de Moca nací una madrugada de noviembre con los ojos bien abiertos. Esto, para comenzar desde el inicio a observar el Universo. El Universo particular y pueblerino, aclaro...

Querida, perdóname...

...un arbusto llamado bucare que produce las semillitas rojinegras llamadas peonías (mi abuela solía llenar las lámparas de gas con ellas), en la finca de enfrente un árbol frutal que daba carambolas, un rosario de  cuentas en manos de una tía, un piso de barro extraño en Moca donde la tierra siempre está ennegrecida, un crucifijo colgando en la puerta de la casa, un libro de Rubén Darío en las dos manos de mi madre...



Querida, perdóname...


...el pilón de majar café que era exclusivo de mi abuelo, el cual tenía una herida en la nariz como apreciado tesoro de la guerra entre Bolos y Rabuses; el burro para café en medias, los montoncitos de cacao ratonero que olvidaban los obreros para que los muchachos, luego, pudiésemos recogerlos; las frutillas anaranjadas del cundeamor que se daban silvestres en las empalizadas de mayas, una niña que yo besaba sobre los sacos de afrecho que guardaban detrás de la capilla de madera, un libro siempre abierto que me atraía cual fruta prohibida (“La Noche quedó atrás”) y que aún no me permitían leer...


Querida, perdóname...

...unos uniformes de un Trujillo que borracho fue a pedir café amargo para mitigar el jumo, los ojos fríos del viejo Vicente de La Maza tan amigo del abuelo, el trillo que hicimos para no olvidar la ruta donde se encontraban los guineos, la tía loca llena de luces y recuerdos, las naranjas, los mangos, el caimito, la parcha y la guanábana; el chofer del carro público que al regresar de la capital se paraba a dejar bolitas de quejo y galletas mocanas, el viaje familiar para residir en Las Calderas, las pescas en el muelle de Ocoa, nuestro olvidado perro blanco (Lasie), las uvas de playas que nunca se acababan, los bollitos de yuca a los que decíamos “chulitos”...


Querida, perdóname...

...las primeras visiones cuando llegamos a Nagua surcada por tantos ríos y riachuelos, el patio cuando el mar lo convertía en playa, los cangrejos en el techo de la casa, Berto el buzo que era hijo de Macita, las brujas del Cumajón, Marcial, la bruja buena; la retreta debajo de la mata de gima, la Banda Municipal y su “Teléfono a larga distancia” que Sote y Sixto interpretaban con sus trompetas, las baquetas de “sica en cajeta” que tanto nos gustaban, las postalitas de peloteros, yo vestido de Cruzado (¿o Templario?) portando el estandarte, las hostias y el vino que al cura hurtábamos, los pleitos de sor Juana, el poema obligatorio al Tirano (yo soy Rafelito, el niño valiente, por eso me pongo el flú de teniente, para hacerle el saludo, al señor presidente...”), una niña supuestamente encantada que se negó a crecer, mi amiga Rafaela que me enseñó a trabajar, y espiar, en la primera central telefónica que llegó al pueblo; los adorados biscuists de mi madre... y Magalis, la primera fruta viva que pude saborear...


Querida, perdóname...

...el viejo libro que al fin me permitieron leer, los nuevos libros de Vargas Vila que mi hermano me regalaba, los juegos a los vaqueros en el patio de los Jiménez, las dedicatorias que debía hacer en las serenatas que amigos muy adultos dedicaban a sus novias, la Sociedad Cultural Taína que hube de crear, el asombro por las aguas dulces en el medio de las saladas de la playa El Diamante, las fantásticas historias que escuchaba, escondido, contar a los mayores; los fantasmas antitrujillistas que hablaban de noche debajo de la cama de mis padres, los cuchillos hechos con flejes para vengar a un tío herido en un combate, el combate presenciado entre Armando Lazala y Cotico, ambos amigos de mi padre; la visita a mi casa del viejo Bosch que fue a procurar los pastelitos de Las Cabuyas que ya sólo mi padre sabía hacer, la reunión mía y de mi madre con Manolo Tavares Justo, las muchachas que se ahogaron en una playa de Matancitas, la iglesia de Matanzas que sobrevivió al maremoto...


Querida, perdóname...

... La China, primera fruta prohibida en mi vida y la segunda buena hembra; Marianela: el primer verdadero amor; Sharif y Luisa, las primeras vacacionistas conquistadas; la morena marina que por poco me mata, la navegación infantil en botes hechos con troncos de matas de guineos, las veladas que dirigía en el Colegio Belén, la expulsión del colegio por no poder pagar, la protección de las señoritas Andreína e Irma: profesora y directora de la escuela pública; mi declaración de comunista, mi rechazo al comunismo, el golpe de Estado contra Bosch, el viaje definitivo a la capital, el encuentro en Bellas Artes con el Teatro, los viejos y queridos profesores y los nuevos alumnos...



Querida, perdóname...

...una pianista llamada Asela que quise en un zaguán oscuro y luego en la sala de su casa, tres hermosas amadas definitivas hasta que duramos queriéndonos, otras difusas amadas que luego se escondieron o se fueron, luces en las escenas, vestuario de condes, mendigos y emperadores; militares insultando o golpeando a los artistas en Pimentel, la amenaza que nos hicieron en el Lago del Fondo de Haití, las desapariciones de Segarra y Guido Gil, la caída de Amín, el asesinato de Orlando, el fusilamiento de Caamaño y la añorada derrota a Balaguer; otra amada que surgía de la noche montada en corceles sudorosos, un ronco saxofón y un dulce oboe para la amada que siempre estaba en escenarios interpretando a Dafne o a la maestra Pasambú, una lanza asesina que sólo usaba en las tablas, una palabra, o un vocablo, que estaba destinada a convertirse en libro o en artículo; nuevos amigos, dos poetas, algún libro de Tolstoi y otro de Camus, un apretón de manos y el desprecio a la mentira... esas son las cosas que aún conservo en la memoria...









