lunes, 12 de julio de 2010

Mis carteles de Cine

Nota: El pasado fin de semana llevé a escena (a casa llena), bajo la producción de Rafael Ovalles y con las actuciones de Giamilka Román y Edilí, la pieza del brasileño Domingo de Oliveira "Ahora o Nunca". Es lo que llamamos una obra por encargo; aunque siempre me tomo el trabajo teatral muy en serio. Seguimos con la obra este fin de semana.


Empero, volviendo al tipo de trabajo acostumbrado, en octubre llevaré a escena la pieza "Obsesión en el 507", con Yorlla Castillo, Fiora Cruz y Mario Lebrón. La peligrosa obsesión de los personajes de la obra es con el cine. Escribirla me obligó a investigar profundamente el cine mundial por más de un año. En esas investigaciones encontré una página ("Mis carteles de cine"; propiedad del barcelonés Xavi) donde se publican carteles y fotos de grandes y buenas películas (¡Unas veinte mil!). Les estaré "regalando" muchos de los carteles de Xavi. Empezaré por las películas ganadoras de Oscar. Específicamente hoy publicaré, en rigurosa cronología, las comprendidas entre los años 1928 y 1953 (para nosotros la vida cultural del planeta se divide en antes y después del 53. Nací ese año). Los demás carteles los iremos publicando en futuras entregas. Disfruten estas entrega (Sobre todo los cine-obsesivos Cuchy Elías. Víctor Pinales, Rafael Villalona, Fiora Cruz, Micky Montilla, Carlos Castro, Tony Raful y Félix Germán). Añoren y coleccionen los carteles.  Recuerden que para ver los carteles en tamaño grande solamente tienen que pinchar sobre ellos.

¡Acción!

 

sábado, 10 de julio de 2010

Entrevista a Eduardo Pavlovsky



Nota: El buen amigo Carlos Castro, justificando el alto sueldo que le pagamos en La Pasión Cultural (lapasioncultural.blogspot.com) como recolector de informaciones, articulista, consultor, espía cultural y canchanchán nos ha enviado una entrevista espectacular, realizada por Diego Manso, al siquiatra, director, actor y dramaturgo argentino Eduardo "Tato" Pavlovsky que nos apresuramos en publicar. Luego de la entrevista, como ñapa, Carlos también envía un reportaje, de Jorge Dubatti, sobre este gran intetelectual y artista. Creo que la vida cultural de este influyente hombre de teatro es una lección para todos. Como siempre casi todas las imágenes gráficas son aportes de La Pasión Cultural. Autorizamos a los Pasionarios a leer esta entrega en dos lecturas. Y si los dueños autorizan...

"No soy tan underground"

A medio siglo del estreno de su primera obra, "La espera trágica", y ante la edición de tres piezas perdidas de su extensa producción, el siquiatra, actor y dramaturgo, de una importancia para la escena occidental comparable a la de Harold Pinter, reconoce que, a los 76 años, sólo lo
motiva la memoria secreta del cuerpo.

Por: Diego Manso

SABIDURIA “Hay dos cosas que descubrí del teatro: una, que nunca le doy pelota a lo que escribo; la otra es que en el proceso creativo me dejo ir”, dice Pavlovsky.

El día anterior a esta entrevista, Tato tuvo un accidente doméstico: se cayó y quedó con un dolor persistente en las costillas; se asombra de la memoria del cuerpo: dice que si no hubiese sido deportista (fue campeón sudamericano de natación a los 14 años y en el parque de su casa hay una pileta donde todavía practica) hubiese caído de otra forma y el golpe habría sido más duro. Sospecha que tal vez se haya fisurado, fractura no, porque el dolor no le resulta para nada sordo, y lo único que anhela esta tarde es que le envuelvan el torso en una venda. Más allá de esta minucia hogareña, a sus 76 años, y tal vez por gracia de ese entrenamiento físico, Tato sigue siendo un prodigio de teatralidad, según puede comprobarse por estos días en la reposición de su obra Potestad, porque ya lo ha dicho alguna vez: para él, su rol de actor es mucho más gozoso que el de autor, aunque sea este último el que un comité de amigos (entre los que se cuentan a Norman Briski, Rodolfo Livingston, Ricardo Bartís, Daniel Veronese y Osvaldo Bayer) ha celebrado durante los últimos días, nada menos que medio siglo desde el estreno de su primera pieza dramática, La espera trágica. Al mismo tiempo, otro acontecimiento: la edición de tres obras de la década del sesenta que estaban perdidas, Camellos sin anteojos (1963), Hombres, imágenes y muñecos (1964) y Circus-loquio (1965, en colaboración con Elena Antonietto).

¿Cómo ha sido la celebración de estos cincuenta años a partir de "La espera trágica"?
  
Lindo, lindo. Yo he hecho un teatro muy particular siempre. No soy tan underground ni soy un actor profesional de la calle Corrientes. Soy alguien que ha defendido una ética ideológica... Como yo era analista, la gente me miraba y quedaba como un loco. Porque ahora en cualquier grupo de teatro hay psicólogos...

  
Pero antes no.

¡Nadie! Te creían un loco de la guerra. Yo conocí un pediatra, al principio, que un día, haciéndole un estudio a mi hija me dice: "¿Qué es usted de Pavlovsky el que hace teatro por ahí?" "Soy yo", le dije. Y él: "¡Doctor, por favor, lléveme. Le hago cualquier cosa, desde chico he querido estar adentro de un teatro..." Y era Julio Tahier, un pediatra muy importante con quien fundamos el teatro Yenesí, que al principio tenía una estructura médica. Te diría: eran médicos que hacían teatro.

