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miércoles, 6 de junio de 2012
La novela censurada
sábado, 2 de junio de 2012
Un agente de la KGB... descubierto
Un
agente de la KGB... descubierto
Por
Giovanny Cruz
De
entrada hago una advertencia: este es un artículo serio. A quien se
ría de él voy a recordarle, no de grata manera, su progenitora.
Empiezo
con una revelación espectacular: fui un efectivo agente del Centro.
Con ese
apodo se nombraba al Komitet
Gosudárstvennoy
Bezopásnosti
(Comité para la seguridad del Estado),
no exactamente con cariño resumido como KGB.
Hoy
confieso mis actividades de espía porque he sido —¡que
vergüenza!— descubierto por algunos intelectuales criollos.
Imagino que eso ocurrió por un imperdonable descuido, al que
incurrí, “oxidado” en mi largo retiro.
Cuento
las circunstancias del descubrimiento de marras. Es
sabida mi legendaria amistad con el reconocido poeta dominicano Tony
Raful. Una
noche, estado en el restaurante Boga-Boga (lugar al que asigno el
nombre clave de “Oficina”) disfrutando de la bohemia, el poeta
Raful me disparó, a quemarropa, que tenía información,
comprobable, de mis actividades en la KGB (Комит́ет госуд́арственной безоп́асности).
Un tal Lara le había asegurado que llegué a ser Jefe de Estación
para la zona del Caribe. Aunque satisface mi ego que me consideren un
ex agente de tanto nivel, tengo que decir, con pesar, que no fueron
tal altos los rangos y honores conquistados.
Aclaro
que me entrenaron en una amplia zona de los Montes Urales (Ура́льские
го́ры),
de la antigua y desaparecida (¡Ja!) Unión Soviética.
Estoy
obligado a precisar que no fui un agente común. No era como el
legendario Ramón Mercader (enterrado en Rusia en un panteón de
honor como el coronel Ramón
Ivánovich López);
que entre otras tantas misiones, tuvo a cargo asesinar a Trotsky en
México. Lo mío
era otra cosa. No era bueno disparando, por lo que se descartó
asignarme encomiendas de “cancelación” a desafectos soviéticos.
Se
pensó, entonces, entrenarme en la preparación y colocación de
explosivos. Empero, resulté un fracaso porque era alérgico a la
pólvora (o polvo negro). Cada vez que estaba frente a una porción
de ella comenzaba a estornudar como un demonio.
Visto
estos asuntos, en el Primer Alto Directorio de la KGB decidieron,
antes de asumirme como un fracaso, asignarme labores de inteligencia.
La ética
kagebeista, y el pudor, me impide revelar las primeras misiones
asignadas y por mí ejecutadas.
No
podría precisar ahora si en el Centro quedaron satisfechos con los
resultados de mis investigaciones e informes; pero después de tres
de ellas me trasladaron a nuestro país con encargos singulares.
Me
encomendaron importantes, extraordinarias y arduas investigaciones.
Cito algunas de ellas:
1- Descubrir los secretos de los helados artesanales de Jarabacoa.2- Investigar la eficacia de las peonías en las lámparas de gas.3- El efecto de la habichuelas rojas en las botellas del agrio de naranja.4- Las características alucinógenas del cundiamor y la flor de campana.5- Los secretos de la elaboración de las galleticas mocanas.6- Los secretos de elaboración del chenchén sureño.7- Los secretos de elaboración del chivo con ají tití y mucho orégano.
Por el
resultado obtenido en las anteriores investigaciones, todas
debidamente foliadas, me fue asignada una de las misiones más
importantes de toda la zona: determinar la realidad o el mito del
llamado sancocho prieto de siete carnes.
A los
soviéticos les intrigaba, y me luce que hasta molestaba, que los
dominicanos que iban a estudiar en su universidad Patricio
Lumumba,
catalogaran a nuestro sancocho como superior al borshch
(борщ) ruso. Algo que resultaba inaceptable para los altos
directivos del Centro.
Por
supuesto que se pretendía boicotear, en todo el planeta, ese manjar
de la gastronomía criolla.
Así
las cosas, me impartieron instrucciones de investigar el asunto,
precisar y recomendar las medidas terroristas para desacreditar al
referido sancocho.
Tres
días después de recibir en clave las instrucciones de rigor, puse
manos a la obra. Como entenderá el lector no puedo, dada la ética
antes mencionada, explayarme en los detalles de las investigaciones
realizadas. Sin embargo, no traiciono mis antiguas labores formulando
ahora un resumen de lo descubierto sobre la importante misión
encomendada.