Querida, perdóname... pero de ti... casi no recuerdo nada...


¡Telón!

lunes, 11 de noviembre de 2013

Regalo de cumpleaños...

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Mi cumpleaños acaba de comenzar hace apenas un minuto. Suelo ser yo quien hace un regalo a todos en este día. Te regalo este poema que juzgo muy especial:



Te celebro

Te celebro cuando suspira la mañana
en su siempre asombroso y único rocío.

Te celebro en los rayos de sol
que penetran intersticios de paredes ahuecadas,
ellos son
             —finalmente lo sé—
duendes expectantes.

Igual te celebro en el haz que cruza mis ventanas,
descubriendo un venturoso Universo
sonriéndome en billones de mágicas partículas
                                                           flotando en mis espacios.

Te celebro
en los roncos quejidos de amantes desenfrenados,
en sus fugaces e incumplidas promesas
que procuran perpetuar esos instantes
en los que pasiones y sudores
urgen convertirse en lenguaje articulado.

Te celebro
en las «Aguas Primaverales» de Iván Turguénev
que acostumbro leer
cada vez que te descubro en la llovizna
                                                              agazapada en múltiples zaguanes.
Te celebro cuando cruzas mis ventanas
cubierta de fantasías y estrellas,
cuando te recuestas en un balcón lunándote desnuda
o repitiendo tus dos palabras preferidas:
                                                                 —las únicas que importan—
                                                                    ¡He llegado!

Te celebro en los versos
que debí robarle a Paul Éluard:
                                                                «Te amo por amar.
                                                       Te amo por todas las mujeres que no amo.»


No lo hago, en cambio,
y confieso que allí te he presentido,
en la portada de una obra de Baudelaire
que nunca he concluido
por miedo a encontrarte, o saberte,
cuestionada en páginas del libro:
                                                       «Los paraísos artificiales».
Pero sí te celebro, me apasiono y río
en las alegres desvergüenzas de Milan Kundera
que inevitablemente encuentro en
                                                       «El libro de los amores ridículos».

Te celebro en los candiles de escenarios antiguos,
en las fascinantes sombras chinescas que nos permiten ser el Otro,
en el extraño y legendario canto del grillo,
en los colores y las plumas del águila,
                                                            amada y temida por gusanos
                                                            por nosotros
                                                            y los otros.

Te celebro
en los sueños del transmutante camaleón,
que sólo aspira ser
                                   —en su singular mimetismo—
su único Universo conocido.

Te celebro
en cada pétalo de las fascinantes amapolas,
que son como las furcias...
                                           dadoras de placeres.

Te celebro en los sonajeros que cantan, encantan y bailan
casi tanto como tú.

Te celebro en las bufandas de tules añiles
y en los peplos bermejos que nunca debieron irse.

Te celebro en tu gesto sin rostro,
en tu nombre sin apodo ni apellidos,
en la ilusión de mis dedos reclamando unos labios,
en las seductoras doncellas que cruzan mis caminos,
en el taconeo repicado de casas encantadas,
en las faldas florecidas de aquellas que apenas te susurran,
en los que alborozados se aventuran a llamarte,
en aquellos que te piensan o presienten,
en los sabios que por siglos han intentado
atraparte o explicarte en el Vocablo.

Te celebro
en todas mis noches de vino, poesías y nostalgias.
Allí te identifico
y te llamo, alegre, por el nombre convenido:
                                                                       ¡Amor!

Sobre la "Parca que espera en el camino"


 Esta es la nota de prensa que sobre la puesta en circulación de "La Parca que espera en el camino" Editora Bangó nos ha hecho llegar:


El libro de cuentos, La Parca que espera en el camino, del laureado dramaturgo y actor dominicano Giovanny Cruz Durán se puso a circular el pasado jueves 7 de noviembre en la Sala de la Cultura del Teatro Nacional.
El espacio se transformó en una funeraria y los asistentes más que público se sintieron dando un pésame. Frente a un ataúd abierto las actrices Yorlla Castillo y Nileny Dippton, y el mismo autor del libro, realizaron la lectura dramatizada de dos de los relatos del texto: “Muertos de la risa” y “Marie y el Gato Negro”.
Entre una lectura y otra, los editores del libro, Mónica Volonteri y Manuel García Cartagena, dieron lectura a dos voces de un texto en el que ambos resaltaron la importancia de esta publicación en el actual contexto por el que atraviesa la literatura dominicana.
Por una parte, Mónica Volonteri destacó la relación de los relatos de Cruz Durán con lo teatral. Según ella: “En estos relatos, la muerte es siempre una actuación, una puesta en escena, un rito que revive el mito. Y esta es la paradoja principal del libro: mientras más esfuerzos despliega el narrador por convencernos de la idea de que la muerte es una puesta en escena, el efecto que produce es reforzar el viejo y conocido postulado shakesperiano de la vida como gran teatro”.
Mientras que Manuel García Cartagena expresó que: “La lectura de este libro de Giovanny Cruz Durán resulta altamente recomendable desde más de un punto de vista, pues hará que muchos lectores comprendan la justa dimensión de algo que poco a poco se nos va perdiendo ante nuestros propios ojos indiferentes, y que no es más que el estilo literario, del cual Giovanny Cruz se convierte, en y por este libro, en uno de sus últimos representantes entre nosotros”.
La Parca que espera en el camino, consta de trece relatos que tienen en común historias de muertos escritas por un narrador agonizante que va por el camino en el que espera encontrar a la Parca. Algunos de los relatos parten de mitos urbanos conocidos, como el de la joven que pedía bola a la salida de Boca Chica o el mito de los recién casados que mueren en la luna de miel.
Con este texto Giovanny Cruz ha dado muestras de que es un escritor con mayúsculas, no importe el género que cultive.

domingo, 3 de noviembre de 2013

La parca te espera...

