domingo, 9 de agosto de 2009

Rebelión y Suplicio de Antígonamota

Los apuntes marginales.
Por Giovanny Cruz

Con dos proyectos especiales he tenido deudas pendientes.
Siempre he querido escribir una obra conectada con los padres verdaderos de los dramaturgos occidentales: Esquilo, Sófocles y Eurípides.

También, con más fuerzas que las voces africanas que me llaman por las noches, nuestros antepasados taínos, desde hace unos años, me han estado convocando. Con ellos los artistas, poetas, novelistas y ensayistas tenemos citas pendientes.

Seguro que a todos los nacidos en estas tierras, aunque difusas, las figuras de Caonabo, Marién, Guarocuya, Hatuey, Tamayo, Anacaona, Higuenamota y otros taínos; se nos aparecen algunas veces exigiendo ser temas de nuestras producciones.
Ellos, que llegaron a estas tierras miles de años antes que los españoles. Ellos, que debieron sorprenderse cuando trajeron negros desde África para quitarles sus espacios.

Bueno, pues este hombre de teatro, fue citado en una ocasión a una reunión con todos ellos. Había miles de nitaínos, naborias y caciques.
Me reclamaron que ya había escrito una pieza ( “Amanda”.) para sus competidores africanos. Y que en muchas otras obras había incluído destacadas escenas de los mismos africanos.
–Son injustos conmigo- Quise argumentar. -Yo escribí “La muerte de Anacaona”-.
En esa pieza sentí que estaba ahí cuando la masacre de Jaragua.
Ellos dijeron que la pieza era buena, pero era una parte de un proyecto que era ajeno a sus intereses e intenciones.

Entonce admití que tenía, entre las cejas, los dos proyectos que he citado. Anacaona declaró ( y no fantaseo.) que no objetaban la mezcla de los dos. Dijo exactamente: “Hablando de poeta a dramaturgo te aconsejo, unificar los dos lenguajes. Los griegos eran en su idioma, nos hemos enterados, expertos en la palabra escrita. Nosotros éramos poetas profundos en la palabra articulada. Las bondades de nuestras tierras, nuestros dioses y creencias hicieron sencillas nuestras profundidades. No tuvimos que ser rebuscados para expresarnos. Yucahú propició en nosotros el amor y la bondad.”

El Ser Supremo de los antillanos no fue un enamoradizo don Juan, como Júpiter; ni un juez exigente y vengativo, como Jehová; ni un contumaz guerrero, como Odín. Creado por un pueblo que vivía en islas casi paradisíacas, sin reptiles venenosos ni bestias feroces, sin crudos inviernos ni agobiantes veranos, sin desiertos y sin páramos, en donde una naturaleza benigna ofrecía aves y peces en abundancia y fértiles tierras para la labranza, Yúcahu Bagua Maórocoti fue, como sus creadores, pacífico y bienhechor. Estrechamente vinculado a la ecología de las islas, sus funciones fueron las de generoso Ser Sustentador que rige las fuerzas genésicas de la tierra y el mar. Visto así, el mito tiene un significado preciso dentro del medio en que habitaba el taino y refleja su carácter y cosmovisión. Yúcahu Bagua Maórocoti, el Señor de los Tres Nombres, el Icono de las Tres Puntas, resume en sí los tres factores primordiales que felizmente se armonizan en ls tierra, mar y hombre.”
José Juan Arrom

Me sentí atrapado. No tenía más excusas. Además, la idea era cautivante. ¡Griegos y taínos! ¡Qué delicia! Hasta mi dilecto e hierático amigo Frank Moya Pons, estaría gratamente escandalizado… y provocado.

Comencé a trabajar. Volví a reunirme con los muertos cobrizos de estas tierras. Empero, los dramaturgos sabemos que la “verdad teatral” que dicen los personajes de ellos mismos y demás no es de confiar. Anacaona rebeló a “sus” verdades. Yo tenía que enfrentarme con las mías.
Convoqué, entonces, una “cumbre” de intelectuales en mi propia biblioteca. A ella asistieron Marcio Veloz Maggiolo, Román Castañer, Frank Moya Pons, Paul G. Miller, Emilio Nau, Esteban Deive, Michael Paewonsky, Ricardo Alegría, José Juan Arrom, Gaetano, Marvin W. Schwartz y Cristian Martínez.
Este último, haciéndose el tímido, con su “Tureiro” logró quedarse más tiempo que los otros en mis espacios.

Todos discutieron y luego comenzaron dictar. Yo copiaba simplemente. Después, sólo después, comencé a escribir esta obra que aunque parte de la “Antígona” de Sófocles, es un homenaje a quienes fueron los verdaderos dueños de estas tierras.