¿Dónde funcionaba eso?

No funcionaba en ningún lugar, alquilábamos cualquier sitio para ir a hacer teatro. Y vino mucha gente, entre ella Julita Von Grolman, que empezó conmigo... Empezamos a hacer un teatro que contemplaba la influencia francesa, de Samuel Beckett, de Ionesco, de Adamov, de Pinter en Inglaterra, que era lo que se llamaba en aquella época "teatro de vanguardia".

¿Qué era aquella época?

El 60 o 61. Ahí yo estrené obras de Pinter. Muy mal, pero las estrené.

¿Por qué muy mal?
Porque estaban mal hechas, nomás. Pinter es muy difícil, te parece que es fácil, pero... Pero también hacíamos cosas bien hechas, entre ellas algunas obras de la Gambaro, alguna obra mía, alguna de Beckett, mezclábamos un repertorio interesante. Te diría que en Buenos Aires, los únicos que hacíamos ese tipo de teatro éramos sólo la Gambaro y yo, ella en el Di Tella y yo en el Yenesí. Después, poco a poco se fue fortificando la cosa.


  
¿Y cuáles eran las obras tuyas de ese momento?

¿Tuyas?

Tuyas.

¿Mías? (Piensa) La espera trágica, que fue motivo de este homenaje, Robot, Somos, Imágenes, sombras y muñecos (sic)... Incluso, obras que estaban perdidas y que hace dos meses un editor me dijo que las había encontrado. Aparecieron en Argentores, que siempre me dijeron que no las tenían. Un día un tipo metió así una mano y sacó tres obras.

¿Ni vos las tenías?

Ni yo. Si uno supiera que lo que está escribiendo va a tener la más mínima trascendencia... Pero escribís así, así (hace el gesto) y después las perdés. Había una obra mía que se llama Josesito Kruschen, que era de un dentista que, en realidad, era un torturador. Pero vos nunca veías que era un torturador...

¿Similar a "Decir sí" de Gambaro, que era con un peluquero? ¿Te acordás de esa?

Sí, pero esa es posterior a la mía. Es que yo tengo un problema y es que soy médico y que vengo de la medicina pura. Pero después no me gustó la medicina y empecé a pensar qué hacer. Descubrí, recordé un análisis mío a los 14 años, por una neurosis de abandono de mi novia...

¿Cómo fue eso?

Mi novia, que después fue mi mujer –mirá vos qué gracioso–, me abandonó y yo sentí que el mundo caía...

Es que sos muy dostoievskiano para sufrir...
 Es que soy muy ruso para el amor. Me llevaron a lo de Arnaldo Rascovsky, que me curó el asma a mí, e hice una muy buena terapia con su mujer, que me ayudó mucho. Bueno, me ayudaron muchas cosas porque simultáneamente a la psicoterapia, como apoyo necesario para poder poner palabras a ese horror desgarrador del abandono, que yo lo sentía como si tuviera 25 o 40 años, me ayudó mucho el deporte, los viajes, las chicas: un día me sacaron de un mundo más burgués y se me pasó el gran dolor del amor por conocer a otras chicas.

Me decías que cuando te cansaste de la medicina, recordaste ese análisis del pasado...

Descubrí que eso me había hecho muy bien, había leído algo de Freud... Me empezó a interesar, pero nunca del todo... Entonces decidí hacer la carrera psicoanalítica, que era el camino más dogmático (se ríe). Yo iba muy alto en la carrera, pero no me interesaba el psicoanálisis individual, me daba cuenta cuando lo estaba haciendo, aunque económicamente estaba muy bien...

¿Y por qué no te interesaba?

Me parecía que eran muchos años para una persona que tenía problemas... Me aburría la conceptual no social, el quedar atrapado en la problemática burguesa del hombre. Hasta que, milagrosamente, un día, un colombiano, un doctor Rojas Bermúdez, me dijo que me veía cara de aburrido, no solamente aburrido, angustiado... Y me dijo que "por qué no venís a hacer niños en el hospital". El era jefe de servicio en el Hospital de Niños. Y fui y empecé a hacer grupos. Pero no había grupos de niños en el 58, 59.

¿Pero era incipiente en esa época?

Incipiente no. Por ahí la Negra Aberastury fue la figura preponderante, pero lo que a mí me entusiasmó de entrada y me cambió la vida hasta ahora es el grupo. Como terapeuta de grupo se me abrió la cabeza, pero no porque el psicoanálisis no sirviera, sino porque empecé a interesarme mucho por los fenómenos inherentes no sólo a la repetición, en los chicos, de viejos traumas, sino por los fenómenos de la alta creatividad. Si un chico fóbico estaba contra la pared asustado y, de pronto, a los dos meses, vos lo veías jugando y proponiendo, es algo. ¡Ahí había una potencia que yo desconocía! Me di cuenta de la potencia de la imaginación, no de lo imaginario en el sentido psicoanalítico, sino de la capacidad de imaginación que se puede tener y lo terapeutico que es el desarrollo potencial de un niño jugando con otros compañeros sin encontrarle un significado patológico.

Y ese fue tu gran descubrimiento de esa época tuya...

Sí, claro. Psicodrama era muy marginal, porque Moreno, que fue el creador, fue un hombre muy marginal, sumamente culto, pero que chocaba contra el establishment. Ahora, esto de la creatividad en psicodrama no era un fenómeno que yo había descubierto asilado, lo descubrí también en un grupo, que éramos Rojas, María Rosa Glasserman, Moccio, Carlos Martínez... Fue lindo, aun sabiendo que no teníamos interlocutores.

O sea que lo del teatro fue paralelo a todo este proceso...