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La Parca de Giovanny Cruz te espera en el Teatro Nacional


El próximo jueves 7 de noviembre, a las 7:00 p.m., tendrá lugar la puesta en circulación del libro de cuentos del escritor dominicano Giovanny Cruz Durán titulado La Parca que espera en el camino, en la Sala de la Cultura del Teatro Nacional.

 El libro, editado por Ediciones Bangó, contiene trece cuentos que proponen cada uno distintas versiones de la idea de la muerte, desde una diversidad de planos y aspectos de nuestra socio cultura dominicana.

El evento consistirá en una puesta en escena tenebrosa en la que participarán, además del mismo Giovanny Cruz, las actrices Yorlla Lina Castillo y Nileny Dippton, y en la que los editores del libro, los también escritores Mónica Volonteri y Manuel García Cartagena, desempeñarán, entre otros papeles, los de dos ánimas simples que tendrán a su cargo la presentación del libro.

Giovanny Cruz Durán es un reconocido director teatral y dramaturgo dominicano dos veces galardonado con el Premio Nacional de Teatro. Es también actor de cine y de teatro, y como escritor cuenta en su haber con más de una veintena de textos en los géneros dramático, poético, y narrativo. Viene incursionando con éxito en la narrativa literaria desde la publicación de “Los cuentos del Otro”, aparecido en 2010 bajo el sello editorial Alfaguara.

Ediciones Bangó es una editorial artesanal  que viene operando en Santo Domingo desde hace más de diez años con la intención de difundir únicamente literatura de calidad. Cuenta con varias ediciones en papel de obras como Adagio Cornuto, poemario de Alexis Gómez; la antología de poetas dominicanos Poemas de último minuto; la novela corta de Federico Jóvine Bermúdez, Te atreverías a saltar, entre otros. Recientemente ha incursionado en el campo de la edición de libros digitales, en el que ya tiene publicadas más de media docena de novelas en la red.

La entrada al evento es libre y gratuita.

miércoles, 30 de octubre de 2013

Sobre la creación de la luz...


Esta misma mañana recibí una atormentada llamada de un religioso amigo, justo cuando leía una crónica del Diario Libre sobre unas declaraciones del muy prestigioso astrónomo Richard Ellis sobre cómo "se hizo la luz" en el Universo.

(http://www.diariolibre.com/ciencia/2013/10/29/i408847_asa-hizo-luz-universo-segan-astranomo-richard-ellis.html)

El universo empezó a expandirse con un "big bang" hace unos 13,700 millones de años, según estimaciones, y al principio, todo era tinieblas, hasta que llegó la claridad como parte de un proceso de "encendido" aparentemente progresivo y no repentino" —dijo Richard Ellis.

Recuerden que escribí una vez que el universo se formó desde un asunto que se llama Singularidad (eso no lo aprendí exactamente en El Caimito de Moca, pero allí comenzó mi interés por estos temas), que es una especie de curvatura del espacio, y que el famoso big bang no es una explosión como muchos piensan. Fue un proceso largo, muy largo, de millones de años. Lo de la explosión es más bien una metáfora. 

El asunto es que el religioso amigo que me llamó (ya he declarado antes que soy un dudante y no exactamente un ateo), lo hizo muy preocupado. Él también estaba leyendo las declaraciones de Ellis y en una primera lectura la explicación religiosa sobre la creación del mundo no parece quedar muy bien parada. "¿Entoces esto demuestra que no existe Dios?" Se preguntaba mi amigo. Lo tranquilicé un poco... creo.

La Singularidad de donde venimos empezó un día específico. Más aún: se inició exactamente en una micra de segundo determinada. (Cada vez que me lo planteo pienso en la gota de agua que da nacimiento a un río.) Entonces, el universo no siempre estuvo ahí, como tampoco sus efectos y consecuencias. ¿Qué determinó su formación? ¿Generación espontánea? ¿O acaso Dios erigido en voluntad y pensamiento?


Algunos científicos piensan que la materia Cero siempre ha existido y que ella misma produjo los cambios que se requerían para empezar este asunto cósmico nuestro (estoy seguro que jamás se pensó que crearían también los cómicos de aquí)... ¿podría ser, entonces, esa materia Cero la metáfora divina? ¿Tiene esa materia Cero voluntad y pensamiento como le atribuyen a Dios?
Quisiera poder saber con exactitud la respuesta a estas interrogantes. Pero mi infinita ignorancia no me deja. De lo que no tengo dudas es de que en esa materia Cero ocurrió un día una "gota" de energía y desde ahí toda la vida. ¡Un río de vida que desbordó el Universo! 
Prometo reflexionar e investigar con mayor profundidad hasta saber si alguien, finalmente, sopló esa energía de la materia en cuestión.

Ciertamente mis dudas me atormentan; pero me ayudan a reflexionar y, por lo tanto, a ser cada día un poquiiiiiito más sabio. 

¿Son más felices que yo aquellos que no piensan... mucho? Es que no puedo evitar ser cibaeño, aguilucho, escorpión, dudante, escritor, teatrero y un jodido pensador.
¡Telón!

miércoles, 23 de octubre de 2013

La parca aparecerá el 7 a las 7...

El 7 de noviembre, a las 7 de la noche, de este 2013 (¡qué miedo!), Editora Bangó estará poniendo en circulación el libro de cuentos de Giovanny Cruz Durán, "La parca que espera en el camino", reciente y exitosamente puesto a circular en Barcelona.



Se trata de 13 títulos de cuentos que giran en torno a la muerte, de una profunda ironía y mejor sentido del humor.

