domingo, 26 de junio de 2011

Los trapitos de Amaurys, Judith y Josué

Trapitos al Sol no es una pieza de teatro. Son varias en una. No es el mejor texto teatral que he visto representar. No lo es. Aunque la idea de sus dramaturgias es muy interesante, novedosa y atrevida. Empero, como el texto (o los textos) nos delinean más un espectáculo escénico que una reflexión literaria, veamos la pieza en sus verdaderos contexto e intenciones.

Es un evento teatral. Un bien realizado espectáculo de factura comercial. Un original divertimento en el que Amaurys Pérez, estrenándose como director, se la luce. 

 
Jean Doat, conocido metteur en scéne, esteta y teórico teatral francés, escribió que «el teatro es una síntesis de Artes que exige un Arte de la síntesis». Trapitos al sol es una muestra fehaciente de lo aseverado por Doat

Mi amigo, y ahora colega, Amaurys Pérea logra, con aciertos creativos, poner en escena elementos de la danza, de la plástica, de la música, de la imagen, del canto y la oratoria para deleitarnos con una encantadora gramática visual, en la cual su propuesta teatral se torna independiente a las artes que él hace concurrir en el mismo espectáculo. El uso del vídeo de que hace gala, algo que no iba dejar de usar por ser una de sus pasiones, dimensiona la puesta en escena. La hace moderna y trascendente. Ayuda a los actores, únicos elementos imprescindibles para que exista teatro, a introducirnos en el escenario, al mismo tiempo que vence el limitado espacio teatral. Es imagen, es cine dentro del teatro, es fotografía; pero al mismo tiempo es escenografía. La de la pieza teatral es en este caso sencilla, pero justa y funcional.


Los únicos dos actores, Judith Rodríguez y Josué Guerrero, y los personajes que encarnan en los diferentes cuadros, al utilizar los elementos fundamentales de la escenografía (ropas tendidas en la escena) la van destruyendo en el devenir de la pieza para luego volver a reconstruirla en el ritual final, creando de este modo un ritmo visual adicional al que nos propondrán los dos intérpretes.

Bueno, sin ser brillante, es el manejo de las luces y genial la banda sonora. Adecuado y pensado es el vestuario.
En el primer cuadro ambos desmitifican los personajes frente a los espectadores y descubren la magia teatral. Me asusto un poco por el riesgo que esto entraña. Aún así entretienen al público con el buen nivel  actoral logrado. Ambos interpretan bien sus roles. Josué, en algunos momentos, parecía tener problemas con la proyección del personaje. Todavía puede imprimirle un poco más de fuerza escénica. Judith, deshinibida, se la luce en este primer cuadro. La incorporación de las canciones da una adicional nota divertida a la escena.

El segundo cuadro es de
Judith. En él la joven actriz saca a flote el dramatismo. En él está como pez en el agua. Divina en su destape.
En el siguiente, de relaciones en conflicto, machismo y hembrismo, ninguno pudo estar mejor. Aconsejo a Amaurys ensayar un poco más con los actores  el asunto de las agresiones físicas. Desde el punto de vista de la dramaturgia este cuadro es el mejor construido. Al serlo los personajes permiten a los dos actores lucir todas sus garras sobre el escenario.

En el cuadro del gay —¡no iba a faltar!—
Josué logra impactarnos con algo diferente. Ciertamente es la misma “loca” harto llevada a escena por el teatro comercial. Pero entre Amaurys y Josué se las ingenian para que el divertimento y la caracterización del personaje se alejen del clisé.
Finalmente Josué y Judith se vuelven a encontrar en el escenario. Lo hacen mientras esperan un tren. La imagen proyectada en la pantalla crea la atmósfera perfecta para la escena. Igual  ocurre con los dos actores en ropa interior. El sencillo símbolo se entiende. El director nos está diciendo que despoja a los personajes de sus «trapitos» para que aflore el interior. En este cuadro sueltan algunas groserías que al estar equilibradamente ubicadas no molestan al espectador puritano, mucho menos sonrojan a este emperador romano. Enmarcan el cuadro con el bien llevado desnudo completo de los intérpretes teatrales. En este cuadro ambos están de aplausos no condicionados.

Llega el final de la misa escénica que nos ha convocado. Como en un ritual ambos actores reconstruyen lo que han ido destruyendo frente a los asombrados espectadores. Un pequeño desliz de
Judith en la reconstrucción (cuando coloca una de sus prendas de vestir fuera de sitio) quizás es sólo notado por este exigente director teatral. Lo noto porque como la simetría ha sido una constante del limpio evento en las tablas que hemos visto, las situaciones atípicas siempre se destacan.

Los espectadores, que han colmado hasta los escalones de Casa de Teatro, tributan el aplauso merecido sin economizar las intenciones. Se sienten divertidamente bien servidos. Sus aplausos prolongados lo testimonian.

Me siento contento al saber que el relevo teatral no es futuro. Se ha adelantado y está presente.

Me siento contento por la reiteración de que el mil veces glorioso Teatro Dominicano es el gran éxito del Festival Internacional de Teatro de Santo Domingo. Tanto como lo fue en el Festival Nacional de Teatro.
 
Entonces, ven que tengo razón cuando proclamo que: «¡Nuestro Teatro no es segundo de nadie en ninguna parte del Universo!»... y hasta primero que muchos.

¡Telón!

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