Convenientemente desacreditados como, supuestamente, carentes de ambiciones y proyectos.
A pesar de que, aunque eran parte de una organización social primitiva, hacían asambleas.
A pesar de que espiritualmente eran más puros que aquellos que vinieron a “educarlos”.
A pesar de que ya las mujeres podían ser cacicas.
A pesar de que conocían el fuego, la caza y la pesca a la perfección.
A pesar de que sus trigonolitos (escultura de tres puntas de sus dioses.) siguen asombrando a los más notables investigadores del planeta.
A pesar de que su idioma parecía ser el mejor lugar para la poesía.
A pesar la perfección de su agricultura.
A pesar de crear un juego que es el béisbol actual.
A pesar de sus areítos y de que misteriosamente, como consigna Pané, ellos declararon que su Gran Dios les había rebelado que llegarían unos hombres completamente vestidos que los harían pasar hambre y los matarían.

Lo que ocurre es que si no existieran los “pesares” su extinción no significaría nada… porque ellos hubiesen sido, entonces, un pueblo prescindible.

He escrito esta nueva obra, “Rebeldía y Suplicio de Antígonamota”, como agradecimiento a aquellos griegos y un tributo a nuestros reales antepasados. Porque exterminaron la carne, ciertamente; empero, la cultura como herencia es imborrable.

Concluyo esta nota con el último grito de Cristian Martínez en su gráfico Tureiro: “Así terminan las últimas proezas del pueblo noble. Así poblaron la isla, así vivieron. Hasta el terrible día de las antiguas profecías, cuando arijunas sangrientos interrumpirán el sagrado areyto de la tierra y el cielo, y ya nunca más se oirá pronunciar ¡Taíno!

NUESTRA SEÑORA DE LAS NUBES

Por Giamilka Román

Anoche fui testigo del encuentro entre Bruna y Oscar, dos personajes que frente a mis ojos coincidieron en un mismo espacio y tiempo. Se vieron, se estudiaron y cuando estuvieron a punto de huir el uno del otro, las palabras de Bruna lograron romper el hielo: “Me parece haber visto su cara en otra parte”, a lo que Oscar respondió: “Imposible, mi cara siempre anda conmigo”.

Sin embargo, no sólo su cara siempre anda con él, sino su maleta, misma que lleva ella, cargada de frustraciones, de sueños, de palabras, de recuerdos, de silencios; con la única diferencia que la de ella tiene alas. Maletas que, como cruces, les tocará cargar de por vida.

Dos exiliados, hartos de quedarse en silencio, deciden hablar y contarse -y contarme- sus historias y así van descubriendo -y voy descubriendo- que pertenecen -y pertenezco- al mismo país: "Nuestra Señora de las Nubes". Aunque ya no tengan acento, porque “el acento es algo que se pierde con facilidad".

Cuentos que, recreados a través de un encantador juego escénico, van envolviendo al espectador y hacen que se sienta parte de los mismos y sus protagonistas. Y así van presentándonos a Irma, su padre, Memé, su abuela, los hermanos Aguilera, el Director Sinfónico y Ángela. Y nos vamos confundiendo en un ambiente de pasado, presente, verdades a medias, ficción y recuerdos vagos que hacen que conozcamos a un pueblo con el que me identifico, un país en el que los que no quieren callar están obligados a huir para siempre.

Mientras el tiempo real transcurre, seguimos ahí, sentados, viendo expectantes cómo Claudio Rivera y Viena González a través de elementos sencillos -con la ayuda de apagones- van transformándose en cada uno de los personajes anteriormente citados. De esa manera, observamos a un Claudio orgánico, hilarante en muchas ocasiones, dramático en otras; y a una Viena entregada y concentrada en cada papel, quien lo acompaña en el mismo nivel de intensidad de representación; propia de dos profesionales. Si tuviera que señalar alguna pifia, sería que el texto (de Arístides Vargas), quizás debido a su belleza, tiende a ser declamado en algunas ocasiones.

Por lo demás, excelentes elementos se conjugan para seguir dándole forma a esta puesta en escena: luces, música y vestuario nos conducen a distintos lugares para los que no se necesita cambiar de escenografía. El director, el propio Claudio, logra hilvanarlos y conducirlos por el camino correcto para lograr su objetivo.

Me siento muy complacida de haber visto esta obra, a través de cuyas imágenes y palabras me trasladé flotando a un mundo lleno de fantasía pero que no deja de llamar a la reflexión y la denuncia social y política de nuestros pueblos.

¡Que viva el teatro dominicano!

La Dirección Teatral 4

Consejos y premisas
El análisis:
A aparte de la búsqueda de los hechos principales dentro de las obras, el descubrimiento de las condiciones dadas y la vida anterior a la obra de los personajes, el Director Teatral debe procurar que se obtenga:
1- Sinopsis de la obra.
2- Sinopsis de cada escena. Sus objetivos.

