domingo, 13 de septiembre de 2009

5 dificultades para decir la verdad

Nota: Hace muchos años leí este texto fundamental de Bertolt Brecht. Hace poco lo encontré en internet y me apresuro a compartirlo con ustedes por el valor social, litarerio e ideólogico que tiene o simplemente por ¿un poco de nostalgia revolucionaria?
G. C.

El que quiera luchar hoy contra la mentira y la ignorancia y escribir la verdad tendrá que vencer por lo menos cinco dificultades. Tendrá que tener el valor de escribir la verdad aunque se la desfigure por doquier; la inteligencia necesaria para descubrirla; el arte de hacerla manejable como un arma; el discernimiento indispensable para difundirla.

Tales dificultades son enormes para los que escriben bajo el fascismo, pero también para los exiliados y los expulsados, y para los que viven en las democracias burguesas.

I. El valor de escribir la verdad

Para mucha gente es evidente que el escritor debe escribir la verdad; es decir, no debe rechazarla ni ocultarla, ni deformarla. No debe doblegarse ante los poderosos; no debe engañar a los débiles. Pero es difícil resistir a los poderosos y muy provechoso engañar a los débiles. Incurrir en la desgracia ante los poderosos equivale a la renuncia, y renunciar al trabajo es renunciar al salario. Renunciar a la gloria de los poderosos significa frecuentemente renunciar a la gloria en general. Para todo ello se necesita mucho valor.

Cuando impera la represión más feroz gusta hablar de cosas grandes y nobles. Es entonces cuando se necesita valor para hablar de las cosas pequeñas y vulgares, como la alimentación y la vivienda de los obreros. Por doquier aparece la consigna: «No hay pasión más noble que el amor al sacrificio».

En lugar de entonar ditirambos sobre el campesino hay que hablar de máquinas y de abonos que facilitarían el trabajo que se ensalza. Cuando se clama por todas las antenas que el hombre inculto e ignorante es mejor que el hombre cultivado e instruido, hay que tener valor para plantearse el interrogante: ¿Mejor para quién? Cuando se habla de razas perfectas y razas imperfectas, el valor está en decir: ¿Es que el hambre, la ignorancia y la guerra no crean taras?

También se necesita valor para decir la verdad sobre sí mismo cuando se es un vencido. Muchos perseguidos pierden la facultad de reconocer sus errores, la persecución les parece la injusticia suprema; los verdugos persiguen, luego son malos; las víctimas se consideran perseguidas por su bondad. En realidad esa bondad ha sido vencida. Por consiguiente, era una bondad débil e impropia, una bondad incierta, pues no es justo pensar que la bondad implica la debilidad, como la lluvia la humedad. Decir que los buenos fueron vencidos no porque eran buenos sino porque eran débiles requiere cierto valor.

Escribir la verdad es luchar contra la mentira, pero la verdad no debe ser algo general, elevado y ambiguo, pues son estas las brechas por donde se desliza la mentira. El mentiroso se reconoce por su afición a las generalidades, como el hombre verídico por su vocación a las cosas prácticas, reales, tangibles. No se necesita un gran valor para deplorar en general la maldad del mundo y el triunfo de la brutalidad, ni para anunciar con estruendo el triunfo del espíritu en países donde éste es todavía concebible. Muchos se creen apuntados por cañones cuando solamente gemelos de teatro se orientan hacia ellos. Formulan reclamaciones generales en un mundo de amigos inofensivos y reclaman una justicia general por la que no han combatido nunca. También reclaman una libertad general: la de seguir percibiendo su parte habitual del botín. En síntesis sólo admiten una verdad: la que les suena bien.

Pero si la verdad se presenta bajo una forma seca, en cifras y en hechos, y exige ser confirmada, ya no sabrán qué hacer. Tal verdad no les exalta. Del hombre veraz sólo tienen la apariencia. Su gran desgracia es que no conocen la verdad.

II. La inteligencia necesaria para descubrir la verdad

Tampoco es fácil descubrir la verdad. Por lo menos la que es fecunda. Así, según opinión general, los grandes Estados caen uno tras otro en la barbarie extrema. Y una guerra intestina que se desarrolla implacablemente puede degenerar en cualquier momento en un conflicto generalizado que convertiría nuestro continente en un montón de ruinas. Evidentemente, se trata de verdades. No se puede negar que llueve hacia abajo: numerosos poetas escriben verdades de este género. Son como el pintor que cubría de frescos las paredes de un barco que se estaba hundiendo. El haber resuelto nuestra primera dificultad les procura una cierta dificultad de conciencia. Es cierto que no se dejan engañar por los poderosos, pero ¿escuchan los gritos de los torturados? No; pintan imágenes. Esta actitud absurda les sume en un profundo desconcierto, del que no dejan de sacar provecho; en su lugar otros buscarían las causas. No creáis que sea cosa fácil distinguir sus verdades de las vulgaridades referentes a la lluvia; al principio parecen importantes, pues la operación artística consiste precisamente en dar importancia a algo. Pero mirad la cosa de cerca: os daréis cuenta que no dejan de decir: no se puede impedir que llueva hacia abajo.

También están los que por falta de conocimientos no llegan a la verdad. Y, sin embargo, distinguen las tareas urgentes y no temen a los poderosos ni a la miseria. Pero viven de antiguas supersticiones, de axiomas célebres a veces muy bellos. Para ellos el mundo es demasiado complicado: se contentan con conocer los hechos e ignorar las relaciones que existen entre ellos.

Me permito decir a todos los escritores de esta época confusa y rica en transformaciones que hay que conocer el materialismo dialéctico, la economía y la historia. Tales conocimientos se adquieren en los libros y en la práctica si no falta la necesaria aplicación. Es muy sencillo descubrir fragmentos de verdad, e incluso verdades enteras. El que busca necesita un método, pero se puede encontrar sin método, e incluso sin objeto que buscar. Sin embargo, ciertos procedimientos pueden dificultar la explicación de la verdad: los que la lean serán incapaces de transformar esa verdad en acción. Los escritores que se contentan con acumular pequeños hechos no sirven para hacer manejables las cosas de este mundo. Pues bien, la verdad no tiene otra ambición. Por consiguiente esos escritores no están a la altura de su misión.

III. El arte de hacer la verdad manejable como arma

La verdad debe decirse pensando en sus consecuencias sobre la conducta de los que la reciben.

Hay verdades sin consecuencias prácticas. Por ejemplo, esa opinión tan extendida sobre la barbarie: el fascismo sería debido a una oleada de barbarie que se ha abatido sobre varios países, como una plaga natural. Así, al lado y por encima del capitalismo y del socialismo habría nacido una tercera fuerza: el fascismo. Para mi, el fascismo es una fase histérica del capitalismo, y, por consiguiente, algo muy nuevo y muy viejo. En un país fascista el capitalismo existe solamente como fascismo. Combatirlo es combatir el capitalismo, y bajo su forma más cruda, más insolente, más opresiva, más engañosa.

Entonces, ¿de qué sirve decir la verdad sobre el fascismo que se condena si no se dice nada contra el capitalismo que lo origina? Una verdad de este género no reporta ninguna utilidad práctica.

Estar contra el fascismo sin estar contra el capitalismo, rebelarse contra la barbarie que nace de la barbarie, equivale a reclamar una parte del ternero y oponerse a sacrificarlo.

Los demócratas burgueses condenan con énfasis los métodos bárbaros de sus vecinos, y sus acusaciones impresionan tanto a sus auditorios que éstos olvidan que tales métodos se practican también en sus propios países.