Esta puesta en circulación será un tanto diferente a las usuales. Se llevará a cabo como una teatralización. Las actrices Yorlla Castillo, Nileny Dippton, junto a Giovanny Cruz (actor y escritor), se "montarán" en la muerte para escenificar algunos de los cuentos de marras.

Recomendamos ir a este evento, so pena de que la parca acuda entonces por tí.



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viernes, 4 de octubre de 2013

Punto de encuentro entre Shakesperare y Cervantes

Ayer prometimos que publicaríamos el artículo del gran escritor argentino Carlos Gamerro, donde se plantea que Shakespeare habría leído a Cervantes y las consecuencias de ese hecho. He aquí el artículo prometido:


Ladran, Sanchou
Carlos Gamerro
Todo parece indicar que Shakespeare no sólo leyó el Quijote sino que, bajo su impacto, escribió una obra protagonizada por uno de los personajes de la novela de Cervantes. Pero aunque la registró en 1653, el manuscrito de La historia de Cardenio nunca apareció. Radar reconstruye esta búsqueda del Santo Grial literario que lleva siglos de originales apócrifos, pesquisas caligráficas, fervorosas refutaciones académicas, conjeturas de todo tipo y un puñado de detectives literarios recorriendo las más oscuras bibliotecas europeas.
Por Carlos Gamerro

Dos parecen ser los hechos comprobados de esta historia: William Shakespeare leyó el Quijote; William Shakespeare escribió una obra basada en la novela de Cervantes, titulada The History of Cardenio, hoy perdida. En las discusiones sobre historia de la literatura reaparece una y otra vez el tópico de Cervantes versus Shakespeare (con hispanistas y anglófilos pugnando cada cual por demostrar la superioridad de su ídolo). ¿Qué nueva imagen surgiría al unir, en lugar de enfrentar, las fuerzas de uno y de otro? Los desesperanzados intentan, a partir de las pocas noticias que han llegado a nosotros, reconstruir alguna semblanza de la obra perdida; los optimistas se han vuelto detectives literarios lanzados a fervorosas pesquisas en oscuras bibliotecas europeas, y cada tanto surge alguno “descubriendo” que alguna obra anónima a la cual nadie, antes, había prestado la debida atención, no es otra que el Cardenio perdido. El propósito de esa nota es recopilar los pocos hechos y las muchas conjeturas sobre una de las conjunciones más descomunales y desconocidas en la historia de la literatura: la de los dos grandes genios de la literatura española e inglesa.
Shakespeare y Cervantes

Cervantes y Shakespeare fueron estrictamente contemporáneos, tanto que sus muertes se recuerdan en la misma fecha, el 23 de abril de 1616, aunque murieron con diez días de diferencia entre sí (Inglaterra y España se regían entonces por calendarios distintos). No tenemos noticias de que Cervantes haya sabido de la existencia de Shakespeare, o de su obra, pero podemos estar seguros de que Shakespeare sí leyó a Cervantes. En 1611 o 1612, apenas seis años después de la publicación en España del original, se editó en Inglaterra la primera parte del Quijote, en la traducción de Thomas Shelton. El éxito de esta novela fue inmediato no sólo en su tierra natal sino en el resto de Europa, éxito medido no sólo por sucesivas ediciones y traducciones, sino también por la gran cantidad de adaptaciones realizadas, sobre todo en el teatro inglés de la época. Estas adaptaciones solían favorecer los episodios secundarios o “novelas intercaladas” del Quijote: de éstas, la favorita parece haber sido la “Historia de Cardenio”. Sabemos por los registros de la época que una obra titulada Cardenno fue representada en la corte inglesa en el invierno de 1612-1613, y nuevamente a principios del verano de 1613, por los King’s Men, la compañía del propio Shakespeare. En 1653 la obra fue registrada para su publicación como The History of Cardenio, figurando como autores “Mr. Fletcher y Shakespeare”. Aparentemente, la pieza no llegó a publicarse, y el manuscrito original, hasta hoy perdido, constituye para muchos “El Santo Grial del canon literario”: una nueva obra de Shakespeare que, además, daría testimonio del influjo del mayor novelista sobre el mayor dramaturgo de todos los tiempos.