Muy paralelo. Pero yo no te puedo decir qué motivó qué, porque no lo sé.
Digamos, entonces, que fue un momento de tu vida absolutamente bullente.
Teníamos un pequeño elenco de teatro, íbamos tres veces por semana a lo de Pedro Asquini, con Alejandra Boero, que era el Nuevo Teatro. Estaban Conrado Ramonet, Héctor Alterio, Enrique Pinti, Víctor Laplace. Pero nosotros éramos aparte, éramos como los universitarios burgueses. Pero ellos nos empezaron a respetar y a mirar de otra manera cuando vieron que había talento, ordenamiento y rigurosidad...

Y que producían...

Claro, claro. Si bien no coincidíamos en los autores... Había mucho prejuicio, pero cuando nos conocimos nos dimos cuenta de que pensábamos las mismas cosas de la construcción del mundo. Pero entiendo que tuvieran un preconcepto del psicoanálisis, porque aún hasta hoy, es muy omnipotente en sus interpretaciones del mundo: una guerra era el filicidio, instinto de destrucción del hombre y todo eso; se alejaba muy fácilmente de lo social por las patologías individuales. Eso yo lo viví en el mismo período, porque llegué a miembro titular en la Asociación Psicoanalítica Argentina y, al mismo tiempo, mi teatro había comenzado como vanguardia... Igual también metíamos clásicos...

¿Qué clásicos?

Chéjov, Pirandello... Obras de un acto, en general. Pero mi teatro fue cambiando cuando empecé a entender más lo social, en función de las cosas que pasaban en Latinoamérica, en el mundo, que también tocaban al psicoanálisis por ser una terapia de elite.

¿Qué es eso?

¡Que si no tenías plata no te podías analizar!

¿Cuál fue el punto de inflexión que te hizo descubrir lo social y la realidad latinoamericana?

Pasó la Revolución Cubana, los grandes movimientos estudiantiles como el francés. Y después, ciertos fenómenos de acá me dieron una movida importante, como el Cordobazo, del que no se habla nunca, pero que fue brutal...

Resumiendo: hay una primera zona de tu teatro influenciada por las vanguardias europeas hasta el descubrimiento de la realidad política...
Exacto. De la realidad política pero también del continente donde estamos incluidos y de los episodios políticos sociales que iban ocurriendo en el mundo donde un sector de los universitarios se sintieron afectados por la sensibilidad... Entonces empecé a leer y me fui de muchas cosas. Empecé a concebir el mundo de otra manera. Primero fui candidato a diputado del PCT, dirigido por Juan Carlos Coral, que no era tan trotskista...

¿Cómo no era tan trotskista si era PCT?

Es que yo nunca lo viví a Coral como muy trotkista. Era amigo, me acerqué y le dije que quería colaborar, pero no era fácil. Ellos también eran muy dogmáticos y yo era un psicoanalista que un poco tenía que ponerme overol para ser fiel a las ideas. Se ve que nunca vieron el cadáver de Lenin...

¿En qué momento te descubrís como escritor?

Es muy raro, eso. Te digo el momento, porque lo tengo visualmente: yo escribía bien y estaba con mis hijos, que eran tres, un domingo, y empecé a hacer una cosa así (hace el gesto de escribir) y salió una obra, que justamente es La espera trágica y lo llamé a Tahier y le dije "¿se anima a dirigir esto?" Entonces hicimos un espectáculo, en un lugar que alquilábamos los lunes... Ahí hay una tríada que continua con La mueca, que es mi primera obra más política y después viene Jaime Kogan y me dice "qué te parece si investigamos la tortura". Nos pusimos a investigar al torturador, leímos y empezamos a ensayar El señor Galíndez. Yo escribía y él me corregía.

¿Y qué leías mientras investigabas?

La bibliografía de la época, Franz Fanon, esas cosas..., la psicología de las Panteras Negras. Después lo fui asentando... Lo que nos dimos cuenta con Kogan, y que para mí fue clave, es que al torturador no lo podés buscar como patología sadomasoquista, porque perdés. Aprendimos a pensar cómo es la cabeza del torturador, cuál es su lógica de afecciones, cómo se mueve en el mundo. Y descubrimos que es de una ambigüedad increíble. Y descubrimos qué es lo común que tiene el torturador con nosotros.

Todo esto pasa apenas unos años antes de la última dictadura, ¿verdad? 
Antes, antes. Hay dos cosas que yo descubrí del teatro: una es que yo nunca le doy pelota a lo que escribo y la otra es que en el proceso creativo me dejo ir... Lo que sucede es que el inconsciente es social e histórico. Nunca pensé mucho, porque si pensás mucho lo que vas a escribir te podés quedar esclavo de tu cabeza. La razón por la que sigo arriba de un escenario, a los 76 años, es el atractivo de no saber qué estoy escribiendo. Hay un momento en el que el personaje se me va de la mano, las réplicas, todo eso...

¿Y tampoco le das mucha bola a la estructura dramática?

Hay gente que sabe mucho y que estudia muy bien, como Kartun; yo no le hago caso de ninguna manera: para mí un personaje está acá y de repente viene un tipo que le habla... Nunca he seguido la línea, posiblemente la haya seguido hasta La mueca...

Son estructuras más bien inconscientes, no meditadas...

¡Para nada! Cuando yo me enteré de que recién en el 92 la KGB sacó los archivos y descubrió cómo es la muerte de Vsévolod Meyerhold, que lo mataron por oponerse al realismo socialista, yo empiezo a estudiar artículos en revistas inglesas, sobre todo un libro muy grande de la vida íntima de él... Tenía ahí la estructura, en esa vida, pero lo que hice fue acoplar información y después empecé a improvisar. ¿Te acordás del papa polaco, cómo se llamaba?