Ciertos países logran todavía conservar sus formas de propiedad gracias a medios menos violentos que otros. Sin embargo, los monopolios capitalistas originan por doquier condiciones bárbaras en las fábricas, en las minas y en los campos. Pero mientras que las democracias burguesas garantizan a los capitalistas, sin recurso a la violencia, la posesión de los medios de producción, la barbarie se reconoce en que los monopolios sólo pueden ser defendidos por la violencia declarada.

Ciertos países no tienen necesidad, para mantener sus monopolios bárbaros, de destruir la legalidad instituida, ni su confort cultural (filosofía, arte, literatura); de ahí que acepten perfectamente oir a los exiliados alemanes estigmatizar su propio régimen por haber destruido esas comodidades. A sus ojos es un argumento suplementario en favor de la guerra.

¿Puede decirse que respetan la verdad los que gritan: «Guerra sin cuartel a Alemania, que es hoy la verdadera patria del «mal», la oficina del infierno, el trono del anticristo»? No. Los que así gritan son tontos, impotentes gentes peligrosas. Sus discursos tienden a la destrucción de un país, de un país entero con todos sus habitantes, pues los gases asfixiantes no perdonan a los inocentes.

Los que ignoran la verdad se expresan de un modo superficial, general e impreciso. Peroran sobre el «alemán», estigmatizan el «mal», y sus auditorios se interrogan: ¿Debemos dejar de ser alemanes? ¿Bastará con que seamos buenos para que el infierno desaparezca? Cuando manejan sus tópicos sobre la barbarie salida de la barbarie resultan impotentes para suscitar la acción. En realidad no se dirigen a nadie. Para terminar con la barbarie se contentan con predicar la mejora de las costumbres mediante el desarrollo de la cultura. Eso equivale a limitarse a aislar algunos eslabones en la cadena de las causas y a considerar como potencias irremediables ciertas fuerzas determinantes, mientras que se dejan en la oscuridad las fuerzas que preparan las catástrofes. Un poco de luz y los verdaderos responsables de las catástrofes aparecen claramente: los hombres. Vivimos una época en que el destino del hombre es el hombre.

El fascismo no es una plaga que tendría su origen en la «naturaleza» del hombre. Por lo demás, es un modo de presentar las catástrofes naturales que restituyen al hombre su dignidad porque se dirigen a su fuerza combativa.

El que quiera describir el fascismo y la guerra grandes desgracias, pero no calamidades «naturales» debe hablar un lenguaje práctico: mostrar que esas desgracias son un efecto de la lucha de clases; poseedores de medios de producción contra masas obreras. Para presentar verídicamente un estado de cosas nefasto, mostrad que tiene causas remediables. Cuando se sabe que la desgracia tiene un remedio, es posible combatirla.

IV. Cómo saber a quién confiar la verdad

Un hábito secular, propio del comercio de la cosa escrita, hace que el escritor no se ocupe de la difusión de sus obras. Se figura que su editor, u otro intermediario, las distribuye a todo el mundo. Y se dice: yo hablo, y los que quieren entenderme, me entienden. En la realidad, el escritor habla, y los que pueden pagar, le entienden. Sus palabras jamás llegan a todos, y los que las escuchan no quieren entenderlo todo.

Sobre esto se ha dicho ya muchas cosas, pero no las suficientes. Transformar la «acción de escribir a alguien» en «acto de escribir» es algo que me parece grave y nocivo. La verdad no puede ser simplemente escrita; hay que escribirla a alguien. A alguien que sepa utilizarla. Los escritores y los lectores descubren la verdad juntos.

Para ser revelado, el bien sólo necesita ser bien escuchado, pero la verdad debe ser dicha con astucia y comprendida del mismo modo. Para nosotros, escritores, es importante saber a quién la decimos y quién nos la dice; a los que viven en condiciones intolerables debemos decirles la verdad sobre esas condiciones, y esa verdad debe venirnos de ellos. No nos dirijamos solamente a las gentes de un solo sector: hay otros que evolucionan y se hacen susceptibles de entendernos. Hasta los verdugos son accesibles, con tal que comiencen a temer por sus vidas. Los campesinos de Baviera, que se oponían a todo cambio de régimen, se hicieron permeables a las ideas revolucionarias cuando vieron que sus hijos, al volver de una larga guerra, quedaban reducidos al paro forzoso.

La verdad tiene un tono. Nuestro deber es encontrarlo. Ordinariamente se adopta un tono suave y dolorido: «yo soy incapaz de hacer daño a una mosca». Esto tiene la virtud de hundir en la miseria a quien lo escucha. No trataremos como enemigos a quienes emplean este tono, pero no podrán ser nuestros compañeros de lucha. La verdad es de naturaleza guerrera, y no sólo es enemiga de la mentira, sino de los embusteros.

V. Proceder con astucia para difundir la verdad

Orgullosos de su valor para escribir la verdad, contentos de haberla descubierto, cansados sin duda de los esfuerzos que supone el hacerla operante, algunos esperan impacientes que sus lectores la disciernan. De ahí que les parezca vano proceder con astucia para difundir la verdad.

Confucio alteró el texto de un viejo almanaque popular cambiando algunas palabras: en lugar de escribir «el maestro Kun hizo matar al filósofo Wan», escribió: «el maestro Kun hizo asesinar al filósofo Wan». En el pasaje donde se hablaba de la muerte del tirano Sundso, «muerto en un atentado», reemplazó la palabra «muerto» por «ejecutado», abriendo la vía a una nueva concepción de la historia.

El que en la actualidad reemplaza «pueblo» por «población», y «tierra» por «propiedad rural», se niega ya a acreditar algunas mentiras, privando a algunas palabras de su magia. La palabra «pueblo» implica una unidad fundada en intereses comunes; sólo habría que emplearla en plural, puesto que únicamente existen «intereses comunes» entre varios pueblos. La «población» de una misma región tiene intereses diversos e incluso antagónicos. Esta verdad no debe ser olvidada. Del mismo modo, el que dice «la tierra», personificando sus encantos, extasiándose ante su perfume y su colorido, favorece las mentiras de la clase dominante. Al fin y al cabo, ¡qué importa la fecundidad de la tierra, el amor del hombre por ella y su infatigable ardor al trabajarla!: lo que importa es el precio del trigo y el precio del trabajo. El que saca provecho de la tierra no es nunca el que recoge el trigo, y «el gesto augusto del sembrador» no se cotiza en Bolsa. El término justo es «propiedad rural».

Cuando reina la opresión, no hablemos de «disciplina», sino de «sumisión» pues la disciplina excluye la existencia de una clase dominante. Del mismo modo, el vocablo «dignidad» vale más que la palabra «honor», pues tiene más en cuenta al hombre. Todos sabemos qué clase de gente se precipita para tener la ventaja de defender el «honor» de un pueblo, y con qué liberalidad los ricos distribuyen el «honor» a los que trabajan para enriquecerlos.

La astucia de Confucio es utilizable también en nuestros días. También la de Tomás Moro. Este último describió un país utópico idéntico a la Inglaterra de aquella época, pero en el que las injusticias se presentaban como costumbres admitidas por todo el mundo.

Cuando Lenin, perseguido por la policía del Zar, quiso dar una idea de la explotación de Sajalín por la burguesía rusa, sustituyó Rusia por el Japón y Sajalín por Corea. La identidad de las dos burguesías era evidente, pero como Rusia estaba en guerra con el Japón la censura dejó pasar el trabajo de Lenin.

