miércoles, 24 de junio de 2026

CARTA PÚBLICA A:

Carta pública a: 

Roberto Ángel Salcedo, ministro de Cultura y amigo. 

Carlos Veitía, director general del Teatro Nacional y amigo. 

Fátima Guzmán, directora adtva. del Teatro Nacional y amiga. 

Miembros patronatos del Teatro Nacional, amigos y amigas.



¿Es el Teatro Nacional el lugar adecuado para velar difuntos?

Definitivamente no. Las funerarias y capillas son los lugares designados para que familiares y allegados den la despedida final a sus siempre amados y sentidos fallecidos, más allá de la relevancia que algunos puedan tener.

El Teatro Nacional es, sin dudas, nuestro gran templo de las artes. Tiene, estatutaria y filosóficamente, una función muy específica: la celebración del arte. Algo que entra en contradicción con velatorios, bodas, graduaciones o ritos similares.

Los cuerpos de los inmensos artistas Carlos Piantini (exdirector del Teatro Nacional), Monina Solá, Iván García y Franklin Domínguez (para ilustrar con sus ejemplos) no fueron velados en ningún espacio del Teatro Nacional. A pesar de la relevancia de estos cuatro grandes creadores, hubiese resultado improcedente hacerlo, dada la naturaleza de la institución que hoy ocupa mi atención.

A este artista y escritor le preocupa mucho que el populismo y las influencias externas conviertan al Teatro Nacional en una sala sepulcral o en una ermita particular. Lo que el poeta Tony Raful llamó en uno de sus grandes poemas: “Toda esa burocracia de la muerte.”

Recomiendo tomar las medidas de rigor para que esto no derive en una odiosa e inadecuada práctica. En nuestro país tenemos miles de cantantes, músicos, actores y escritores cuyas respectivas carreras (ejemplares en su gran mayoría) han tenido relaciones directas con nuestro Teatro Nacional. No obstante, se convertiría en un hábito muy necio llevar sus cuerpos sin vida para rezarles y llorarlos en esa institución. ¡Noooo!

De igual forma, hay miles de artistas populares cuyos ciclos de vida en algún momento se interrumpirán. Tampoco a ellos podremos velarlos en el Teatro Nacional. Este nunca debe ser convertido en un camposanto. ¡Noooo!

Si familiares, productores, patrocinadores y seguidores de nuestros artistas ya difuntos deseasen ofrecerles homenajes en el Teatro Regional del Cibao, el Palacio de Bellas Artes, el Teatro Nacional u otras instituciones similares, deben realizar eventos artísticos que los enaltezcan; por supuesto, cumpliendo con todos los requerimientos de rigor.

Queridos apreciados destinatarios de esta misiva pública: sean ustedes los guardianes de los espacios estatales destinados exclusivamente al arte.

En mi caso particular, ya a mis setenta y dos años, he comenzado a pensar en la parca. Llegará, indefectiblemente, porque semidiós, en realidad, nunca he sido. Estoy, desde ya, dando instrucciones a mis familiares para que, junto a los amigos, colegas y mis cuatro exesposas, en su momento me den la despedida final en cualquier funeraria criolla. Nunca en nuestros teatros. En ellos me he pasado la vida entera solo abriendo o cerrando el siempre impostergable…

¡Telón!

 

Giovanny Cruz Durán

Hombre de la cultura.

  

miércoles, 3 de junio de 2026

Sobre la “criollización” en el teatro dominicano

 Sobre la “criollización” en el teatro dominicano

Por Giovanny Cruz Durán.



Cada vez con más frecuencia estamos viendo en distintas producciones teatrales criollas un fenómeno que llama la atención, dado el mal uso que se está dando a ese recurso cultural: la criollización argumental y léxica.

Aunque el vocablo "criollización" todavía no ha sido oficializado por la Real Academia Española (RAE), hay otros términos estrechamente vinculados que explican este fenómeno: “acriollarse”. Es el verbo utilizado por la RAE para describir cuando un extranjero adopta los usos, costumbres y la cultura del país hispanohablante en el que reside.

La criollización es un concepto creado por Édouard Glissant (martiniqués graduado en filosofía y etnología en la Sorbona) y que engloba la idea de un “consciente de sí mismo”, desarrollado en sus obras Sol de la conciencia (1956), Poética de la relación (1990) y Tratado de Todo-Mundo (1997).