Wojtyla.

Empecé a hablar así, como si tuviera Parkinson... De pronto me di cuenta de que estaba imitando la fonética rusa... El cuerpo mío se fue yendo hacia Meyerhold...

¿Lees lo que se escribe sobre vos?

Sí, sí.

¿Pero con interés o no te pasa nada?
No me pasa tanto... Agarrar un artículo de Dubatti sobre una obra mía es muy complejo: es semiótica, lingüística. Me cuesta mucho seguir las palabras: es como si me dijeras "lee un poco a Lacan todos los días". La verdad, que yo soy muy grande para leer a Lacan.



Dramaturgo, actor y director:
Nieto del escritor Alejandro Pavlovsky, desarrolló una inmensa carrera dramatúrgica, comparable, por su importancia, con la de Samuel Beckett y Harold Pinter. Entre otras obras, ha escrito "La espera trágica", "La mueca", "Telarañas", "El señor Galíndez", "Potestad", "El cardenal", "Rojos globos rojos", "La muerte de Marguerite Duras", "Variaciones Meyerhold" y "Sólo brumas". Publicó su novela "Sentido contrario" en 1997. En cine, actuó en "Miss Mary", "El exilio de Gardel" y "La nube", las dos últimas, trabajos de Fernando Solanas. Es médico orientado al psicodrama.

Medio siglo de vanguardia

Un teatro de choque

Eduardo Pavlovsky ha aportado categorías teóricas que trascendieron la dramaturgia local y que hoy lo ubican entre los creadores más trascendentes del teatro mundial.

Por: Jorge Dubatti
Una escena de “Pablo”, puesta que Pavlovlsky estrenó hacia 1987.
A través de medio siglo y de la escritura de más de cuarenta obras dramáticas, Eduardo "Tato" Pavlovsky ha sostenido una trayectoria de permanente coherencia política e investigación teatral. Sorprende su capacidad de dar constante respuesta a los desafíos históricos, de tomar decisiones estéticas siempre renovadoras y productivas en cada encrucijada. 

Ligado en los sesenta a los grupos de "vanguardia" Yenesí y OCAM, junto a los directores Julio Tahier, Abel Sáenz Buhr, Oscar Barney Finn, Conrado Ramonet y Chilo Pugliese, estrena en los sesenta sus primeras piezas experimentales, en las que evidencia su admiración por Antonin Artaud, Eugene Ionesco y Samuel Beckett. Según fecha de escritura (no de estreno), constituyen la secuencia renovadora La espera trágica (1961), Somos (1961), Regresión (1961, texto perdido), Camellos sin anteojos (1963), Hombres, imágenes y muñecos (1963), Un acto rápido (1965), El Robot (1966), Alguien (1966, en colaboración con Juan Carlos Herme), La cacería (1967), Match / Ultimo match (1967, con J. C. Herme) y Circus-loquio (1969, escrita con Elena Antonietto). En su ensayo "Algunos conceptos sobre el teatro de vanguardia" (1967), Pavlovsky rechaza la fórmula "teatro del absurdo" y sostiene que lo que caracteriza la nueva expresión es la búsqueda de "una realidad total". Escribe Pavlovsky, a los 33 años: "Personalmente entiendo el teatro de vanguardia como un teatro primordialmente de búsqueda. Es un teatro que dice hacia y que intenta conectarnos con aspectos absolutamente reales de nuestra personalidad. Es el teatro de nuestros cotidianos estados de ánimo. Aquel que nos libera de los grandes discursos y mensajes, es el teatro de nuestras eternas preguntas incontestables, el teatro de nuestra soledad, el que nos hace hablar en el idioma de nosotros, con nosotros y no de nosotros, con los otros, porque carece de la palabra que adhiere ribetes de incomunicación para sumergirse en nuestras inmensidades". En plena etapa de desarrollo psicodramático, Pavlovsky jerarquiza el teatro como teatro: no piensa el teatro desde el psicodrama sino el psicodrama desde el teatro. Hacia fines de los sesenta, Pavlovsky comienza su actividad militante en la izquierda y su teatro evidencia una voluntad de politización socialista, dentro de los grandes discursos de representación (o macropolítica). Llamamos a esta poética "de choque" porque el teatro reduce su nivel metafórico, literaliza la referencialidad de los mundos poéticos y diseña en forma directa, explícita, una nítida cartografía de amigo, enemigo, aliados potenciales y neutrales. Lo acompañan en la nueva aventura los directores Oscar Ferrigno, Jaime Kogan y Alberto Ure. Según fechas de escritura, compone La mueca (1970, mención Premio Casa de las Américas), El señor Galíndez (1973), Telarañas (1976). El momento culminante de esta etapa lo constituye El señor Galíndez, donde desenmascara la subjetividad fascista de la derecha argentina y denuncia la tortura como institución. La puesta sufre un atentado en el Payró en 1974. Abre la serie temática de los personajes represores, fascistas y colaboradores de la dictadura, enfocados desde su ángulo interno de afecciones. La investigación en la "subjetividad del monstruo". El señor Galíndez es, además, el texto que le da a Pavlovsky consagración internacional. Este teatro macropolítico de choque se interrumpe cuando, en 1977, las autoridades de facto prohíben su obra Telarañas y en marzo de 1978 Pavlovsky debe exiliarse tras sufrir un intento de secuestro por un grupo paramilitar. Tato evoca ambos acontecimientos brutales en su libro La ética del cuerpo.