Hay una infinidad de astucias posibles para engañar a un Estado receloso. Voltaire luchó contra las supersticiones religiosas de su tiempo escribiendo la historia galante de «La Doncella de Orleans»: describiendo en un bello estilo aventuras galantes sacadas de la vida de los grandes. Voltaire llevó a éstos a abandonar la religión (que hasta entonces tenían por caución de su vida disoluta). De repente se hicieron los propagadores celosos de las obras de Voltaire y ridiculizaron a la policía que defendía sus privilegios. La actitud de los grandes permitió la difusión ilícita de las ideas del escritor entre el público burgués, hacia el que precisamente apuntaba Voltaire.

Decía Lucrecio que contaba con la belleza de sus versos para la propagación de su ateísmo epicúreo. Las virtudes literarias de una obra pueden favorecer su difusión clandestina. Pero hay que reconocer que a veces suscitan múltiples sospechas. De ahí la necesidad de descuidarlas deliberadamente en ciertas ocasiones. Tal sería el caso, por ejemplo, si se introdujera en una novela policíaca -género literario desacreditado- la descripción de condiciones sociales intolerables. A mi modo de ver, esto justificaría completamente la novela policíaca.

En la obra de Shakespeare se puede encontrar un modelo de verdad propagada por la astucia: el discurso de Antonio ante el cadáver de César. Afirmando constantemente la respetabilidad de Bruto, cuenta su crimen, y la pintura que hace de él es mucho más aleccionadora que la del criminal. Dejándose dominar por los hechos, Antonio saca de ellos su fuerza de convicción mucho más que de su propio juicio.

Jonathan Swift propuso en un panfleto que los niños de los pobres fueran puestos a la venta en las carnicerías para que reinara la abundancia en el país. Después de efectuar cálculos minuciosos, el célebre escritor probó que se podrían realizar economías importantes llevando la lógica hasta el fin. Swift jugaba al monstruo. Defendía con pasión absolutista algo que odiaba. Era una manera de denunciar la ignominia. Cualquiera podía encontrar una solución más sensata que la suya, o al menos más humana; sobre todo, aquellos que no habían comprendido a dónde conducía este tipo de razonamiento.

Militar a favor del pensamiento, sea cual fuere la forma que éste adopte, sirve la causa de los oprimidos. En efecto, los gobernantes al servicio de los explotadores consideran el pensamiento como algo despreciable. Para ellos lo que es útil para los pobres es pobre. La obsesión que estos últimos tienen por comer, por satisfacer su hambre, es baja. Es bajo menospreciar los honores militares cuando se goza de este favor inestimable: batirse por un país cuando se muere de hambre. Es bajo dudar de un jefe que os conduce a la desgracia. El horror al trabajo que no alimenta al que lo efectúa es asimismo una cosa baja, y baja también la protesta contra la locura que se impone y la indiferencia por una familia que no aporta nada. Se suele tratar a los hambrientos como gentes voraces y sin ideal, de cobardes a los que no tienen confianza en sus opresores, de derrotistas a los que no creen en la fuerza, de vagos a los que pretenden ser pagados por trabajar, etc. Bajo semejante régimen, pensar es una actividad sospechosa y desacreditada. ¿Dónde ir para aprender a pensar? A todos los lugares donde impera la represión.

Sin embargo, el pensamiento triunfa todavía en ciertos dominios en que resulta indispensable para la dictadura. En el arte de la guerra, por ejemplo, y en la utilización de las técnicas. Resulta indispensable pensar para remediar, mediante la invención de tejidos «ersatz», la penuria de lana. Para explicar la mala calidad de los productos alimenticios o la militarización de la juventud no es posible renunciar al pensamiento. Pero recurriendo a la astucia se puede evitar el elogio de la guerra, al que nos incitan los nuevos maestros del pensamiento. Así, la cuestión ¿cómo orientar la guerra? lleva a la pregunta: ¿vale la pena hacer la guerra? Lo que equivale a preguntar: ¿cómo evitar la guerra inútil? Evidentemente, no es fácil plantear esta cuestión en público hoy. Pero ¿quiere decir esto que haya que renunciar a dar eficacia a la verdad? Evidentemente no.

Si en nuestra época es posible que un sistema de opresión permita a una minoría explotar a la mayoría, la razón reside en una cierta complicidad de la población, complicidad que se extiende a todos los dominios. Una complicidad análoga, pero orientada en sentido contrario, puede arruinar el sistema. Por ejemplo, los descubrimientos biológicos de Darwin eran susceptibles de poner en peligro todo el sistema, pero solamente la Iglesia se inquietó. La policía no veía en ello nada nocivo. Los últimos descubrimientos físicos implican consecuencias de orden filosófico que podrían poner en tela de juicio los dogmas irracionales que utiliza la opresión. Las investigaciones de Hegel en el dominio de la lógica facilitaron a los clásicos de la revolución proletaria, Marx y Lenin, métodos de un valor inestimable. Las ciencias son solidarias entre sí, pero su desarrollo es desigual según los dominios; el Estado es incapaz de controlarlos todos. Así, los pioneros de la verdad pueden encontrar terrenos de investigación relativamente poco vigilados. Lo importante es enseñar el buen método, que exige que se interrogue a toda cosa a propósito de sus caracteres transitorios y variables. Los dirigentes odian las transformaciones: desearían que todo permaneciese inmóvil, a ser posible durante un milenio: que la Luna se detuviese y el Sol interrumpiese su carrera. Entonces nadie tendría hambre ni reclamaría alimentos. Nadie respondería cuando ellos abriesen fuego; su salva sería necesariamente la última.

Subrayar el carácter transitorio de las cosas equivale a ayudar a los oprimidos. No olvidemos jamás recordar al vencedor que toda situación contiene una contradicción susceptible de tomar vastas proporciones. Semejante método -la dialéctica, ciencia del movimiento de las cosas- puede ser aplicado al examen de materias como la biología y la química, que escapan al control de los poderosos, pero nada impide que se aplique al estudio de la familia; no se corre el riesgo de suscitar la atención. Cada cosa depende de una infinidad de otras que cambian sin cesar; esta verdad es peligrosa para las dictaduras.

Pues bien, hay mil maneras de utilizarla en las mismas narices de la policía. Los gobernantes que conducen a los hombres a la miseria quieren evitar a todo precio que, en la miseria, se piense en el Gobierno. De ahí que hablen de destino. Es al destino, y no al Gobierno, al que atribuyen la responsabilidad de las deficiencias del régimen. Y si alguien pretende llegar a las causas de estas insuficiencias, se le detiene antes de que llegue al Gobierno.

Pero en general es posible reclinar los lugares comunes sobre el destino y demostrar que el hombre se forja su propio destino. Ahí tenéis el ejemplo de esa granja islandesa sobre la que pesaba una maldición. La mujer se había arrojado al agua, el hombre se había ahorcado. Un día, el hijo se casó con una joven que aportaba como dote algunas hectáreas de tierra. De golpe, se acabó la maldición. En la aldea se interpretó el acontecimiento de diversos modos. Unos lo atribuyeron al natural alegre de la joven; otros a la dote, que permitía, al fin, a los propietarios de la granja comenzar sobre nuevas bases. Incluso un poeta que describe un paisaje puede servir a la causa de los oprimidos si incluye en la descripción algún detalle relacionado con el trabajo de los hombres. En resumen: importa emplear la astucia para difundir la verdad.