3- Respuestas a las cinco preguntas del personaje
: ¿Quién soy?/ ¿Por qué soy o estoy?/ Cuándo soy o estoy?/ ¿Dónde soy o estoy?/ ¿Cómo soy o estoy?

5- El Gesto social del personaje.
6- El Gesto fundamental.

Para que estos últimos tengan buenos resultados, y para que el actor visualice la idea gráfica que tiene de su personaje, siempre es conveniente que se dibuje en un papel la manera que ve el actor la gramática visual de sus personajes.
7- Las líneas del personaje (Externa e interna): Se trata descubrir todo lo que bulle en el interior de los personajes y lo que ellos aparentan ser.
8- Antecedentes históricos de los personajes.
9- Los hechos importantes.


Nota: Evítese el socorrido vicio de llegar a interpretar a los primeros ensayos. Estos son trabajos de estudio. Como no conocemos el perfil del personaje, si comenzamos a interpretarlo en esas circunstancias, lo viciamos.

Ensayos de pies:
Luego de dominar estos elementos del ensayo de mesa estamos listos para experimentar en el escenario. Siempre es recomendable empezar con acercamientos del elenco hacia sus personajes y las situaciones estudiadas.
Constantemente debemos ir relacionando los ensayos de pies con los elementos del estudio. La ubicación de los estilos, las escuelas teatrales, la construcción teórica de los personajes, las caracterizaciones, los gestos acordados, los nombres de las escenas acordados, etcétera; deben coincidir con lo proyectado en los ensayos. El Director debe vigilar que todo lo establecido se vaya cumpliendo. El ensayo es una sistematización y una experimentación.
Desde luego que crearemos en ellos, pero siempre partiendo de aquellas premisas que establecimos en los estudios iniciales y en los ensayos de mesa.

Disciplina y actitud en los ensayos:
Es imprescindible mantener una rígida disciplina teatral en el trabajo diario. Cuando un actor llega tarde a un ensayo, sin realizar sus tareas o con una actitud indigna del trabajo teatral debe ser despedido. Sus faltas nunca son individuales. Estas van a incidir directamente en todo el elenco.
Cuando un actor o una actriz ya está comprobando todos sus elementos y algún compañero del elenco aún está memorizando su parlamento, esté está creando obstáculos peligrosos a quienes han avanzados más en el trabajo.
Es un vicio execrable el que tienen ciertos actores de ir a inventar al ensayo. Las escenas, como tareas, se planifican en nuestras casas. Solamente vamos a exponerlas y comprobarlas en el ensayo.

El Director debe procurar que el actor se “desconecte” del mundo exterior durante las horas de ensayos. Su pensamiento, su energía, sus sentimientos, sus emociones y sus preocupaciones tienen que estar dentro de la escena. Para ello es necesario crear el ambiente adecuado para todos. Nada de beeper y celulares. Todo aquello que distraiga la concentración de la atención de los actores debe ser evitado en los ensayos y las presentaciones. De hacerlo veremos resultados catastróficos cuando abramos el telón.
Es el Director Teatral quien debe vigilar para que estas reglas se cumplan sin privilegio alguno. Y esto lo incluye a él.

En mis ensayos cuidamos que no se fume, porque muchos actores que no lo hacen sufren las consecuencias. No permitimos nunca bebidas alcohólicas, porque todos los sentidos de los actores deben esta al servicio de la obra. Hay que tener cuidado con los perfumes. Muchos actores y actrices son alérgicos a ellos. Cuidamos la garganta del actor.
Una lesión ahí o en cualquier otro órgano del cuerpo de un individuo teatral repercutirá en todo el conglomerado que interviene en la realización que se practica.
Pero él mismo Director debe dar el ejemplo. Nunca debe por su culpa atrasarse el inicio de un ensayo. Nunca debe permitir que el ensayo se convierta en un lugar de tertulias ajenas a la puesta en escena y evitar a toda costa enemistades entre miembros del elenco. Los actores y actrices tienen que confiar uno en el otro. La esencia del teatro lo convierte en un arte colectivo. Hasta en los monólogos el actor o la actriz trabaja con un grupo de personas a su alrededor.

Nota: Nunca, nunca, bajo ningún pretexto debe un actor ensayar de pies con el libreto en la mano. En esta fase de la creación teatral ya el texto tiene que estar memorizado. (Creo que me faltó decir: ¡Carajo!)

La presentación:
Siempre debe llegarse al teatro con varias horas de antelación para poder realizar los ejercicios de calentamiento o concentración que la puesta en escena requieran. Además, tenemos que hacer una cuidadosa transición entre la “contaminación social” que recibimos del mundo no-artista y el proceso de la invocación de las emociones.
Un paracaidista jamás permite que alguien prepare sus pertenencias antes de saltar. En esa preparación él arriesga la vida.
Un actor nunca debe permitir que alguien le prepare los elementos que usará en escena, debe revisar personalmente esos elementos. Quien saldrá a escena, finalmente, es ese actor o esa actriz. Nadie mejor que ellos saben exactamente lo que utilizan, cuando y cómo.
Los actores no se aislan de sus compañeros de obra. La interacción con los demás es imprescindible.