Exilio en Uruguay, Brasil y España (1978-1980) y desexilio marcan el pasaje de su teatro macropolítico a un lenguaje más metafórico y oblicuo, desde cuya concepción escribe Cerca (1979), Josecito Kurchan (1980, texto perdido), Cámara lenta (1980), Tercero incluido (1981) y El señor Laforgue (1982). Lo acompañan en los estrenos de la dramaturgia de esta nueva etapa, entre otros, los directores Julio Tahier, Laura Yusem y Agustín Alezzo. 

Las obras siguientes de Pavlovsky, estrenadas junto a Norman Briski y Laura Yusem, desarrollan su "estética de la multiplicidad": Potestad (1985), Pablo (1987), Voces/Paso de dos (1990). Pavlovsky multiplica el realismo con los aportes de la autonomía estética y el componente posdramático, las tensiones entre representación y pura performatividad. Define la "estética de la multiplicidad" en un artículo de 1993 como un teatro "no representacional", que se sostiene en una narrativa de intensidades, rítmica, de condensaciones emocionales, que se dispara fragmentariamente hacia múltiples direcciones, y que no mantiene la linealidad del relato tradicional. Pavlovsky lo llama también "teatro de estados", caracterizado por las tensiones entre ficción y no ficción, poesía y convivio, representación, presentación y puro acontecimiento corporal-territorial. Pavlovsky ya concibe el teatro deleuzianamente, pero mucho antes de leer a Deleuze. La experiencia de Potestad será fundamental para su conceptualización de la "dramaturgia del actor". La crisis internacional del socialismo marca el giro de Pavlovsky hacia la "micropolítica de la resistencia": escribe El Cardenal, La ley de la vida, Alguna vez, Trabajo rítmico (todos de 1991-1992), Rojos globos rojos (1994), El bocón (1996), Poroto (1996), Dirección contraria (teatro-novela breve, 1997), Textos balbuceantes (1999, obras cortas), La muerte de Marguerite Duras (2001), Pequeño detalle (2002), Volumnia/La Gran Marcha (2002-2003), Imperceptible (2003), Análisis en París (2003), Variaciones Meyerhold (2004-2005). Entre otros directores colaboran con Pavlovsky Rubens Correa, Javier Margulis, Norman Briski, Daniel Veronese, Eduardo Misch y Martín Pavlovsky. Afirma Tato que la micropolítica de la resistencia construye acontecimiento político por fuera de los grandes discursos de representación y que propone un nuevo "teatro del balbuceo y del aullido". "Tenemos que reinventarnos otra voz. Crear nuevos dispositivos que permitan recuperar nuestra potencia transformadora (...) Resistir es resingularizar hoy nuestra identidad cultural. Tenemos que animarnos a ser más utópicos que nunca, para recuperar nuestro devenir minoritario". 

La gran síntesis de esta etapa es el personaje de Cardenal, protagonista de Rojos globos rojos. En Variaciones Meyerhold, Pavlovsky vuelve a pensar la macropolítica e inicia su concepción del "teatro del borrador". A partir de la vida y la obra del director ruso Vsevolod Emilievich Meyerhold (1874-1940), creador de la biomecánica, otorga una nueva dirección al "teatro de estados", con mayor acento en la improvisación y en el teatro como acontecimiento con el espectador. Las últimas manifestaciones de esta producción de Pavlovsky incluyen Largo encuentro (2006) y Sólo brumas (2008).

Teatro de "vanguardia", teatro macropolítico de choque y metafórico, "teatro de estados" y dramaturgia del actor, "micropolítica de la resistencia", "teatro del borrador". A través de sucesivas concepciones, Pavlovsky no sólo ha aportado al teatro mundial grandes espectáculos teatrales, sino también categorías teóricas de incalculable productividad.

jueves, 8 de julio de 2010

Ahora o Nunca en el Caribe y El Hoy





 

Una obra más allá de lo profesional
Por José Nova   
8 de Jul 2010 12:00 AM
El éxito de una obra de teatro radica, generalmente, en la química que logran sus realizadores. Ahora o nunca, una versión libre sobre el texto “Confesiones de mujeres”, del brasileño Domingo de Oliveira, podría ser una sustentación de esa premisa.
Y es que las actrices que dan vida a esta historia, Edilí y Giamilka Román, están unidas más allá de lo profesional con el productor Rafael Ovalles y el director Giovanny Cruz.

Es por eso que, a primera vista, podríamos adelantar que hay química en este montaje que será estrenado en la Sala Ravelo del Teatro Nacional desde mañana viernes y hasta el domingo.

“El 50 por ciento del trabajo se resuelve si hay una buena actitud y disciplina, eso es lo principal…Hacer esta obra es muy complicado porque tocamos temas muy importantes que requieren un desdoblamiento de ellas dos absoluto”, manifestó Cruz, durante un encuentro con la prensa en la Sala de la Cultura del TN.

La pieza trata historias que las mujeres “ven, viven y cuentan” al llegar a los cuarenta años bajo una presión social que las obliga a tomar decisiones “ahora o nunca”.

El desglose de temas es excitante, envolviendo a la audiencia y llevándola a compartir e identificar situaciones y problemas comunes entre mujeres, sin dejar a un lado a los hombres provocadores en ellas de felicidad, amargura, amor, desamor, risa, incertidumbre, locuras, tristezas y rabias, entre otras grandes emociones”, dijo Ovalles al hablar de Ahora o nunca.

Cada una de las actrices tendrá a su cargo 10 personajes, con “situaciones de mujeres adultas, jóvenes y hasta de niñas”.

Según Cruz, “Giamilka y Edilí tienen frente a ellas, formidables, provocadores y encantadores retos actorales con esta obra teatral. Por eso trabajamos con rigor, exigencias y metodologías escénicas. Cada día intentamos vencer riesgosos niveles de dificultades. Proceso que solamente concluirá cuando definitivamente abramos el telón”.