Conclusión

La gran verdad de nuestra época -conocerla no es todo, pero ignorarla equivale a impedir el descubrimiento de cualquier otra verdad importante- es ésta: nuestro continente se hunde en la barbarie porque la propiedad privada de los medios de producción se mantiene por la violencia. ¿De qué sirve escribir valientemente que nos hundimos en la barbarie si no se dice claramente por qué? Los que torturan lo hacen por conservar la propiedad privada de los medios de producción.

Ciertamente, esta afirmación nos hará perder muchos amigos: todos los que, estigmatizando la tortura, creen que no es indispensable para el mantenimiento de las formas actuales de propiedad.

Digamos la verdad sobre las condiciones bárbaras que reinan en nuestro país; así será posible suprimirlas, es decir, cambiar las actuales relaciones de producción. Digámoslo a los que sufren del statu quo y que, por consiguiente, tienen más interés en que se modifique: a los trabajadores, a los aliados posibles de la clase obrera, a los que colaboran en este estado de cosas sin poseer los medios de producción.

sábado, 12 de septiembre de 2009

La Sinfónica y el Teatro de B.A.

Nuestra Orquesta Sinfónica Nacional (OSN) es un lujo artístico y cultural que se da nuestro país. Por ello debemos los dominicanos estar muy orgullosos.

Indudablemente ha habido logros transcendentes alcanzados por nuestra primera institución musical ha través de su historia, que comienza en noviembre del 1904.

También ha habido sinsabores, cuestionamientos, retrocesos, de repente avances espectaculares, conflictos, protestas, huelgas, reclamos, disgustos, espionajes a músicos y muchos truños.

Sin embargo, con altas y bajas, la OSN se ha mantenido con el brillo que le conocemos, aunque mermada, con el tiempo, en cuando la cantidad de integrantes.

Pues hace unos días que las autoridades del Ministerio de Cultura lograron nombrar frente a la OSN al experimentado y laureado maestro José Antonio Molina (Chicho); quien se había resistido durante dos años a ocupar el cargo por múltiples razones, que ahora no vienen al caso mencionar.

Para aceptar, según informaciones fidedignas, el amigo José Antonio, puso varias condiciones, las cuales parece estar ya poniendo en práctica: Carta blanca para disciplinar la Orquesta, dignificar el salario de los músicos (que ya era el mejor de los artistas que laboran en Bellas Artes), retirar a aquellos músicos que ya no pueden rendir lo demandado, re-audicionar a aquellos que se supone pueden hacerlo, aumentar el número de integrantes, “masificar” la orquesta a través de conciertos populares (¿Igual que los injustificadamente abandonados conciertos en “Mangas de Camisas”?) y seguramente otras conquistas y exigencias que son de estilo en este tipo de institución artística.

¡Bien por José Antonio! Ya era hora. ¡Y él es de aquí! No fue necesario importar soluciones y/o solucionadores.

Le deseamos éxitos a tan prestigioso y querido amigo. Conociendo su capacidad, su temperamento y tenacidad sabemos que llegará a sus metas con la OSN. Además, el ministro Lantigua está decidido a dotar la Orquesta del esplendor de rigor.

Pero ¿qué hacemos con la Compañía Nacional de Teatro (CNT)?

Dicha institución teatral ha tenido pocos momentos de verdadera gloria en su historia, honesto es reconocerlo. Nunca se ha logrado allí una mínima parte del prestigio y calidad que ha alcanzado nuestra Sinfónica.

Por diferentes motivos la capacidad de trabajo de dicha Compañía teatral no ha sido ejemplarizadora. Hasta la llegada de María Castillo como directora la visión que se tenía en los últimos tiempos de sus integrantes (quizás un poco exagerada.), es de que eran unos perfectos vagos.

Injustificado o no, lo cierto es que la mayoría de los actores y actrices nombrados en esa institución, salvo honrosos momentos, pasaban años cobrando sin trabajar.

En la presente administración, justo es decirlo, por lo menos se ha mejorado el sueldo de los actores y actrices de la Compañía y se han hecho serios esfuerzos para aumentar, o por lo menos mantener, el ritmo de trabajo que le imprimió la Castillo a nuestro Teatro oficial. No han sido precisamente felices todos los resultados.

Se han nombrado nuevos artistas en la CNT. Pero no todos los nombrados tienen el nivel para estar allí. Por más que me esfuerzo no logro precisar bien el criterio conque se nombran los actores de Bellas Artes. Debería ser, solamente, por méritos y talento acumulados; sin que importen simpatías, empatías o antipatías.

Además, y en otro sentido, al suscrito le resulta un contrasentido que existiendo una Escuela Nacional de Teatro (O Arte Escénico), frecuentemente se nombren en Bellas Artes (Ni María pudo librarse de esta detestable práctica.) a personas que no se han graduado en esa escuela o una similar. Esto sólo se podría justificar con la ausencia de taltentos o el surgimiento de una figura que sea un fenómeno teatral. ¿Ha sido el caso?

Lo correcto y coherente sería que los mejores egresados de la Escuela Nacional de Teatro, después de una pasantía de algunos años en el Teatro Rodante de Bellas Artes (que sí está funcionando muy bien, como se propusieron el ministro Lantigua y la actriz Carlota Carretero), sean quienes pasen a integrar el elenco de la Compañía Nacional de Teatro.

Después de la mala y vergonzosa experiencia que resultó la participación del llamado Teatro de Bellas Artes con su "Yo, Bertolt Brecht" en el último Festival Internacional de Teatro, lo mejor que puede hacerse allí es cerrar por un tiempo la CNT, revaluar el personal artístico, contratar la creme de la creme del teatro criollo que aún no labore en la CNT, dignificar los salarios para que sus actores puedan trabajar dentro del grupo a tiempo completo, planificar producciones dentro del Presupuesto Nacional del Ministerio de Cultura, obligar a los actores y actrices a trabajar exclusivamente para la Compañía (por lo menos nueve meses del año), exigir a quien sea su director titular que se exima de realizar nuevas producciones teatrales de índoles privadas, ya que estas generan celos, competencias, cuestionamientos y desatenciones de la funciones asumidas; etcétera.

Nuestra Compañía Nacional de Teatro, hoy luce desorientada y sumergida en chismes denigrantes. Requiere ser sacudida desde arriba hasta sus cimientos. Es imperativo dotarla de un prestigio y una mística que indubitablemente no posee. No posterguen más la operación al tejido tumefacto, antes que el cáncer sea incurable. La enfermedad tiene ya algunas décadas sin que se le ponga al fin el medicamente efectivo y duradero.

He soltado algunas ideas; pero es más, mucho más de mis sugerencias, lo que debe hacerse en ese grupo teatral, llamado a ser el primero del país. (actualmente es uno de los últimos.)

Tengo amigos entrañables y/o ex discípulos dentro de la esa Compañía Teatral. Algunos, me consta, comparten estas graves preocupaciones. Otros, imagino, se ofenderán con algunas de las propuestas que hace el firmante, con intenciones únicamente teatrales. Pero ni modo. Escribo estos asuntos “no porque no amo a César... sino porque amo más a Roma”.

¡Telón!

viernes, 4 de septiembre de 2009

TALASSA: Un teatro nuevo


(Pinchen las fotos para agrandar.)

La construcción de el
Teatro Talassa
con capacidad para un poco más de 200 espectadores es todo un acostecimiento cultural en Santo Domingo.
Su diseñador y propietario es el arquitecto y artista plástico Cristian Martínez.
¡Qué primicia!