Nota: Estos apuntes y premisas no tienen la intención de convertirse en cátedras. Lo único que su autor pretende es presentar consideraciones generales sobre el trabajo del Director Escénico. En las próximas entregas les contaré sobre la historia del Director Teatral y revisaremos trabajos y conceptos de algunos de ellos.

viernes, 7 de agosto de 2009

La Dirección Teatral 3

Puntulizaciones sobre los estilos de las obras:

Todo Director Teatral profesional debe tener una adecuada preparación y una buena cultura general. Sin esas herramientas no puede trabajar. Tendrá que estudiar obras de diferentes estilos, los cuales no podrá identificar sin la cultura requerida. A vuelo de pájaro repasemos los estilos de piezas teatrales más conocidos:

Alla Nazimona ("Casa de muñecas"). Muchos piensan que es la mejor actriz que jamás ha existido.

El realismo: El parámetro a seguir lo marca Ibsen con sus obras sociales (“Casa de Muñecas”, “Espectro”,” etc.) Los personajes son más bien “imitadores de la naturaleza”. Actúan como se espera que lo hagan los seres humanos en sus cotidianidades.


El Naturalismo: Los expertos concideran que “Los bajos de fondos”, de Gorky es la obra que mejor caracteriza este estilo. Estas obras no poseen argumento principal, ningún relato relacionado, ni foco dramático particular. En una obra naturalista, casi se podría decir que cada hombre o mujer de la misma, tiene su propio argumento.

Impresionismo: Cuando el método dramático del naturalismo se aplica a obras que tratan temas de la llamada "clase alta", entonces se les da el nombre de 
impresionistas. Chejov es uno de sus mejores exponentes.

En ambos casos los personajes parecen envueltos en su particular drama. Sólo se nos permite vislumbrar un poco de cada uno a la vez, tomándolos en fragmentos sueltos. Al final se suman dichos fragmentos y se reúnen en el espíritu del espectador para formar un conjunto coherente.


De ese mismo estilo fragmentado, con intenciones más sombrías y mucho más alejadas de la realidad, desciende casi en línea recta del naturalismo, el Teatro del Absurdo. Adamov, Beckett, Arrabal, Ionesco y Jean Genet son sus mejores cultivadores.

El irrealismo o teatralismo: Su objetivo consiste en representar la experiencia bajo una forma abstracta o imaginativa. Como subdivisiones de este estilo se encuentran: la imaginación, el simbolismo, el expresionismo, el surrealismo y el constructivismo.

Sobre el contenido de la obra:

Varios elementos tendrá que diferenciar el Director: contenido o tema, estructura y estilo. El contenido incluye la trama, el significado y las caracterizaciones.

La trama o argumento: Está contenida en el marco de la intriga. Contarla significa describir la acción física de la obra. Los detalles de los acontecimientos materiales contemplados en la secuencia representan la estructura de la obra. Dicha estructura dependerá de los episodios o incidentes escogidos para narrar la historia o del orden que estos siguen para desarrollarse en el devenir del drama.

El tema universal del teatro siempre será el Ser. Pero el tema esencial describe aspecto o condición particular de la conducta en un ámbito, en un tiempo y en lugar determinados. Relatar el tema de una obra consiste en describir su idea general. Para ejemplarizar les digo que el tema de “Casa de Muñecas”, es el matrimonio. El de “Otelo”, es el condicionamiento que producen los celos. El de “Antígona", es la coalisión entre el orden que demanda el estado y la actitud que determinan las creencias. La "Andrómaca"; de Iván García nos habla de pasión y racismo más allá de la razón.

La caracterización:
Se refiere a los rasgos de cada uno de los personajes. Generalmente los autores teatrales dan abundantes datos sobre las características de sus personajes. Datos presentados dentro de la pieza de forma indirecta (condiciones dadas en los parlamentos) o directa (acotaciones).

Ejemplo de condiciones dadas y de acotaciones:
Estos datos tenemos que buscarlos en el imprescindible estudio de mesa.


GUILLERMINA: …Y mírate a ti, Dolores: llevas años de sequía sexual y mental. Todos los días, durante siete años, te sientas en esa destartalada mecedora a esperar inútilmente que por el borde del río aparezca un macho que te acaricie. Siempre dices que te marcharás del lugar, pero no puedes hacerlo. ¿Qué te retiene aquí?