Es la primera vez que las dos protagonistas de la pieza teatral se unen en una misma historia.

Conocía el trabajo de Edilí en escena porque la había visto, pero estar con ella como equipo ha sido bastante gratificante, porque aparte de que he descubierto a una mujer muy disciplinada en su trabajo y que se toma esto en serio, he conocido también a un gran ser humano”, dijo Giamilka.

Para Edilí, poder mantener su carrera, tanto en el teatro como en la música, ha sido de mucho sacrificio, según dice.  “Realmente el trabajo tanto en el área del canto como en el teatro se hace un poco difícil. No es que me guste una más que la otra, en las dos me siento muy cómoda. De hecho, me gusta dentro de lo que es el canto incluir esa parte de la actuación teatral.  Me ha servido para votar esa timidez”, aseguró la intérprete de canciones como “Pecado”, “Que te vaya bien” y “A punto”. Esta última es la que da título a su nuevo CD.

Ovalles quiere más apoyo para teatro
Rafael Ovalles dijo que es su primera obra que sube a escena sin patrocinio.






   




7 Julio 2010, 9:46 PM
El viernes inician  funciones de la comedia “Ahora o nunca”

El director. Giovanny Cruz resaltó el trabajo de Edilí y Giamilka

Escrito por: JORGE RAMOS C. ( j.ramos@hoy.com.do)

Comienzan mañana las presentaciones de la comedia “Ahora o nunca”, que protagonizan Edilí y Giamilka Román.

Con la dirección de Giovanny Cruz, la obra  tendrá como escenario la Sala Ravelo del Teatro Nacional el  viernes y el sábado a las 8:30 de la noche y el domingo a las 6:30 de la tarde.

Cruz expresó que desde los primeros ensayos antes del recién  Festival de Teatro, percibió la química que se da entre las dos actrices que por primera vez comparten en un montaje.

Es que el 50 por ciento del trabajo actoral se resuelve con disciplina, algo que a Edilí y a Giamilka les sobra, y de su calidad como actrices, ni se diga”, manifestó el actor, dramaturgo y director.

Agregó que ambas artistas de las tablas logran un espectacular desdoblamiento al interpretar cada una diez papeles femeninos en la obra.

Ellas tocan una serie de temas atrevidos y hasta sexuales que hay en la pieza, pero cargados de humor, humor del fino. Tiene muchos momentos  cómicos”, añadió. Giovanny Cruz informó que en el desarrollo de la trama se utilizan más de 20 canciones populares cantadas por  mujeres que les dicen cosas a los hombres.

Edilí.  La  cantante dijo que cuando no está cantando está actuando.

Giamilka.  En tanto la joven actriz precisó que trabajar con Edilí ha sido una experiencia muy gratificante. “Es una labor en equipo, aquí no hay competencia entre una y ot

Hace falta apoyo al teatro, sobre todo de las empresas privadas”, afirmó Ovalles.

Sin embargo, al parecer el patrocinio no será un inconveniente para que “Ahora o nunca” se presente este fin de semana. Y es que el reconocido periodista informó que ya están vendidas las boletas para la función del domingo.

La escenografía del montaje fue diseñada por el propio Giovanny Cruz, con realización de Carlos Ortega; mientras que el diseño de luces es de Lillyanna Díaz.

domingo, 4 de julio de 2010

Bertolt Brecht y el teatro...

 
Nota: Carlos Castro me acaba de hacer llegar un artículo sobre Bertolt Brecht al que le confiero un valor trascendental: Bertold Brecht y el teatro: según Peter Brook. Estamos hablando de la visión de un gran director y esteta teatral de nuestros tiempos sobre otro que ha sido una de las figuras más determinante en el teatro moderno.  (Imagino la amplía sonrisa del brechtiano Iván García) Confieso que estoy muy emocionado con este trabajo y me apresuro a publicarlo antes que ocurra... algo que lo impida. ¡Paranoía pura!


Bertolt Brecht (1889-1956) ha sido sin lugar a dudas, unos de los hombres más influyente, más radical y de mayor personalidad de nuestro tiempo. Brecht es la figura clave de esta época, y todo el quehacer teatral de hoy arranca en el algún punto de los enunciados y logros del dramaturgo alemán o vuelve a ellos. Recordemos, por ejemplo, la palabra que introdujo en nuestro vocabulario: alienación. Comenzó a trabajar en un tiempo en que la escena alemana estaba dominada por el naturalismo o por la embestida del teatro total, al modo de la ópera, cuya finalidad era apresar al espectador en sus propias emociones y hacer que se olvidará por completo de si mismo. Cualquier que fuese el tipo de vida que se presentase en el escenario, quedaba neutralizada por la pasividad que exigía al público.

Para Brecht un teatro necesario no podía perder de vista ni siquiera por un instante la sociedad a la que servía. No había una cuarta pared entre actores y público: el único objetivo del actor consistía en crear la respuesta precisa en un público por el que sentía respeto total. Y debido a ese respecto Brecht introdujo la idea de alienación, ya que esta es una invitación a hacer un alto: la alienación corta, interrumpe, levanta y expone algo a la luz, nos obliga a mirar de nuevo. Por encima de todo, la alienación es una llamada al espectador para que trabaje por si mismo, para que se haga cada vez más responsable de lo que ve, sólo si le convence en su calidad de adulto. Brecht rechaza la noción romántica de que en el teatro volvemos todos a ser niños.