El origen de Teatro Griego se encuentra en el ditirambo; pero Dionisios es una figura clave en el nacimiento del teatro en Grecia. Hijo de una mortal y de un dios, es la divinidad de la fecundidad, de la vegetación y de la vendimia; características que le permitirán ser figura principal en la sociedad agrícola y ganadera de la Grecia primitiva.

Las fiestas en honor a Dinisios.
Los griegos celebraban sus fiestas al principio y al final de la cosecha.En ellas piden a los dioses que el campo sea fecundo, y concretamente, lo piden a Dionisios.

Una procesión de danzantes dionisíacos que representan a los sátiros - compañeros de Dionisios - pasea por las avenidas de la Grecia primitiva seguida por jóvenes ansiosos de alcanzar el éxtasis dionisíaco (recordemos que Dionisos es también, como dios de la vendimia, dios del vino). En estas fiestas, un carro recorre las calles con la estatua de Dionisios sobre él, mientras los ciudadanos danzan, se disfrazan y se embriagan.

En honor al dios, se sacrifica a un carnero cuya sangre fecunda los campos y se danza. Danzan los trasgos (estos danzantes representantes de los sátiros. Trasgo significa macho cabrío en griego.) y a la vez que bailan salmodian algunos textos: estamos ante el precedente del coro. Mientras el carnero se sacrifica sobre un altar, los trasgos giran alrededor de él con sus salmodias y sus danzas. Esto es el ditirambo, que debió llevarse a cabo en las afueras de cualquier pueblo griego durante las fiestas de la cocecha en honor a Dionisios.

En cuanto al texto que salmodiaban los trasgos, lo cierto es que no lo conocemos. Probablemente tenía un estribillo y con el paso del tiempo y la evolución del ditirambo, un elemento llamado ritornello, lanzado como un grito por el coro y respondido por el guía del coro, el exarconte o corifeo, probablemente el primer actor, pues ya se trata de un diálogo coro - corifeo.

De " trasgos" derivará el término tragedia. Por su parte la comedia, derivará del término "comos" que sería otro tipo de "gritos" lanzados por los danzantes dionisíacos.

Sea como fuere, el ditirambo es un precedente del teatro helénico pues ya encontramos la principal característica, lo fundamental del teatro: gente que mira y gente que actúa.

15 teatros griegos conocemos hasta ahora: Cirene, Delfos, Dionisos, Didona Epidauros, Kourion, Laodice, Locri, Mileto, Pompeya, Prine, Segesta, Siracusa, Taormina, Thermessos.

Nosotros tenemos ahora uno: El Teatro Talassa.














Ocurre que el magnífico artista plastico e intelectual Cristian Martínez (Crismar) ha hecho un pequeño teatro griego en el ensanche Costa Verde (En la Casa de Piedra de la calla Tanmy Domínguez.). Se llama Teatro Talassa (Mar en griego.) Tiene, precismanete el mar detrás del escenario, lo que garantiza una acústica perfecta; como suponemos tenían los teatros griegos en su época.

Teatro Talassa tiene dos juegos de gradas en piedra con una capacidad para un poco más de 200 espectadores.
Aunque ya está listo para ser inaugurado, se hará formalmente en el mes de diciembre y el suscrito estará directamente involucrado. Por ahora me permito solamente mostrarle sus fotografías.

¿Qué viva el Talassa crismariano! (Por lo de Crismar, desde luego.)

G.C.

viernes, 28 de agosto de 2009

Un affaire de los 12 años

Por: Augusto Feria


El diputado reformista, Andrés Mendoza Pepín, introdujo en octubre de 1976, un proyecto de ley tendente a prohibir “el uso de hormonas femeninas en la alimentación de pollos”, asegurando que el pollo que come alimentos concentrados es un “pollo sintético”.
Lo que la gente entendió fue, que al comer ese tipo de carne -de animales criados en granjas- los hombres se afeminaban. El revuelo que causó el citado proyecto llevó a la producción avícola nacional a una crisis insospechada. En ese momento la producción era de 7 millones de libras al mes, bajando el consumo en cuestión de horas, a un millón 400 mil libras. Por supuesto que en la misma Cámara de Diputados hubo alarma, el diputado Olivero Féliz, elevó su protesta: “este proyecto debe morir inmediatamente por estar causando graves problemas económicos”.
La agitación provocada por el diputado, dada la ineptitud, irresponsabilidad, ignorancia o mala intención, puso en vilo al país. Ya el 14 salía publicado una advertencia del Senador Rogerio Espaillat, en la que se preveía la posibilidad de quiebra, sólo en Moca, de más de 20 granjas productoras. En este punto el rechazo por la carne había acabado extendiéndose a los huevos. También ese día salía un espacio pagado, refrendado por cuatro funcionarios de alto rango, donde se incitaba “a la ciudadanía para que no se deje confundir por falsos rumores y especulaciones y consuma sin recelos la carne…”. Al día siguiente el Listín Diario editorializaba diciendo que esos funcionarios “… han despejado el temor que tenía la gente a consumir carne de pollo de granja…”, mientras que los avicultores publicaban una ampulosa media página redactada sólo para el beneficio de los alabarderos firmantes: “…se siente hondamente conmovida y satisfecha por la reacción responsable y efectiva del Superior Gobierno,…”.
Pero la carne blanca y los huevos seguían vendiéndose a un ritmo de un 20%, el lunes 18. Entonces salió en los periódicos una minúscula nota anunciando que ese día hablaría por “Radio Comercial y una red de emisoras” el profesor Juan Bosch.
A la 1:30 PM se inició la alocución: “…porque la gente piensa que si los pollos que comen hormonas femeninas afeminan a los hombres o los convierten en manfloritos…”; continuaba narrando historias sucedidas por esas causas en diferentes lugares, para seguir dando montos estadísticos, explicaciones pormenorizadas en un lenguaje comprensible, hábil, mostrando su preocupación por lo “que han invertido los pequeños y los medianos granjeros”. Luego decía: “pero después se ha regado por todo el país como fuego en la pólvora o como la verdolaga en tierra buena; y sin embargo el mayor daño de esa propaganda se le está haciendo al pueblo”. Entonces informaba: “nos tenía seriamente preocupados el daño que se le estaba haciendo al pueblo con una propaganda maligna y de origen misterioso, que está perjudicando a muchos dominicanos, pero que debe estar beneficiando a alguna gente”. Aclarando después, “qué quiere decir la palabra hormona”, inmediatamente cómo funciona el metabolismo. Persistía expresando: “la historia nos enseña que hace tres mil años la homosexualidad cundía en Grecia, y en esa época no se criaban pollos ni se engordaban…” finalizando, “No crean en esa mentira. Cómanse su pollo y su huevo con toda confianza mientras no se los pongan por las nubes, porque si se los encarecen les harán daño de verdad; el daño que se les hace siempre a los pobres, que es explotarlos sin misericordia. Cómanse su pollo y su huevo sin miedo, y hasta otro día si Dios quiere, dominicanos”.
El 19 una primera plana reseñaba: “Juan Bosch Exhorta Comer Pollos, Huevos”. El 20 otra noticia anunciaba: “Rechazan Cámara Proyecto Pollos”. Para finalizar el affaire, el viernes 22 una primera plana rezaba: “Empieza Resurgir Consumo de Pollo” en el cuerpo de la noticia se leía que las ventas habían “aumentado considerablemente en los últimos días… El consumo nacional ha aumentado en un 60%...
A “100 años de una vida ejemplar”… ¿¡cual político podrá defendernos!?

jueves, 20 de agosto de 2009

¿Suplantaciones o plagios?