DOLORES: (CON INTENCIÓN.) No quieras oírlo. Pero ¿y ustedes? ¿Realmente se creen muy cuerdos, no es así?

El ambiente teatral:

Se trata de todos los elementos visibles que conforman el medio escénico: el ambiente audible, el decorado, las luces, la utilería y el vestuario.

Los dramaturgos actuales suelen describir el ambiente que requieren las obras. Aconsejo nunca desdeñar estas señalizaciones. Desde luego, la decisión final para la puesta en escena recaerá en la figura del Director.

Empero, cabe una observación: Cada detalle que pongamos en el escenario podría acentuar o desvirtuar la idea que queremos expresar. Por lo tanto recomiendo mucha cautela al colocar elementos en una escena. Las luces y la escenografía se complementan directamente. Un tono adecuado de un foco de luz sobre una determinada pared variará el color conferido a la misma. Esto obliga a seleccionar los colores de estos elementos cuidadosamente, para que uno no asesine al otro.
Con los elementos de la banda sonora hay que tener igual cuidado. Están ahí, como todo en la escena, para acentuar la actuación, no para competir con ella. Todo lo que se coloca sobre el escenario debe servir como ayuda a la actuación. De no serlo… ¡quítenlo de escena!

Estructura y significado:

En las obras bien escritas hay una buena mezcla y una interacción recíproca entre forma y contenido. En estos aspectos debemos precisar el lugar donde se desarrolla la acción, en el momento histórico, la época del año, el ambiente social de los personajes y su naturaleza.


La mejor estructura para una obra es lograr que la acción y el movimiento se equilibren. En este caso el Director enfocará su trabajo, luego de fijar los aspectos sicológicos, a cuidar el movimiento y afinar la gesticulación. Cuando no es así, y sabiendo que habrá pobreza de acciones y por tanto pocos sucesos, entonces aconsejo resaltar en la pieza los aspectos sicológicos, acentuar los matices y más que en ninguna otra ocasión cuidar la vocalización de los actores y actrices.

Las obras vienen, generalmente, estructuradas en actos y escenas. Ayuda mucho al actor en su estudio del personaje la precisión del Director sobre estas últimas. Aconsejo nombrar cada una de ellas partiendo del suceso principal, la acción fundamental, o el hecho más trascendente que en ellas encontremos.


G.C.

Continuaremos…

martes, 4 de agosto de 2009

Dirección Teatral II

LA ACTITUD:

Es obligación del Director procurar que el espectador, objetivo fundamental de lo que hacemos en el escenario, reciba la “noticia” teatral como si esta estuviera ocurriendo por primera vez justo en el instante en que es portada por los artistas de la escena.

El Metteur en Scène, hoy dios absoluto, indiscutible, inapelable y omnipotente; es el responsable de que el espectador reciba el producto final bajo los parámetros que he indicado. Cabe señalar que el Director moderno suele verse como el representante autorizado del público dentro del proceso creativo. Él tiene que garantizar a los espectadores que el producto final llegue con la calidad requerida en una puesta en escena profesional.

Pero, lograr la cohesión que tal objetivo presupone, no es tarea fácil. Se diría que ninguna actividad artística lo es. Ciertamente.

Empero, el Director Teatral tiene más dificultades que colegas de otras disciplinas. Un pintor; por ejemplo, es sensible en si mismo. Y no tiene que procurar que sus medios (el lienzo, el pincel y sus pinturas) tengan emociones.

El Director Teatral, en cambio, tendrá que procurar el asombro estético, las emociones, la risa y la intriga, utilizando como instrumentos a personas sensibles, que serán tanto la materia prima como el producto elaborado.

Preparar adecuadamente un violín o un oboe no debe ser tarea fácil. Empero, la sensibilidad jamás está en el instrumento, sino en el músico.

Los actores y las actrices son tanto los artistas como sus propios instrumentos.

Lograr la adecuada disciplina sin despojar al actor de su necesaria, aunque extraña, “libertad escénica”, es una tarea complicada que demanda de un Director Teatral condiciones especiales. Por ello decía Canfield (en “El arte de la dirección escénica”), que eran hombres y mujeres con una personalidad, amén de los conocimientos previsibles.


EL TEXTO:

Aparte del actor, como material de trabajo, el Director dispone de un texto la mayoría de las veces. Su primera actividad en libertad consiste en la selección del mismo. Ese es su primer acto responsable. No tiene derecho a equivocarse, so pena de pagarlo con creces. Algunos estudiosos aseguran que si en las primeras veinte páginas un texto teatral no impresiona o convence a su posible realizador, debe ser depositado en el cesto de basura.

El texto literario debe contener los atributos necesarios para que pueda ser convertido en un buen texto dramático.

El maestro del renacimiento Miguel Ángel, aseguraba que él nunca esculpía una figura en una piedra, sino que trataba de descubrir la figura que estaba atrapada dentro de la piedra.