Cómo habrá leído Shakespeare el Quijote? Es difícil sustraerse a la sugestión de que hayan sido las aventuras de los dos protagonistas lo que más capturó su atención: el hidalgo enloquecido ha sido comparado tantas veces a su ilustre contemporáneo, el también demente Rey Lear, Sancho a su predecesor el gordo y bebedor Falstaff –en las inolvidables aunque injustas palabras de Victor Hugo: “Sancho Panza, adherido al asno, forma un solo cuerpo con la ignorancia; Falstaff es el centauro del puerco”. Sin embargo nada parece indicar que hayan ingresado en el Cardenio de Shakespeare. Puede ser que estos personajes de Cervantes estuvieran tan acabados, tuvieran una vida propia tal que ningún otro autor podía apropiársela. También es cierto que sus aventuras, por su naturaleza episódica e itinerante, no se prestan bien al drama: el lector entusiasta de la primera parte, devenido escritor (esta es la prueba de toda obra intensa: no nos alcanza con leerla: queremos también escribirla) tendería, más que a una reescritura dramática, a continuar las aventuras de los dos personajes allí donde Cervantes las había dejado, como haría en1614 Avellaneda en su Quijote apócrifo. Pero un escritor, cuando lee como escritor, no busca lo mejor en un libro, sino lo más útil: es un lector interesado. Shakespeare era no sólo autor, sino actor y empresario teatral, y el teatro de su época se parece más, en su dinámica de producción, al cine que al teatro actual: era un entretenimiento popular, lucrativo y costoso: el público estaba sediento de novedades y había que procurárselas a cualquier precio. La apropiación por parte de Shakespeare de tramas y personajes ajenos puede responder a una preferencia personal, pero también era la única manera de tener siempre lista la nueva obra que el público y las finanzas de la compañía demandaban. Y si no podía servirse de la trama principal del Quijote, las novelas intercaladas, de las que hay tantas en la primera parte, por su concisión dramática, su estructura de personajes y sujeción mayor a las unidades de tiempo y lugar, parecen estar pensadas para ser llevadas a escena. De éstas, Shakespeare pudo elegir la historia de Cardenio y Luscinda y, probablemente también, la novela del Curioso impertinente.
En el Quijote, Cardenio es un joven enloquecido que don Quijote y Sancho encuentran viviendo como una fiera en las estribaciones de la Sierra Morena. A ese estado lo ha llevado la traición de su amigo, el altivo don Fernando, y la debilidad de su amada Luscinda, quien obligada por sus padres a casarse con éste, a último momento en lugar de clavarse un puñal como había prometido, se desmaya. Cardenio asiste impotente e irresoluto a la boda de su amada con su mejor amigo, y huye cuando no puede soportarlo. A través de una serie de peripecias en la que intervienen don Quijote, Sancho, el cura, el barbero y Dorotea, una hija de labradores ricos seducida y abandonada por el mismo don Fernando, y que primero aparece vestida de varón (un procedimiento caro a Shakespeare, recordemos a Rosalind en Como gustéis y a Portia en El mercader de Venecia), Cardenio aprende que Luscinda desmayada llevaba en el pecho una carta donde explicaba su amor por él y su negativa a ser de otro, y las parejas vuelven a armarse correctamente: Cardenio con Luscinda y Dorotea con don Fernando. La dinámica de los encuentros y desencuentros amorosos es constitutiva de la literatura pastoril, que tanto Cervantes como Shakespeare practicaron desde sus mocedades y nunca abandonaron del todo, y es un perfecto ejemplo de la geometría renacentista de las relaciones enmarañadas que se desenmarañan al final (recordemos a las dos parejas de Sueño de una noche de verano). Pero la historia de Cardenio ofrecía, además de esta geometría cómica, un personaje, una psicología. Cardenio es un débil, un pusilánime que no se atreve a defender su honor, a castigar al amigo traidor, que vive instándose a actuar y gastando toda su energía en recriminarse su actitud medrosa: en otras palabras, el personaje de Cervantes que más se acerca al Hamlet de Shakespeare. Y Dorotea, cuya ecuanimidad, decisión y presencia de ánimo son los motores de la resolución final de los problemas, podría perfectamente integrar la galería de personajes femeninos fuertes shakespeareanos, como las ya mencionadas Rosalind y Portia. Quizás en su obra Shakespeare haya decidido mejorar la resolución dramática que la estricta moralidad y el decoro españoles impusieron a Cervantes: todo lector moderno preferiría un final donde Cardenio y Dorotea compartan de por vida su inteligencia y sensibilidad, y don Fernando y Luscinda la fundamental inanidad que los caracteriza.

La otra novela intercalada, vinculada a la anterior por su temática y porque es leída en voz alta en el transcurso de la historia de Cardenio, es la del Curioso impertinente. En ésta, el juego renacentista de enredos en un mismo nivel da lugar a una arquitectura propiamente barroca de planos superpuestos de realidad y apariencia. Anselmo y Lotario son dos amigos inseparables, hasta que Anselmo decide casarse. Lotario empieza entonces a retacearle su compañía, pero Anselmo insiste en que nada ha cambiado. Descontento además con la fidelidad poco fogueada de su esposa Camila, convence a Lotario de ponerla a prueba, seduciéndola. Lotario al principio decide proteger la honra de su amigo, simulando cortejarla cuando en realidad no lo hace, pero Anselmo, espiándolos, descubre el “engaño” de su amigo. Lotario, al enterarse de este descubrimiento, decide actuar en serio, y admirado de la virtud de Camila, que no responde a sus requiebros, se enamora verdaderamente de ella. El amor de Lotario y el extraño comportamiento de su esposo son demasiado para la virtuosa Camila, que se rinde ante aquél. Ahora es necesario volver a engañar a Anselmo, pero esta vez es Camila la que dirige la representación: sabiendo que su esposo los espía hace entrar a Lotario y se hiere con una daga para resguardarse de su acoso. Así se concreta la síntesis barroca: no contento con la fidelidad real, Anselmo había buscado una fidelidad representada, hiperreal; y la paradoja es que sólo está convencido de haberla encontrado en el momento en que le están poniendo los cuernos de la manera más alevosa. El desenlace sólo puede ser trágico: Anselmo descubre la verdad y la revelación producto de su “impertinente curiosidad” lo mata de disgusto.

Shakespeare nunca fue tan lejos como los españoles en su exploración de esta intrincada trenza entre realidad y ficción, sueño y vigilia, vida y teatro, pero es indudable que el autor de Hamlet y La tempestad podía encontrar muy atractivo este material. Ambas novelas intercaladas del Quijote se ocupan del tema del honor y de la venganza, ambas de la lealtad entre hombres y su inevitable contracara de traición (que por la misma época Shakespeare y Fletcher explorarían en Los dos nobles compadres). El único motivo que podía desaconsejar la utilización del Curioso impertinente es que la novela está tan perfectamente acabada, tan cerrada sobre sí misma, que es inimaginable una reelaboración: poco podría hacer Shakespeare salvo versificar la traducción de Shelton. En cambio el episodio de Cardenio es más abierto, ramificado, y deja bastante espacio para desarrollar personajes (el arrogante y bidimensional don Fernando, la llorosa y vacua Luscinda) e imaginar desenlaces alternativos.
Esta historia de la colaboración a distancia de dos grandes genios estaría incompleta sin la inclusión de un tercer personaje: John Fletcher, quien figura como coautor del Cardenio de Shakespeare.
John Fletcher