En la historia de la literatura universal no han faltado las grandes polémicas y debates en torno a posiciones filosóficas y/o conceptuales.
Hasta acusaciones de plagios y suplantaciones ha habido entre los grandes.

Stratfordianos y anti-Stratfordianos.
La vieja rencilla entre stratfordianos y anti-stratfordianos sobre la originalidad o identidad de Shakespeare, ha transcendido el ámbito prácticamente “tribal” en el que se originó.
Los anti-stratfordianos les niegan al humilde habitante de Stratford, Willliam Shakespeare, capacidad para haber escrito las fundamentales obras que conocemos. Presentan como “prueba irrefutable”; entre tantas, que éste en la herencia dejada a su familia incluye una larga lista de bienes y no aparezca ninguna de las 38 obras teatrales que supuestamente escribió. También que vivía en un hogar de analfabetas.
Los stratfordianos, por su lado, plantean que siendo hijo del Alcalde, lo más probable era que sí tenía acceso a libros e informaciones, y que aunque no realizó estudios superiores él fue un notable autodidacta.
Grandes intelectuales, investigadores y diletantes han participado en la última centena en las grandes discusiones sobre el llamado Cisne de Avon.

¿Shakespeare era realmente Francis Bacon?
Bacon nació 1561 y es considerado el padre de la Ciencia moderna. Este filósofo y escritor era un gran aficionado a la Criptografía. Poseía conocimientos en esta disciplina bastante avanzados para su época. Precisamente por la Criptografía es por donde más argumentos encuentran para atribuirle a él la producción literaria de Shakespeare.
Pero existen datos interesantes que pueden llevar a cuestionar la autoría de Shakespeare sobre la totalidad de su obra.
Resulta chocante, por ejemplo, que un personaje "criado en un pueblo donde casi todo el mundo, incluida gran parte de las autoridades, era analfabeto, del que no se tiene constancia que jamás hubiera escrito una carta, y sobre cuya biografía hay extensas lagunas y contradicciones; fuera capaz de escribir semejante producción literaria."
La línea de pensamiento que atribuye a Bacon los textos de Shakespeare está liderada por Penn Leary. Este autor afirma que el nombre de Bacon está estenografiado cientos de veces en la obra de Shakespeare. Uno de los ejemplos más sorprendentes es la primera palabra (Bote-swaine) del diálogo de la primera página, de la primera impresión, de la primera comedia de Shakespeare, que puede descifrarse como FS-BIACEN. FS sería la abreviatura de Francis tal y como la usa Bacon en diversos lugares. Biacen es un equivalente fonético de Bacon. De hecho, el propio filósofo recomendaba emplear equivalentes fonéticos de los nombres en los textos cifrados para dificultar su criptoanálisis.
Mark Twain y Walt Witman son las dos figuras más importantes que sostienen esta teoría.

Ni la Reina Isabel I está libre de sospecha.
La idea de que fue Isabel I la verdadera autora de las obras shakesperianas la desarrolló George Elliot Sweet en 1956, en su libro “Shakespeare, el misterio.” Para el autor ella era la escritora de las obras que se le atribuyen a él. Así lo sugieren la gran inteligencia de la Soberana, su vasta cultura, su necesidad de propaganda literaria y la inconveniencia de firmar títulos de ficción con su propio nombre.

Shakespeare era Edward de Vere, 17º Conde de Oxford.
Teoría avalada por autores como Looney y Ogburn. De Vere tenía los contactos aristocráticos y el talento artístico para ser un Shakespeare. Incluso demostró en varias ocasiones su desapego a la celebridad y al dinero. No le habría importado escribir bajo seudónimo. Sigmund Freud respaldó esta teoría nacida en 1920, una de las más lógicas.

¡Entren todos!
Algunos han sido tan osados en sus cuestionamientos que afirman que realmente el poeta de Avon era una federación de escritores. (Christopher Marlowe, Francis Bacon, Edward de Vere, Robert Greene, George Peele, Samuel Daniel, Thomas Nashe, Thomas Lodge, Michael Drayton y Thomas Dekker.)
Esto explicaría la calidad constante, la prolijidad abrumadora, la multitud de personajes tan diversos y bien perfilados y otros rasgos sorprendentes del asunto shakesperiano. Esta idea se promociona a partir de 1892.

La conexión Marlowe.
A quien con más autoridad se le ha atribuye haber sido el verdadero Shakespeare es a Christopher Marlowe.
La aparición de Shakespeare en escena justo después de la muerte de Marlowe, y la semejanza de algunos versos y procedimientos formales, ha llevado a algunos a aventurar la hipótesis de que la muerte de Marlowe, supuesto agente secreto de la Corona inglesa, fue sólo una argucia para librarlo de sus numerosos enemigos.
Declarado oficialmente muerto, habría proseguido su labor como escritor a través de la figura de un actor de segunda fila, que no sería otro que Shakespeare. Sin entrar a discutir el posible fundamento de tales teorías, lo cierto es que Marlowe fue el primer gran autor de teatro inglés, aunque su carrera literaria sólo se extendiera por espacio de seis años.

¡No, señor, Henry Neville fue Shakespeare!
En su libro “La verdad sale a flote: desenmascarando al verdadero Shakespeare”; Brenda James, ex profesora de inglés en la Universidad de Portsmouth, y William Rubinstein, de la Universidad de Gales, ofrecen datos que cambian la autoría de las obras del dramaturgo inglés.
Entre las teorías que manejan, la más llamativa es la que asegura que los viajes y las hazañas de Neville coinciden con los temas y los años en los que Shakespeare presentó sus obras.
Por ejemplo, “Medida por medida” está ambientada en Viena, ciudad que visitó Neville y en la que se reflejan las ideas contra las que se enfrentó cuando conoció a un filósofo calvinista. Lo mismo sucede con “Romeo y Julieta”, “La fierecilla domada”, “Dos caballeros de Verona” y “El Mercader de Venecia”, que suceden en el norte de Italia, región a la que Neville viajó entre 1581 y 1582.
Además, estos dos autores dicen que los personajes de Eduardo III y John de Gaunt aparecen descritos en las obras de Shakespeare con tantos detalles que sólo alguien como Neville, familiar suyo, podría hacerlo.

El grupo de los 300.
Con un documento titulado "Declaración de Duda Razonable", un grupo de actores e intelectuales británicos decidió reabrir el debate sobre quién escribió realmente las obras de William Shakespeare. La iniciativa fue lanzada en el Reino Unido por algunos de los más reputados intérpretes "shakesperianos".
La declaración cuestiona que William Shakespeare, "un plebeyo del siglo XVI criado en un hogar analfabeto de Stratford-upon-Avon, escribiera las geniales obras que llevan su nombre". La propuesta es encabezada por los actores Derek Jacobi, que encarnó a personajes del famoso dramaturgo (como Hamlet), y Mark Rylance, ex director artístico del Globe Theatre, la conocida réplica del teatro original de Shakespeare en Londres.
Promovido por la llamada "Coalición de la Autoría de Shakespeare" y avalado por casi 300 firmas, el comunicado argumenta que un hombre que apenas sabía leer y escribir no pudo poseer los rigurosos conocimientos que se deducen de las tragedias, comedias y sonetos atribuidos a la pluma del bardo.