El efecto de la alienación y el del happening son similares y opuestos: la sacudida que produce éste tiene como fin derribar las barreras levantadas por nuestra razón, mientras que el objetivo de aquella es transferir a la obra lo mejor de nuestra razón. La alienación trabaja de muchas maneras y con numerosos registros. Una acción escénica normal nos parece real si es convincente, apta para tomarla transitoriamente como verdad objetiva...

Brecht creía que, al hacer que el público aceptara la suma de elementos de una situación, el teatro cumplía el fin de llevar a los espectadores a un más justo entendimiento de la sociedad en que vivían y, como consecuencia, al aprendizaje de los medios adecuados para hacerla cambiar.

La alienación puede funcionar por antítesis: parodia, imitación, crítica, está abierta a toda la gama de la retórica. Es el método puramente teatral del intercambio dialéctico. La alienación es lenguaje que en la actualidad se nos presenta tan rico en posibilidades como el verso: el posible instrumento de un teatro dinámico en un mundo que cambia. Por medio de la alienación podríamos alcanzar algunas de las zonas que Shakespeare tocó valiéndose de los dinámicos recursos del idioma. La alienación puede ser muy simple, puede no ser más que una serie de trucos físicos.

La alienación tiene ilimitadas posibilidades. Constantemente apunta a pinchar los globos de la interpretación retórica: el contraste Chapliano entre sentimientos y calamidad es alienación. Sucede a menudo que el actor que se deja llevar por su papel se hace cada vez más exagerado, cada vez más vulgarmente emotivo y, sin embargo, consigue arrastrar al público. En este caso el dispositivo alienador nos despertará cuando una parte de nosotros desee rendirse por entero al tirón de las fibras de nuestro corazón. No obstante, resulta muy difícil interferir las reacciones del público... 

 Existe una interesante relación entre Brecht y Craig. Este quería una sombra bien caracterizada remplazara a un bosque pintado, únicamente porque reconocía que la información inútil absorbía nuestra atención a costa de algo más importante. Brecht adoptó este rigor y lo aplicó no sólo a la escenografía, sino también al trabajo del actor y a la actitud del público. Si cortaba la emoción superflua y el desarrollo de las características y sentimientos que se relacionaban sólo con el personaje, era porque comprendía que la claridad de su tema esta amenazada.

Los actores de los otros teatros alemanes de la época de Brecht, al igual que más de un actor inglés hoy día creían que su trabajo consistía en presentar a su personaje lo más completo posible, todo en una pieza. Eso significaba que el actor concentraba su capacidad observadora e imaginativa en la busca de detalles adicionales para su retrato, ya que, de la misma manera que el pintor de sociedad, deseaba que el resultado de su trabajo fuera lo más reconocible y parecido a la vida. Nadie le había dicho al actor que podía haber otro objetivo. Brecht introdujo la sencilla y devastadora idea de que completamente no significaba por necesidad semejante a la vida ni todo de una pieza. Señaló que cada actor ha de estar al servicio de la acción de la obra, pero que le resulta imposible saber a lo que sirve hasta que no entienda cuál es la verdadera acción de la pieza. Sólo cuando comprenda exactamente lo que se le pide, lo que debe realizar, captará de manera adecuada su papel...

Cuando el actor se vea en relación con la totalidad de la obra, no sólo se dará cuenta de que la excesiva caracterización se opone a menudo a las necesidades de la pieza, sino también que demasiadas características innecesarias trabajan en contra suya y hacen menos convincente su interpretación.

Lo que Brecht introdujo fue la idea del actor inteligente, capaz de juzgar el valor de su contribución. Había y sigue habiendo actores que se enorgullecen de no saber nada de política y que consideran al teatro como una torre de marfil. Para Brecht tales actores no son dignos de figurar en una compañía de adultos: el actor que vive en una comunidad que mantiene un teatro ha de estar tan comprometido en el mundo exterior como en su propio oficio.

Cuando la teoría se expresa en palabras se abre la puerta a la confusión. Las puestas en escena a lo Brecht, basada en los ensayos del autor alemán y que se realizan fuera del Berliner Ensemble, tienen la economía brechtiana pero raramente su riqueza de pensamiento y de emoción. Quedan como retraídas y secas. El más vivo de los teatros se hace mortal cuando desaparece su tosco vigor, y a Brecht lo destruyen los esclavos mortales.

Cuando Brecht habla de que los actores entiendan su propia función, no quiere decir que pueda lograrse todo por medio por medio del análisis y la discusión. El teatro no es un aula, y al director que tenga un concepto pedagógico de Brecht le será tan imposible animar las obras brechtianas como a un pedante las de Shakespeare. La calidad del trabajo realizado en cada ensayo deriva por entero de la creatividad del ambiente de trabajo, y la creatividad no surge con explicaciones. El lenguaje de los ensayos es como la misma vida: usa palabras, pero también silencios, estímulos, parodias, risa... 
Brecht reconocía todo esto y en sus últimos años sorprendió a sus colaboradores al afirmar que el teatro no ha de ser ingenuo...

sábado, 3 de julio de 2010

La trampa del cuento


 De unos años para acá en nuestro país teatral ocurre un fenómeno singular: la teatralización del cuento.

Hace unos quince años conversaba con el hoy difunto profesor Juan Bosch sobre un proyecto que tenía en carpeta. Deseaba adaptar algunos cuentos del gran escritor y político dominicano para presentarlos en Casa de Teatro. El evento se llamaría “La Noche del Cuento”. Entendía que muchos de los cuentos de Bosch podrían ser perfectamente escenificados, aunque para hacerlo era imprescindible que pasaran por la lupa y el escalpelo del dramaturgo.