El Director Teatral nunca debe imponer un espectáculo teatral a un texto. Simplemente descifrar el espectáculo que habita en ese texto.

Desde luego que un Director creativo no puede ser reducido a un lector de libretos. Su puesta en escena siempre será una visión particular del texto seleccionado.

Que se hagan las modificaciones que tengan que hacerse, las que las leyes y la ética permitan; pero de ninguna manera podremos justificar la traición a los objetivos primarios del autor teatral. Preferible sería, antes de semejante canallada, escribir otro texto o buscar alguno que satisfaga.

El Plan Maestro que he citado en la entrega anterior partirá, irremisiblemente, del texto seleccionado. Es a partir de éste que el Arquitecto Teatral realizará todas sus edificaciones.

Cuando el autor teatral está cerca las sugerencias de modificaciones se producen con mayor facilidad. En estos casos el Director debe integrar al dramaturgo al equipo de trabajo de la realización.

La personalidad del Director dentro de la concepción escénica del montaje nunca traicionará la obra. Todo montaje requiere un sello. Esa es la labor del Director y su visión, la que nunca será exactamente igual a la del autor.

Se recomienda al Director de Teatro estudiar el libreto desde la misma óptica que lo hace el crítico literario.

La obra, para sus primeros estudios, tiene que ser vista como literatura. Se trata de un acto escritural que, como tal, debe ser estudiado. Tenemos que ir al texto detrás de su razón pura. Sin temor y sin pausa alguna utilizar un escalpelo cerebral para desentrañar las verdades que se esconden en los intrincados laberintos de la pieza teatral. No se desperdicie ningún indicio en ese estudio previo del director.

No es aconsejable que éste lea el libreto en su fase inicial de manera interrumpida. Tampoco debe hacer anotaciones prejuiciosas. Conviene que lea el todo para que pueda hacerse una idea global. El estudio sistematizado y en detalles propiamente teatrales se hará en una segunda etapa.

Con las obras ya conocidas el estudio es indudablemente más rico, ya que disponemos de más elementos para la investigación.

Las obras nuevas en cambio son como selvas vírgenes de las que desconocemos todo y con muchos lugares intrincados y peligrosos.

Una vez elegida la obra debemos ubicar su naturaleza. Si esta fuera, por ejemplo, realista; en ese contexto tiene que ser investigada y el Director debe proyectarla en ese tenor. Los seres humanos que en ella interactúan deben corresponder con aquellos que viven en la realidad concreta del Director.

Si la obra, en cambio, está llena de simbolismo, todas las acciones y premisas que nos ofrece deben ir, también, en esa dirección.

Cuando esto no se da entonces tenemos elementos claros que nos inducen a pensar que la realización en cuestión tiene graves defectos. Una obra teatral no puede, tampoco, traicionarse a sí misma.

Con frecuencia leemos obras cuyos personajes dicen palabras y hacen juicios que no corresponden a la situación social, política y cultura de ellos. No pocos autores ponen en bocas de los personajes, palabras que van más acordes con ellos mismos que con los personajes que han construido. En estos casos, por más esfuerzos que haga el Director, al espectador esos personajes no les resultarán creíbles. Una obra con estas características es insalvable. ¡Al cesto con ella!

Continuaremos…

lunes, 3 de agosto de 2009

Primer Festival de Teatro Dominicano

Por: Augusto Feria








Rafael Gil Castro

En el verano de 1963, talvez en el mes de junio, Rafael Gil Castro, Director del Teatro de Bellas Artes con la anuencia y el apoyo del Director de Bellas Artes, Máximo Avilés Blonda, decidieron realizar el Primer Festival de Teatro Dominicano. Para agosto, se representaron una detrás de la otra: “La Otra Estrella en el Cielo”, de Avilés Blonda; “Más Allá de la Búsqueda”, de Iván García; “Sueño de Gente Común”, de Rafael Vásquez; “Una Gaveta para Muchos Sueños”, de Rafael Áñez Bergés; “Creonte”, de Marcio Veloz Maggiolo y “Filoctetes”, de Héctor Incháustegui Cabral. Resultando esta última como la más impresionante de todas, gracias a la excelente actuación de Freddy Nanita.








A la inauguración asistió el Presidente Bosch, acompañado de su señora esposa, quienes con su sola presencia daban a la actividad importancia de Estado; además como valor agregado, bajaron a los camerinos a saludar a los actores, acción que los teatreros agradecen y jamás olvidan. En la historia del teatro dominicano, desde 1844 a la fecha, ésta ha sido la primera y única vez que ha sucedido algo igual. Gil Castro se destacó ante la buena nueva con un entusiasmo aleccionador. Eran nuevos tiempos aquellos, donde se experimentaba por primera vez la democracia, alejándose el recuerdo reciente de hablar de política en susurros.