En 1613, cuando la obra se representa, Fletcher tenía 33 años y Shakespeare 47. Shakespeare estaba al final de su carrera, Fletcher acababa de cerrar su famoso período de colaboraciones con Francis Beaumont y necesitaba un nuevo compañero. La escritura de a dos era común en la época, como lo es hoy la colaboración entre guionistas de cine. Beaumont y Fletcher formaron una pareja de escritores que logró acuñar un estilo único, y hoy se habla del estilo “Beaumont y Fletcher” más que de los estilos de uno u otro por separado. Tan estrecha era su relación que la leyenda los coloca viviendo en la misma casa y compartiendo la misma amante: este idilio se truncaría con el casamiento de Beaumont con una rica heredera y su abandono de la casa, la amante, la actividad teatral y el propio Fletcher (lo que evoca sin duda la situación inicial de la novela del Curioso impertinente). Al parecer, la colaboración entre Fletcher y Shakespeare no alcanzó ese grado de fusión que algunos siglos más tarde William Burroughs y Brion Gysin denominarían “la tercera mente” –cuando la personalidad y el estilo de dos colaboradores se funden en una tercera identidad que no es igual, y quizás sea mayor, al aporte individual de cada uno. Los críticos más bien tienden a ver las obras de Shakespeare y Fletcher como un patchwork de escenas escritas por uno u otro (quizás injustamente, las mejores escenas se asignan siempre al primero y las más flojas al segundo). No sabemos cómo colaboraban Shakespeare y Fletcher –si escribían juntos, si se repartían la obra de entrada, si uno (¿Shakespeare?) escribía primero y después le pasaba lo hecho al otro (¿Fletcher?). Pero Shakespeare seguramente apreciaba y respetaba a su compañero, tanto como para hacerlo su sucesor, como autor y como empresario, en el Globe Theatre; y de la colaboración entre ambos sobreviven dos obras: la ya mencionada Los dos nobles compadres y (aunque aquí la opinión de los especialistas se divide) Enrique VIII. Fletcher era un autor que hoy llamaríamos más ligero, o comercial, o de moda: resulta una tentación adicional imaginar que la lectura de Cervantes permeó no sólo la obra que escribían, sino la relación entre ambos, haciendo de Shakespeare un don Quijote cincuentón idealista que vive más en la literatura que en el mundo real y de Fletcher un Sancho apegado al aquí y ahora, con los pies en la tierra. Shakespeare moriría tres años más tarde, regresado a su aldea; Fletcher, su heredero en lo artístico y lo comercial, lo sobreviviría nueve.

Durante esos nueve años Fletcher siguió escribiendo, al menos diez obras, esta vez en colaboración con Philip Massinger. Nunca es fácil determinar hasta qué punto la vida de un autor se entromete en su obra, pero algo parece indudable: de las circunstancias en que una obra es escrita hay siempre un eco, una resonancia (muchas veces sin que el autor lo note), en alguno de sus diferentes planos: en este hábito de la colaboración, más que en la psicología del autor, podría buscarse el motivo por el cual una de las constantes del teatro de Fletcher sea la relación conflictiva entre amigos, la tensión entre lealtad y traición, la pugna por un objeto deseado que en el plano de la vida es la obra y en la obra frecuentemente una mujer (quizá su colaboración con Beaumont fuera la más idílica porque ya compartían a la mujer en la vida real). La relación de Fletcher con el Quijote fue temprana (quizá fue él quien introdujo a Shakespeare a su lectura) y duradera: desde su indudablemente cervantina The Coxcomb (escrita con Beaumont en 1608-1610), subsiguientemente Fletcher haría uso de Cervantes en no menos de trece de sus obras.


Lo que resta es examinar los intentos de dar por hallado el manuscrito perdido. Dos de ellos merecen, si no nuestra credulidad, al menos nuestro interés. En 1727 el dramaturgo y editor de Shakespeare Lewis Theobald estrena una obra titulada Double Falsehood (Doble falsedad), “escrita originalmente por William Shakespeare, y revisada y adaptada para la escena por Mr. Theobald” a partir de un manuscrito original “adquirido a gran costo, y que con gran trabajo y esfuerzo había revisado y adaptado para la escena”. La obra, que incluye la locura, la amistad traicionada y una joven disfrazada de varón, está indudablemente basada en la historia del Cardenio de Cervantes, pero de ahí a admitir que ésta es el Cardenio perdido de Shakespeare hay un largo trecho. Hoy en día, cuando ni siquiera el cine de Hollywood se atreve a alterar una línea de lo escrito por Shakespeare (ningún otro autor, ni siquiera Dios, ha merecido semejante respeto) puede resultarnos chocante que la moda en los siglos XVII y XVIII fuera presentar un Shakespeare “adaptado” (recordemos por ejemplo La tempestad de Dryden y Davenant, que liberalmente otorga a Miranda una hermana, a Próspero un hijastro y a Calibán una hermana melliza). Lewis Theobald no era la excepción: en su adaptación de Ricardo II apenas sobrevive la mitad del texto original escrito por Shakespeare. Pero su Double Falsehood no guarda relación alguna, ni verbal, ni estilística, con la obra de Shakespeare (algo que Pope, feroz enemigo de Theobald, fue el primero en señalar), aunque muchos han visto en la pieza recogida por Theobald trazas de la “leve y dulce habla” de Fletcher. Estos cuestionamientos indujeron a Theobald a “olvidarse” de seguir proclamando la autoría de Shakespeare: no volvió a sacar el tema y nunca mostró el manuscrito, que tampoco fue encontrado entre sus papeles tras su muerte. Algunos, recordando un incidente en el cual Theobald había estrenado como propia la obra El hermano pérfido –que le había sido entregada por un tal Henry Meystayer, relojero, para que la adaptara– ven en Theobald un mero falsificador literario, en la línea de James Macpherson, Samuel Ireland y Thomas Chatterton. Otros, más benignos, lo suponen adquiriendo de buena fe versiones de la obra perdida de Shakespeare ya desfiguradas por esa compulsión a la adaptación tan típica del siglo.