¿Miguel de Cervantes plagió a los moros?
Tampoco éste se ha podido librar de los cuestionamientos. Indudablemente que Shakespeare, no importa quién finalmente haya sido, es (¿o son?) el más grande escritor de la humanidad; sin embargo, el “Quijote”; de Cervantes (¿?), es la más grande creación literaria de todos los tiempos.
Pues resulta que figuras de primer orden en los campos artísticos y literarios cuestionan a Cervantes como el autor de la gran novela. Los negadores afirman que la historia narrada no corresponde con la cultura y la historia manchegas.
Aseguran algunos que se trata de una historia mora, escrita por un moro y que el único mérito de Cervantes es haber encargado traducir dicha obra. Según esta versión la historia cayó en mano de Cervantes en una de sus épocas carcelarias.
Por otro lado, el escritor y director teatral español Rafael Álvarez ha sostenido durante años, que la obra cumbre de la literatura española, “El ingenioso hidalgo don Quijote de la Mancha”, no fue escrita por Cervantes, sino por una secta denominada La Cúpula –también responsable de “El lazarillo de Tormes”–, cuyo objetivo era convertir “El Quijote” en una Biblia que aunase tres religiones en una sola.

Shakeapeare y Cervantes.
Entre ellos hay algunas curiosidades: Vivieron por la misma época y nunca supieron uno del otro. Los retratos que hay sobre ellos han sido realizados por descripciones y murieron en la misma fecha (23 de abril de 1616) aunque "en distinto día". Esto es así porque en aquel entonces España e Inglaterra se regían por calendarios diferentes.

Marlowe y Goethe: ¿Plagio de “El Fausto”?
Marlowe, a quien ya sabemos que se le atribuye haber sido Shakespeare, escribió su “Doctor Fausto” mucho antes que Goethe escribiera el suyo.
No pocos críticos literarios afirman que el de Goethe es prácticamente una transcripción del escrito por el primero.
Pero ocurre que el librero Johann Spies había publicado, de un escritor anónimo, en 1587 una narración inspirada en la vida de un nigromante condenado por el propio Lutero. Su nombre real era Johann Faust que se graduó en la Universidad de Heidelberg en 1509 y estudió ciencias naturales en Polonia. Poco después se hizo astrólogo ambulante y nigromante. En 1520 era astrólogo de la corte de Jorge III. Fausto se anunció luego como "astrólogo de la corte del príncipe episcopal". Ocho años después, ya conocido como Jörg Faustus el Adivino, fue expulsado de Ingolstadt.
Durante un tiempo fue profesor de un internado para muchachos en Nuremberg, pero en 1532 se le exilió de la ciudad por corromper la moral de los estudiantes.
Christopher Marlowe escribió su obra de teatro en 1589. En el siglo XIX, Goethe -que alabó la adaptación de Marlowe- ofreció la pieza dramática más aclamada de la literatura alemana; y en 1947 Thomas Mann la convirtió en una novela.

¿Quién plagio a quién: Goethe a Marlowe, Marlowe al anónimo?
Probablemente ninguno. Uno partió, eso si, de otro. También lo hacia Shakespeare (cualquiera que haya sido). Todas sus obras fueron adaptaciones o inspiraciones de historias y relatos que encontró en su camino.
Pero ya se sabe que en el arte y la literatura “el plagio sólo está permitido cuando va acompañado de asesinato.
Las obras que aquí hemos citado, adaptadas o inspiradas en otras, han sido indudablemente superiores a la original.

Finalizando.
No estamos seguros de que algún día podamos obtener la verdad absoluta en los diferentes temas que hemos tratado en este artículo. No. Más aún; dudamos que algún día se acepte esa verdad como absoluta. Las posiciones y argumentaciones están demasiado radicalizadas.
De todos estos casos el que más hemos estudiado es el de William Shakespeare. Sobre él damos nuestro testimonio: No creemos, francamente, que Shakespeare fuera quien escribiera esas geniales obras. Me inclino por De Vere, o por otro que no he citado aquí: el dramaturgo Ben Johnson.
Pero no se asombren que un día se descubra que fue Hermes Trimegisto el verdadero autor de las piezas. O el misterioso Conde de Saint Germain, encarnado para la época.
La teoría mística también tiene notables y entusiastas sustentadores en el caso que nos ocupa.
En historias tan misteriosas como estas nada es desacartable. Aquí mismo tenemos el caso de la novela que supuestamente escribiera...

Ay no. Mejor dejo caer el... ¡Telón!


G.C.



lunes, 17 de agosto de 2009

El Nacimiento de la tragedia

Nota: En un blog titulado Nietzsche en Castellano, creado por Horacio Potel, hemos encontrado esta magnífica reflexión que nos apresuramos a compartir con ustedes.
Pasión Cultural.

Mucho habremos ganado para la ciencia estética cuando hayamos llegado no sólo al discernimiento lógico, sino a la seguridad inmediata de la intuición de que el desarrollo continuado del arte está ligado a la duplicidad de lo apolíneo y lo dionisíaco: de forma similar a como la generación depende de la dualidad de sexos, en lucha permanente y en reconciliación que sólo se produce periódicamente. Esos nombres los tomamos en préstamo a los griegos, los cuales a quien discierne le hacen perceptibles las profundas doctrinas secretas de su intuición del arte no, ciertamente, con conceptos, sino con las figuras penetrantemente claras del mundo y sus dioses. Con sus dos divinidades del arte, Apolo y Dioniso, se enlaza nuestro conocimiento de que en el mundo griego subiste una antítesis monstruosa, en origen y metas, entre el arte del escultor, el arte apolíneo y el arte no-escultórico de la música, que es el arte de Dioniso: ambas pulsiones tan diferentes van en compañía, las más de las veces en abierta discordancia entre ellas y excitándose mutuamente para tener partos siempre nuevos y cada vez más vigorosos, con el fin de que en ellos se perpetúe la lucha de aquella antítesis, sobre la cual la común palabra tiende un puente sólo en apariencia; hasta que finalmente, aparecen, gracias a un milagroso acto metafísico de la voluntad helénica apareados entre sí, y en ese apareamiento engendran por último la obra de arte de la artetragedia ática, que es dionisíaca en la misma medida que apolínea.













Para poner a nuestro alcance esas dos pulsiones imaginémoslas, primero, como los mundos artísticos separados de los sueños y de la embriaguez; entre cuyos fenómenos fisiológicos se puede notar una antítesis que se corresponde con la existente entre lo apolíneo y lo dionisíaco. En los sueños se presentaron por vez primera, según la versión de Lucrecio, las magnificas figuras de los dioses ante las almas de los hombres, en los sueños veía el gran escultor la fascinante construcción de los cuerpos de seres sobrehumanos, y el poeta helénico, interrogado acerca de los secretos de la procreación poética, también habría hecho alusión a los sueños y habría dado una instrucción similar a la que da Hans Sachs en Los maestros cantores:
Amigo mío, ésta es justamente la obra del poeta, observar e interpretar sus sueño.

Creedme, la ilusión más verdadera del hombre se le ofrece en los sueños; Todo arte poético y toda poesía no es sino interpretación de sueños verdaderos. La bella apariencia de los mundos oníricos, en cuya producción todo hombre es artista completo, es el presupuesto de todo arte figurativo e incluso, como veremos, de una mitad importante de la poesía. Nosotros gozamos en la comprensión inmediata de la figura, todas las formas nos hablan, no hay nada indiferente ni innecesario. En la vida culminante de esta realidad onírica aún tenemos, sin embargo, la sensación traslúcida de su apariencia: ésta es al menos, mí experiencia, en defensa de su frecuencia, sí, de su normalidad, podría aportar muchos testimonios y las máximas de los poetas.