Gil, a secas, como le llamaban sus compañeros, y a quien apenas conocí, era un hombre difícil de tratar, al decir de algunos colegas, hablaba con acento muy castizo, según recuerdo. Como director de teatro, poseía una increíble memoria, que le permitía repetir aquí, los montajes de espectáculos vistos en otros países, sólo desde el punto de vista externo – no así del interno para el cual empleaba otras argucias – formado con la estética de la vieja escuela española de actuación, que daba pie al cliché y al engolamiento. Sin embargo, como actor, tenía una excelente personalidad teatral, manejando con destreza tanto el drama como la comedia.

Avilés tenía conciencia de que la idea del festival, entraba en los planes de educación y cultura del nuevo gobierno, Bosch entendía muy claro que su mandato debía "restaurar los valores culturales perdidos, porque los efectos destructores del trujillismo habían disuelto la cultura popular…" Además se accedía a la visión de "una educación de carácter dominicanista". Cada miércoles, el Presidente desayunaba en Palacio con diferentes sectores, por lo que resultaría fácil reunirse con él. El primer planteamiento como es de suponer sería el costo del festival, de modo que le solicitaron una entrevista, concediéndola en su residencia privada.

Mientras todo esto sucedía, el fantasma del golpe de estado se movía de manera febril, sotto voce; la embajada, la iglesia católica, los cívicos, los sectores más intransigentes de la oligarquía, batían los polvos que luego traerían los lodos de la insurrección de abril. No se daban cuenta del error histórico que cometían, que acabaría con la vida pública de muchos de ellos de una vez y para siempre.
Gil era un cívico militante y rabioso. Aquel día de junio siguiente al de la reunión, estaba parado en una de las ventanas del segundo piso del lado noroeste, del Palacio de Bellas Artes, mirando el lado sur del edificio de Educación, donde estuvieron por muchos años las oficinas del Teatro de Bellas Artes. Recostado al ventanal, con su codo izquierdo apoyado al marco, pasaba la mano ligeramente por su frente, allí rumiaba su queja, mezclada con su abierta crítica al gobierno: "Dizque Presidente, lo que hizo fue sentarnos en unas mecedoras en el patio y brindarnos café… ¡paparruchas!", momentos después, llegó un mensajero de Palacio con un cheque; era irónicamente el dinero completo solicitado el día anterior al Presidente, para la celebración del festival.

Talvez motivado por las consecuencias desastrosas, de esa aventura fatal del golpe de estado, Gil Castro se retiró de su enfermizo fanatismo cívico, sin abandonar su posición conservadora. Años después, falleció en un absurdo y lamentable accidente.

27 de marzo del 2009

sábado, 1 de agosto de 2009

La Dirección Teatral (1)

Un oficio de dioses

Nota preliminar: Me propongo publicar en este blog unos extensos apuntes sobre la Dirección teatral. Lo haré por parte para no fastidiar al lector con una lectura imposible. Esta es la primera de varias entregas.




GENERALIDADES.
El director teatral es la gran autoridad en el teatro actual. Se trata de una persona, como escribió Curtis Canfieldcon una personalidad y conocimientos capaces de fusionar los talentos de artistas y técnicos en un solo acto de creación común, para que el resultado final sea una obra de arte y no simplemente una muestra de diligente habilidad.

Aunque no siempre fue así, el teatro hoy cuenta con un progresivo prestigio e incidencia social como excelente medio de comunicación.

Para que se lograra este fenómeno se hizo indispensable cuidar el material del dramaturgo que llegaría hasta el espectador. Esta responsabilidad se le otorgó desde hace pocos años al Director Teatral, cuya actividad principal consiste en convertir el texto literario en texto de expresión teatral.

El fenómeno de la Dirección Escénica es algo relativamente reciente. Sé que no pocos se sorprenderán con este dato. Es sorprendente porque en la actividad escénica de hoy es bajo la orientación del Director que las ideas de la obra se proyectan en un espacio tridimensional habitado por actores. Los cuales en convención establecida procuran emociones, movimientos, expresiones y ritmo en sus discursos.

Imagino que para muchos resulta hasta inconcebible que el Director Teatral, hoy determinante y preponderante personaje del Teatro Universal, hasta hace unos cuantos años no existía en el quehacer teatral. Muchos estudiosos piensan que André Antonine, a finales del siglo IXX, fue el primer Director Teatral, en el concepto moderno del Teatro.

Pero dejemos para otra entrega la narración de su historia y pasemos a ver la naturaleza, propósitos, ideología, principios métodos que tienen sus trabajos dentro del teatro organizado.