El segundo intento de pasar un Cardenio bajo la puerta sellada del canon shakespeareano es más reciente. En 1994 el grafólogo Charles Hamilton anunció en un libro titulado Cardenio or The Second Maiden’s Tragedy que la obra de autor anónimo hasta entonces conocida como La segunda tragedia de la doncella (no porque a la doncella le hubieran sucedido hechos terribles por segunda vez sino porque ya existía una obra llamada La tragedia de la doncella, de Beaumont y Fletcher precisamente) no era otra que el Cardenio perdido. Hamilton no se arredró ante la comprobación de que ninguno de los personajes de la trama principal de La segunda tragedia llevara los nombres cervantinos: comparando el manuscrito de ésta con el testamento de Shakespeare determinó que ambos habían sido escritos por la misma mano. La evidencia sería irrebatible, si no fuera porque es también el propio Hamilton quien sostiene que el testamento está escrito del puño y letra del moribundo Shakespeare, algo que otros especialistas no dan en absoluto por probado. A lo sumo, lo único que llega a probar este especialista es que el testamento y el manuscrito de la obra fueron escritos, quizá meramente copiados, por la misma persona –no que esa persona haya sido Shakespeare.

De todos modos, lo irrefutable de esas pericias caligráficas (para el lector no entendido al menos) se relativiza al leer la obra en sí: a pesar de ráfagas de buena poesía y erráticos momentos de acción espectacular, La segunda tragedia en su conjunto sencillamente no está a la altura de la producción de Shakespeare (de Fletcher, lamentablemente, lo mismo no puede afirmarse). La trama principal involucra a un innominado Tirano que luego de deponer al legítimo rey Govianus se dedica a cortejar a la Dama que éste amaba. Acosada por el Tirano, la Dama prefiere acuchillarse antes que caer en sus garras (concedamos aquí una semejanza: la Dama hace lo que la Luscinda de Cervantes prometió y no cumplió). El Tirano transfiere su amor al cadáver enjoyado, que roba de la catedral y manda embalsamar. El embalsamador no es otro que Govianus disfrazado, quien corona su obra pintando de veneno los labios de la muerta. El desenlace es ahora predecible: el Tirano besa a la Dama y muere. Govianus vuelve a reinar, acompañado por el cadáver embalsamado sentado ahora en un trono, coronado en muerte como la “reina del silencio”. Para el lector argentino al menos, la trama principal parece tener más relación con la historia del cadáver de Evita –con los roles de Perón, López Rega, el doctor Pedro Ara y Aramburu algo trastrocados y mezclados entre sí– que con el Cardenio de Cervantes. (Quizá por eso seamos, de todos los pueblos del orbe, los más necesitados de mantener viva la llama de la fe en la autoría del insigne bardo de Avon: en el fondo de nuestros corazones siempre supimos que si algún autor de la literatura universal estaba capacitado para ponerle palabras a la historia de Juan y Eva Perón –con la de Isabelita y López Rega de subtrama– no podía ser otro que el mismísimo William Shakespeare.)


Los argumentos de Hamilton parecen más sólidos cuando examinamos la trama secundaria de La segunda tragedia, que involucra a un Anselmus que convence a su fiel amigo Votarius de seducir a su esposa, quien primero le resiste y luego se enamora de él... Paso a paso se siguen las peripecias de la novela del Curioso impertinente, pero aquí surge otro problema, y es que se lo hace ineptamente, a la manera de las remakes de Hollywood, que eligen una obra perfecta para hacer de ella una versión pedestre y vulgar. Charles Hamilton trata de arreglarla sosteniendo que fue Shakespeare quien escribió la historia del Tirano y la Dama, y Fletcher la del marido impertinente, pero pocos lo han tomado en serio: la crítica especializada hace responsable de La segunda tragedia a Thomas Middleton, autor de las nada despreciables The Changeling, Women Beware Women y A Game at Chess.
Cardenio
Todavía puede aparecer el codiciado manuscrito descubierto por azar en alguna remota biblioteca europea, pero hasta entonces todo parece indicar que la obra resultante de la conjunción de los talentos de Cervantes y Shakespeare está, al menos en su versión original, definitivamente perdida. Quizá no haya mucho que lamentar: no siempre la unión de dos genios resulta en una genialidad proporcionalmente mayor. Los cuentos de Borges y Bioy Casares, sabemos, son inferiores a la producción de cada uno por separado; Alfred Hitchock siempre se negaba a adaptar obras de gran prestigio literario: cuando le preguntaron por qué no hacía Crimen y Castigo, su respuesta fue: “Porque Dostoievski ya lo ha hecho”. En su relato “Encuentro en Valladolid”, Anthony Burgess imagina un contacto personal entre Cervantes y Shakespeare, y nuevamente es el español quien influye sobre el inglés: “Dios”, truena en su cuento un Cervantes curtido e imponente ante un Shakespeare humilde y receptivo, “es un comediante. La tragedia es humana, demasiado humana. La comedia es divina”. Shakespeare se inclina ante la superioridad de esta visión y tras el encuentro presenta una nueva versión de Hamlet, una versión de siete horas que aliviana los tormentos mentales y espirituales del príncipe con la compañía terrenal de Falstaff y sus seguidores: Hamlet se olvida del suicidio, Hamlet derrota a sus enemigos y reina en Dinamarca: la comedia se impone sobre la tragedia. Shakespeare, uniendo a dos personajes y a dos géneros que hasta entonces había mantenido separados, descubre el secreto de Cervantes. Los contactos personales entre escritores tienen a veces resultados decepcionantes (Burgess, experto en Joyce como era, debía tener en mente el célebre encuentro de este autor con Proust, del que no surgió otra revelación que el común aprecio de ambos por las trufas). Los encuentros que más han afectado la literatura (como el de Homero y Virigilio, Virgilio y Dante, Shakespeare y Milton, Homero y Joyce) sólo tuvieron lugar en la lectura de sus obras. En sus últimos años, Shakespeare ya no escribió tragedias: Pericles, Cimbelino, Un cuento de invierno, La tempestad, Los dos nobles compadres y sin duda el Cardenio perdido eran todos romances (pastorales, según la clasificación de Polonio; tragicomedias, las llamaría Fletcher), una forma madura, seria, de la visión cómica del mundo; la comedia no de los problemas que se desvanecen como los de un mal sueño en el happy end, sino la de la copa rebosante de sufrimientos bebida hasta el final, para encontrar en su fondo –y sólo en su fondo– el rostro de un Dios misericordioso. Los temperamentos o principios opuestos, en todas estas obras, ya no luchan entre sí hasta destruirse, sino que, al igual que don Quijote y Sancho en el transcurso de la novela de Cervantes, se van influyendo mutuamente, enriqueciéndose, hasta fundirse en una unidad superior. El aliento de las últimas obras de Shakespeare, hará decir Joyce a uno de sus personajes, es el espíritu de la reconciliación. La primera de éstas, Pericles, es de 1608, año en que empiezan a aparecer en el teatro de la época referencias a los personajes de Cervantes. No podemos saber si la lectura del Quijote fue lo que determinó este cambio en la poética de Shakespeare, pero todo parece indicar que no tuvo en él un lugar menor.