El hombre filosófico tiene hasta el presentimiento de que también debajo de esta realidad en la que vivimos y somos está oculta una segunda realidad completamente diferente, esto es, que la primera también es una apariencia; y al don que permite que los seres humanos y todas las cosas se presenten en determinadas ocasiones como meros fantasmas o imágenes oníricas, Schopenhauer lo califica claramente como la señal distintiva de la aptitud filosófica.

El filósofo se relaciona con la realidad de la existencia de la misma manera que el ser humano sensible al arte se comporta con la realidad de los sueños; la contempla a conciencia y a gusto; pues desde esas imágenes él se interpreta la vida, en esos sucesos se ejercita para la vida. No son sólo precisamente las imágenes agradables y amistosas las que experimenta en sí mismo con comprensión total: también lo serio, turbio, triste y tenebroso, los impedimentos repentinos, las bromas al azar, las esperas llenas de desasosiego, en una palabra, toda la divina comedia de la vida, con su Inferno, desfila ante él, no sólo como un juego de sombras -puesto que en esas escenas él también vive y comparte los sufrimientos-, y sin embargo, tampoco sin aquella sensación fugaz de apariencia; y tal vez recuerden varios, como yo, que a veces, en los peligros y terrores de los sueño, se han gritado, animándose a sí mismo, y con éxito: ¡Es un sueño! ¡Quiero seguir soñándolo!

Así me lo han contado también de personas que estuvieron en condiciones de continuar durante tres y más noches seguidas la causalidad de uno y el mismo sueño: hechos que dan claramente testimonio de que nuestra esencia más intima, el substrato común de todos nosotros, vive en si la experiencia de los sueños con profundo placer y con alegre necesidad. Esta alegre necesidad de la experiencia onírica también la expresaron los griegos en su Apolo: Apolo en tanto que dios de todas las fuerzas figurativas, es a la vez el dios vaticinador. Él, que según su etimología es el resplandeciente [Schinende], la divinidad de la luz, domina también la bella apariencia [Schein] del mundo interno de la fantasía. La verdad superior, la perfección de estos estados en contraposición con la parcialmente comprensible realidad diurna, así como la profunda conciencia de que en el dormir y el soñar la naturaleza cura y ayuda, todo ello es, a la vez, el analogon simbólico de la capacidad vaticinadora y de las artes en general, gracias a las cuales la vida se hace posible y digna de ser vivida. Pero aquella delicada línea que a la imagen onírica no le es lícito sobrepasar para no producir efectos patológicos, pues de lo contrario, la apariencia nos engañaría como si fuese grosera realidad - tampoco es lícito que falte en la imagen de Apolo: la mesurada limitación, el estar libre de las agitaciones más salvaje, el sabio sosiego del dios escultor. Su ojo, de acuerdo con su origen, ha de ser solar; aun cuando esté enojado y mire de mal humor, la solemnidad de la bella apariencia le recubre. Y de este modo podría ser válido para Apolo, en un sentido excéntrico, aquello que Shopenhauer dice del hombre cogido por el velo de Maya. El mundo como voluntad y representación, “Como en el mar embravecido, que ilimitado por doquier, entre aullidos hace que montañas de olas asciendan y se hundan, un navegante está en una barca confiando en la débil embarcación; así está en medio de un mundo de tormentas, tranquilo el hombre individual, sostenido y confiando en el pricipium individuationis”.

Incluso habría que decir de Apolo que él han alcanzado su más sublime expresión la confianza imperturbable en el principium y el tranquilo estar ahí de todo el que se encuentre cogido en él, e incluso se podría designar a Apolo como la magnifica imagen divina del pricipium individuationis, con cuyos gestos y miradas nos hablarían todo el placer y toda la sabiduría de la apariencia, en compañía de su belleza. En el mismo pasaje Schopenhauer nos ha descrito el horrible espanto que conmociona al hombre cuando, de repente, en las formas de conocimiento del fenómeno ya no sabe a qué atenerse mientras el principio de razón parece que sufre, en una cualquiera de sus configuraciones, una excepción. Si a este espanto le añadimos el éxtasis lleno de delicias que, en la misma ruptura del principium individuationis se eleva desde el fondo más íntimo del hombre y de la misma naturaleza, entonces tendremos una visión de la esencia de lo dionisíaco, a la cual la analogía de la embriaguez es la que nos la pone más a nuestro alcance.

Aquellas agitaciones dionisíacas, en cuya intensificación lo subjetivo desaparece hasta el auto-olvido completo, se despiertan bien por el influjo de la bebida narcótica, de la que hablan en himnos todos los hombres y pueblos originarios, o bien en la poderosa inminencia de la primavera, que con placer se infiltra por toda la naturaleza. También en la Edad Media alemana, y hallándose bajo esa misma violencia dionisíaca, multitudes cada vez mayores iban dando vueltas de un sitio a otro, cantando y bailando: en estos danzante de San Juan y de San Vito reconocemos nosotros los coros báquicos de los griegos, con su prehistoria en Asia Menor, remontándose hasta Babilonia y los orgiásticos saceos. Hay hombres que, por falta de experiencia o por estupidez, se apartan de tales fenómenos como de enfermedades del pueblo, ridiculizándolos o lamentándolos desde el sentimiento de su propia salud: los pobres no sospechan, desde luego, qué cadavérico y fantasmagórico es el aspecto que tiene precisamente esa salud suya cuando pasa junto a ellos en plena efervescencia la vida ardiente de los entusiastas dionisíacos. Bajo la magia de lo dionisiaco no sólo se remueva la alianza entre los humanos: también la naturaleza alienada, hostil o subyugada celebra de nuevo su fiesta de reconciliación con su hijo perdido, el hombre. De manera voluntaria ofrece la tierra sus dones y pacíficamente se acercan las fieras de las rocas y del desierto.

El carro de Dionisos está cubierto de flores y guirnaldas: bajo su yugo la pantera y el tigre caminan paso a paso. Transfórmese el “Canto a la Alegría” de Beethoven en una pintura y no se quede nadie atrás con su imaginación cuando millones se postran en el polvo llenos de escalofríos: de esta manera podremos acercarnos a lo dionisíaco.

Ahora el esclavo es hombre libre, ahora se rompen, todas las rígidas, hostiles delimitaciones que la necesidad, la arbitrariedad o la moda atrevida han establecido entre los hombres. Ahora, en el evangelio de la armonía de los mundos, cada cual se siente no sólo unido, reconciliado, fundido con su prójimo, sino hecho uno con él, como si el velo de Maya estuviera roto y tan sólo revolotease en jirones ante lo misterioso Uno-primordial. Cantado y bailando se exterioriza el hombre como miembro de una comunidad superior: ha desaprendido a andar y a hablar y está en camino de alzar el vuelo por los aires bailando. En sus gestos habla la transformación mágica.

Así como ahora los animales hablan y la tierra da leche y miel, así también en él resuena algo sobrenatural: se siente dios, él mismo ahora anda tan extático y erguido como veía en sueños que andaban los dioses. El hombre ya no es artista, se ha convertido en su obra de arte: la violencia artística de la naturaleza entera se revela aquí bajo los escalofríos de la embriaguez para la suma satisfacción deliciosa de lo Uno-primordial. La arcilla más noble, el mármol más preciado son aquí amasado y tallados, el ser humano, y a los golpes de cincel del artista dionisíaco de los mundos resuena la llamada de los misterios elusinos: “¿Caéis postrados, millones?, ¿presientes tú al creador?”