Independientemente de la naturaleza del efecto de la vida en un escenario, es muy pocas veces imprevista, aunque generalmente lo parezca. Realmente se sigue una norma y un designio. Parte de la habilidad que demandamos de un evento teatral es que parezca que está ocurriendo, siempre, por primera vez. Aún en las puestas en escena donde parece prevalecer las condiciones caóticas, ese caos debe estar cuidadosamente organizado y ordenado; o sea, dirigido. De lo contrario lo creado será ajeno a la esencia fundamental del arte, que implica siempre artificio, la imposición deliberada de la forma y significado en algún sector de la experiencia tomado del desorden de la vida. “El teatro es la organización de Caos”; escribió Allan Poe.

Pues resulta que el Director es el funcionario teatral que tiene la responsabilidad de convertir el caos (texto, actuaciones, iluminación, escenografía, utilería y vestuario) en una verdad escénica y en una expresión estética.
Ciertamente no hay para un Director, como dios finalmente que es, ninguna regla humana inmutable dentro del escenario; pero el violarla debe ser un acto consciente, argumentado y absolutamente justificado.

Él debe convencer siempre a sus actores de que actúa correctamente, aunque sea siempre dentro de sus premisas.

El Director Teatral debe cumplir las reglas que él mismo ha creado. Nunca puede estar por encima de ellas mismas porque estaría negando sus esencias.

Del Director Teatral se demanda que logre normar la representación, de la cual no podrán los concurrentes al rito escénico desviarse significativamente, mientras la obra teatral permanezca en cartel. Para que se cumplan los ritos y preceptos escénicos es impostergable que el Director logre afirmar todos los aspectos de la producción en una norma inmutable, que a muchos Directores nos gusta llamar: Guión de hierro.

Aún en las realizaciones escénicas carentes de autor, y supuestamente improvisadas, por lo general el éxito de las mismas depende de lo bien planeados que fueron los efectos para crear respuestas acumulativas, emocionales, etcétera; en el auditorio.

EL PLAN MAESTRO:
En la actividad escénica la misión de ser el gran Arquitecto del Universo Teatral, indubitablemente tiene que tener un Plan Maestro que asegure los objetivos propuestos. Ese Plan Maestro de ningún modo es único para todos los artistas de las tablas. Diferentes técnicas teatrales lo singularizan. Principios, estudios, investigaciones, conceptos, filosofías,
técnicas escénicas, objetivos sociales, propósitos artísticos y la estética determinarán la ejecución de ese Plan Maestro. El mismo texto elegido para el montaje nos exigirá singularidades importantes para el Plan.

Pero nunca, en ningún caso, en ninguna técnica, para ningún texto, para ninguna propuesta teatral organizada y profesional podremos prescindir de él.
Permítanme ilustrar con el ejemplo:

Stanislavsky organizaba su Plan Maestro esquematizando las líneas de los personajes, las acciones físicas y sicológicas, etcétera, de tal manera que estas concurrieran en una Línea General o Línea Ininterrumpida que como saeta, atravesando todo el tiempo y espacio escénicos, arrastrando todo lo que estuviese en la escena, se dirigiera indefectiblemente hacia un objetivo. Este determinaría a su vez un especie de súper objetivo.


Bertolt Brecht procuraba que su teatro llegara al público sin grandes artificios en sus planteamientos escénicos. Se auxiliaba de premisas esenciales más que de una técnica teatral: La distanciación, ubicación de las escenas en el pasado, y el mismo personaje como algo lejano a la naturaleza intrínseca del actor. Para ello el actor habla de su personaje en tercera persona.

Alexis Vassili, un conocido director ruso contemporáneo, parte del estudio teatral, como condición indispensable para la realización escénica. Pero conduce ese estudio como su gran Plan Maestro. En ese sentido afirma que en toda pieza teatral existe lo que él llama un impulso inicial o un resultado final. Vassili nos asegura que cualquiera de estos dos conceptos nos dan la naturaleza del llamado Plan Maestro. Según este director ruso, el determinar el impulso inicial o descubrir el resultado final del texto es la clave para realización de cualquier obra.

En mi caso particular, en mi Plan Maestro, procuro introducir, primero, como elemento inicial la posición o punto de vista del autor. Descubrir sus propósitos reales es tarea obligada de este director y sus elencos.

Una vez establecida la posición inicial trabajamos en la posición de los artistas sobre el texto. Finalmente conciliamos nuestra posición con la del autor y pasamos entonces a presentar el producto y la posición final.

La metodología actoral, la producción, la escenografía, las luces, el vestuario y la banda sonora se ponen al servicio del actor; para que este, en su libertad controlada, exponga las verdades escénicas acordadas.

Los métodos direccionales pueden diferir bastante uno de otro; pero no así la necesidad de un planteamiento organizado. Esa es una condicionante inmutable para todas las realizaciones teatrales profesionales y honestas.

Continuaremos...

G.C.