El amor es Tirano
A continuación, se reproduce un fragmento del quinto acto de Cardenio o La segunda tragedia de la doncella, la obra considerada por el grafólogo Charles Hamilton el Cardenio perdido de Shakespeare. Aunque para el lector argentino, la trama principal, en la que el protagonista manda a embalsamar el cadáver de su difunta esposa para reinar junto a ella incluso después de muerta, parece tener más relación con el cadáver de Evita que con el Cardenio de Cervantes.

GOVIANUS: Un temblor religioso hace titubear mi mano,
y me impulsa a abandonar empresa tan impía,
pero la venganza llama, y debo seguir adelante.
Ya es hora de que descanse el espíritu de mi amada;
pobre alma, los trabajos y los abusos la han agotado.
Govianus pinta el rostro del cadáver.
TIRANO: Si yo pudiera ahora convocar a uno que renovara
el calor en su pecho, ése sería un buen artesano;
ése sí tendría todo mi amor. Pero ay,
es tan imposible que el fuego de la vida
se encienda allí como que las cenizas muertas
vuelvan a la dura materia que las dejó caer.
La vida la ha abandonado, como el calor
del luminoso sol nos deja cuando el invierno
mata con su severo frío. Eso es lo que le sucede;
una escarcha eterna cubre su cuerpo.
Y así como en esa estación, con el ejercicio
los hombres fuerzan el calor a entrar en su sangre 
venciendo al clima extremo, de igual manera
nuestro arte forzará belleza en el rostro de esta dama;
aunque la muerte le arroje tormentas de granizo 
se hará nuestra voluntad, serán apartadas.
GOVIANUS: ¡Señor!
TIRANO: ¿Tan rápido has terminado?
GOVIANUS: Eso en tanto vuestra merced
apruebe lo hecho.
TIRANO: ¡Oh, vuelve a vivir!
Está a punto de hablarme. Levántenla;
no soporto su desmayo; es como una traición.
¿No sientes acaso la tibieza de su cuerpo?
GOVIANUS: No mucho, señor.
TIRANO: Entonces el calor necesita cuidado. 
Nuestros brazos, y labios
le devolverán la vida. ¡Despierta, dulce señora!
Besa los labios del cadáver.
Soy yo, llamando a las puertas de la muerte. ¡Ah!
De tanto hablarle a la muerte, me siento enfermo,
como si un perfume maligno me siguiera.
GOVIANUS: No debe ser otra cosa, señor, que el color
que le di.
TIRANO: ¿Tan fuerte es?
GOVIANUS: Sí, señor, en efecto,
era el mejor veneno que el dinero puede comprar.
Govianus se arranca el disfraz.
TIRANO: ¡Govianus!

GOVIANUS: ¡Oh, villano sacrílego!
¡Ladrón del descanso, profanador de sepulcros!
¿No eres capaz de dejar que el cuerpo, tras el funeral,
duerma en su tumba? ¿Debe ser alzado de ella
sólo para complacer la maldad de tus ojos?
¿Todo acaba con la muerte, excepto tu lujuria?
¿Has descubierto una nueva manera de condenarte,
más espantosa que el alma de cualquier pecado
que haya pasado entre la tierra y el infierno?
¿Te esfuerzas por merecer un castigo mayor
que el de cualquier otro espíritu? ¿Es tu orgullo tanto
que no deseas compañía en los tormentos?
TIRANO: ¿Qué furia te dio el valor de intentar
algo así? Por ello pagarás con una muerte
peor que los tormentos de los franceses.
GOVIANUS: Me haces reír.
¡Junta todas las muertes que la humanidad ha conocido
en una sola cabeza, para que ayuden a tu imaginación,
y dame un fin tan aberrante como tu pecado
y tan aterrador a los ojos de las mujeres!
Mi espíritu volará cantando hasta su morada,
atravesando esa tormenta. Condéname, tirano.
Si temiera a la muerte, me hubiera faltado la nobleza
necesaria para cometer este acto, que me honra
ante el espíritu de mi señora. Me ama por ello.
Le advertí a mi corazón que nos destruiría a ambos;
y sabiendo que era por ella, me rogó que lo hiciera.