La tesis que sostiene Glissant es que el mundo se criolliza continuamente: “las culturas del mundo, en contacto instantáneo y absolutamente conscientes, se alteran mutuamente por medio de intercambios, de colisiones irremisibles y de guerras sin piedad, pero también por medio de progresos de conciencia y de esperanza”. 

Por supuesto que no me opongo a la tendencia casi inevitable de la “criollización” en la escena nacional. Donde veo serios problemas es en el mal uso dado a dicha tendencia. No se trata, solamente, de una natural adaptación.

Aunque decirlo parezca hoy extraño, la figura del productor teatral en nuestro país es mucho más reciente de lo que muchos pueden imaginar. Hago referencia al productor teatral profesional. Antes de su efectiva entrada a las tablas dominicanas, éramos los directores y actores quienes ejercíamos esa función. La llegada del productor trajo consigo una mayor calidad en las realizaciones nacionales; sobre todo, en los aspectos relacionados con escenografía, vestuario, iluminación, recursos sonoros y publicidad.

No obstante, procurando un buen retorno económico, el productor procura siempre hacer más populares sus producciones escénicas. Lo que jamás es un pecado. Cabe recordar que el gran William Shakespeare convirtió sus realizaciones teatrales en una fructífera empresa. El público inglés demandaba teatro y Shakespeare se lo brindaba en bandejas comerciales; pero nunca traicionando los principios del arte.

Aunque no pocos piensan que las adaptaciones constituyen degradaciones del texto teatral, este escritor acepta que, si son realizadas por escritores profesionales y cultos, pueden constituirse en aportes y lograr una mejor aceptación del texto original. Con frecuencia decimos en el teatro que cada visión de un director escénico es, en el fondo, una adaptación del texto que se ha decidido llevar al escenario. Se ha llegado a decir, y es un extremo inaceptable, que “todo texto es un pretexto”. ¡Jamás! Creer esto es escandaloso e imputable.

Igual lo es eso de “criollizar” las obras. Escuchar en un escenario dominicano, en una obra inglesa (para ilustrar con el ejemplo), que… “los dominicanos míster Anderson y lady Cecil van a su casa de Jarabacoa”, es aterrador. Y no solo por lo exótico de sus nombres. Hay asuntos psicológicos y sociales que tipifican a los personajes y que hacen imposible nacionalizarlos. Igual ocurre con el asunto argumental.

¿Cómo aceptar tranquilamente escuchar en una realización criolla… “el rey viajará a su castillo en Nagua”?

¡Por Dios! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! Algunas veces, sentado yo en la platea, siento que voy a morir de un espanto.

No siempre es simple irreverencia o mercantilismo. Con frecuencia se trata de estulticia. Ya ha sido dicho que la ignorancia es atrevida y la estupidez, osada.

Recomiendo, como una salida al tema, que las adaptaciones hagan neutras a las obras. Si no deseamos decir que los personajes viajarán a Lyon, los Urales o Maryland, digamos que el señor Anderson irá a descansar a las montañas o a su hermosa villa campestre. A eso me refiero cuando hablo de hacer neutra la acción de la trama.

Otro asunto grave que ocurre dentro de nuestro teatro son los cortes a las obras. Supuestamente, procurando “agilizar” la realización, les hacen lo que llamo “cortes de tijeras”. El director (casi siempre) toma un marcador e, indiscriminadamente, comienza a cortar parlamentos o escenas que ha juzgado largas. ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio! ¡Sacrilegio!

Si hacer cortes es imperativo para una puesta en escena, recomiendo (insisto) buscar a un verdadero dramaturgo que haga eso. De lo contrario, se corre el riesgo de hacer cambios que desnaturalicen la obra original y alteren su ritmo interior. Algo que hasta es penado por nuestras leyes. Nadie puede alterar, sin permiso expreso del autor o su representante, una obra. Aquí hasta los títulos son cambiados muchas veces. Por supuesto que esto se hace para evitar que los autores se enteren de que están llevando al escenario sus creaciones literarias. Una clara violación a la Ley de Derecho de Autor.

Nunca es malo que haya retorno monetario en el teatro. Los directores, actores, técnicos y productores requerimos de recursos para comer, vestir y hasta para poder comprar un Ferrari amarillo de cuatro plazas (ja). Pero nada justifica que se alteren los códigos fundamentales del teatro. No hay manera de justificar la violación de leyes y acuerdos internacionales. Llevemos a las tablas producciones con la dignidad que se requiere. Los dioses teatrales y los jueces nacionales están ya pendientes de nosotros. Mientras detenemos la grosera tendencia, recurro al efecto de correr el siempre inevitable…

¡Telón!