El profesor Bosch, siempre celoso de su literatura, gustó de la idea, aunque solicitó que el escritor y crítico literario José Alcántara Almánzar trabajara conmigo en la selección de autores (¡) y cuentos. Algo que me sorprendió un poco, porque la idea era adaptar al teatro solamente cuentos de Juan Bosch.

No obstante, comencé a trabajar con Alcántara Almánzar en el proyecto y llegamos a hacer la selección planificada. Elegimos, también, la metodología de trabajo que seguiríamos. Sin embargo, nunca concluimos el proyecto de adaptación.

Llevar al escenario un cuento, siguiendo los parámetros puramente teatrales, es difícil. Hacerlo con varios de un autor es terrible. Empero, hacerlo de varios autores es casi imposible. Fin del proyecto.

La adaptación teatral del cuento, para muchos el primer género literario que existió, no es un asunto nuevo en el planeta. No podríamos olvidar las geniales adaptaciones realizadas a cuentos de Jean Cocteu, el niño prodigio parisino (algunas realizadas por él mismo) poeta, narrador, ensayista, dramaturgo, dibujante y guionista; las de James Joyce, las de Tolstoi; algunas que otra de Cortázar; entre muchos buenos escritores.

Pero las adaptaciones tienen que ser, precisamente, tales. La estructura y morfología del cuento es diferente a la que ocurre en la literatura teatral.

Cortázar hablaba, para ilustrar con el ejemplo, de la necesaria esfericidad en el cuento. Stanislavsky, en cambio, nos plantea la imprescindible Línea Ininterrumpida de la acción dramática.

En el cuento la brevedad es una condición inviolable. (En Francia se considera que una narración de más de veinte páginas es ya una novela.) En el teatro su compleja trama se extenderá tanto como se requiera para llegar al Objetivo, el cual procura a su vez determinar un Súper Objetivo.

Aunque en el cuento encontraremos pistas sobre el desenlace, se reserva el “desvelamiento” para el final, que según Cortázar, diferente a la novela que gana siempre por puntos, el cuento debe ganar por knockout; mientras que en el teatro al final se triunfa por asombro.

En el teatro es una condición no negociable que de cuando en vez aflore la Línea Interna del personaje y esta que procure, auxiliada por la atmósfera escénica, condicionar al espectador y prepararlo para un final que puede ser asesino o no, dramático o simpático, reflexivo o profundo, efectivo o simple; según lo que la trama de la pieza escenificada haya previsto en su devenir.

El mismo texto teatral es una adaptación (¿el texto es un pretexto?) que hace el director teatral y su elenco para llevarlo al escenario. Cuando el texto literario llega hasta los espectadores se convierte, entonces, en lo que llamamos texto dramático.

Este tendrá, indefectiblemente, personaje o personajes. Estos tendrán líneas (Internas y Externas) o propósitos particulares. Estos personajes realizarán acciones que tienen que estar dirigidas a alimentar la Línea General de la pieza. Mediante caracterizaciones físicas y sicológicas construiremos las personalidades de los hablantes. Lo aconsejable no es que ellos “cuenten” los sucesos. Deben “hacerlos” o representarlos.

Las acciones que realiza el personaje tienen que ocurrir en el tiempo real que determine el lenguaje escénico escogido y tendrán un gran nivel de coherencia. La vida de los personajes tienen antecedentes. En el teatro estos no se imponen, persuaden. Su real-imaginario es singular y limitado. La trama transitará entre hechos y sucesos importantes. Y el desenlace lo procuraremos como un recurso inevitable y aleccionador, una consecuencia de lo que hemos llevado al escenario. En todo esto lo emocional y escénicamente atmosférico, juega un papel estelar en la construcción de nuestra efímera obra de arte o vida teatral.

La estructura del cuento siempre será determinada por la narración, aunque los autores lo enriquezcan con ciertos diálogos. No hay manera de “vivir” en el cuento, aún en aquellos en los que se narra en primera persona. Contrario en el teatro donde la trama ocurre exactamente en el momento en que es presenciada por los espectadores produciéndose, entonces, emociones directas e inmediatas.

El cuento nos presenta los sucesos como ya acaecidos. Los hacedores de teatro tenemos que procurar, en un convencionalismo entre artistas y espectadores, que cada parlamento, cada gesto, cada emoción parezca que está siendo improvisado por los actores.

No pocos juzgan a la narración dentro de una pieza teatral como una prostitución de la misma. Particularmente pienso que ella es una falta de imaginación o ausencia de dramaturgia. En el teatro lo representado es sinónimo de vivido. Por eso cuando la trama parece partir de una historia acaecida, el personaje invocará los sucesos de tal manera que aunque se acepte su recreación, luzca que lo acaba de revivir a través del padecimiento y de la celebración ritual. Lo que explicaría la combinación ritualista y mítica de lo teatralizado.

Podríamos citar muchos más aspectos distintivos entre el cuento y el teatro, pero entendemos que para los fines propuestos estos nos bastan.

Partiendo, entonces, de estas premisas, hoy coaligamos que es complejo llevar el cuento hasta las tablas. Que se requiere de habilidades dramatúrgicas para hacerlo y conocimiento cabal de las literaturas concurrentes.

Visto los aspectos señalados si queremos escenificar cuentos escritos (creo que solamente se justifica cuando hay ausencia de dramaturgia ¿Es el caso?) debemos entender que las dos literaturas tienen códigos y propósitos diferentes. El destino socorrido del cuento casi siempre será la lectura en una habitación. El del teatro será, principalmente, la representación.

Aquí me interrumpiré para formular una ya impostergable pregunta: ¿Para evitarnos todo el ajetreo que esto implica acaso no sería mejor escribir una original pieza teatral?

¡Telón!