Informe operación ...cocho prie... de 7:Se trata de un plato de origen canario al estilo sopa. Tiene cierta similitud con el menjunje que le dan para engordar a los jóvenes luchadores de Sumo. En Colombia hacen una vaina parecida, pero el de allá es muy insulso. Imposible elaborar una receta porque cada vez que se hace se inventa la fórmula. Hay que ponerle siempre plátano, yuca, papa, yautía blanca, yautía amarilla, ñame y algunas carnes. El llamado sancocho de siete carnes es un mito, porque nunca son siete las supuestas carnes. Hay una variedad llamada sancocho de habichuelas. Recomiendo cautela con esta variedad porque se abomba y puede explosionar en el estómago. Cuando se elabora conviene que el sancocho se ponga a hablar pendejadas (ploc, ploc, ploc). La mejor manera de desacreditar el plato es tirándole jabón cuando está hirviendo. Una alternativa más discreta sería escupiendo esa sopa.Informe rendido por el agente Nivangio Zurc (Giovanny Cruz invertido)
Este fue
un brillante informe remitido por el suscrito directamente al
presidente de la KGB Víktor
Mijáilovich Chébrikov (Ви́ктор Миха́йлович
Че́бриков).
Confieso
que no me dieron, imagino que por celo de agentes intermedios, el
crédito esperado. Peor aún: días después de recibir el informe
...cocho prie...
de 7
fui honrosamente jubilado, sin disfrute de sueldo; pero con la
asignación de un largo silencio que hasta hoy he cumplido.
martes, 29 de mayo de 2012
EL FOLKLORE NO MUERE, SE TRANSFORMA
EL FOLKLORE NO MUERE, SE
TRANSFORMA
Por Dagoberto Tejeda Ortiz
Sociólogo
El investigador dominicano Moisés Vargas, ha abierto un gran caldero de grillos, dejó de par en par la puerta de un departamento del infierno donde se alojaban demonios dominicanos y desató vientos huracanados que se están originando dentro de nuestro pedazo de isla. El huracán principal, el de mayor fuerza moral e intelectual, lo ha constituido mi entrañable amigo, el nunca suficientemente admirado y aplaudido Dagoberto Tejeda Ortiz. La Pasión Cultura publica hoy un artículo aplastante del querido Dago sobre los tópicos por Moisés cuestionados. Recomiendo amarrarse en sus sillas para leerlo, porque son desbastadores los vientos que impulsan las palabras de Dagoberto. Como es habitual aclaramos que los gráficos lo hemos colocado nosotros. ¿Se ataron bien? Pues comiencen a leer.
El señor Moisés Vargas expresó en
una reciente entrevista a un diario local: “El folclor dominicano
murió y vengo a hacerle una misa de cuerpo presente, enterrarlo en
una caja de muerto para luego ver como lo resucitamos”. Lo más
“anticientífico” es afirmar que el folklore ha muerto, porque
elimina su dimensión dialéctica, su dinámica de cambio, que su
característica fundamental. El folklore nunca muere, se transforma.
Además los folklorologos, los estudiosos de folklore, en caso de que
fuera así, no lo pueden “resucitar” porque ellos no hacen
folklore, solo el pueblo puede hacerlo.
Agregó en su entrevista, que en
el país el folklore murió “porque aquí nada de lo que se está
haciendo es folclor, lo que se está haciendo es cultura popular y lo
popular no es folklore”. Es desconcertante esta visión desfasada
de Moisés porque lo “popular” desde que fue inventado el término
“folk-lore” en Inglaterra por William John Thoms en 1846, ha sido
una variable fundamental de esta rama de la Antropología que se ha
mantenido en todas las clasificaciones propuestas hasta hoy y no
comprendemos esta afirmación cuando él dice que estudió en
Cleveland State University, porque las propuestas criticas más
objetivas a las teorías tradicionales sobre el folklore se han
venido haciendo en Estados Unidos desde la década de los sesenta,
donde se plantea exactamente todo lo contrario de lo que él dice, ya
que el folklore es cultura popular.
“Aquí se creen que el folclor
dominicano son las máscaras de diablo cojuelo y los carnavales. Eso
no es folklore, eso son expresiones populares y lo popular no es
folclórico”, reafirmando su conceptualización anterior. No
sabemos de dónde sale esta conclusión, ya que en su entrevista él
no define lo que entiende por folklore y reiteramos nuestro asombro
de diferenciar y discriminar lo popular de lo folklórico, variable
para nosotros imprescindible en la caracterización del hecho
folklórico ya que solo el pueblo es el creador y el protagonista del
folklore.
En la entrevista se afirma que
“Vargas dice conocer los grupos de baile folclórico del país y
asegura que sólo tres están haciendo un trabajo “aceptable”. A
su juicio son el Teatro Popular Danzante que dirige Senia Rodríguez,
el grupo Sangre Mulata y el Ballet Folklórico de Santiago.
Primero es una afirmación irrespectuosa y demuestra un profundo
desconocimiento de Moisés sobre el trabajo de los grupos de
proyección folklórica a nivel nacional. En un análisis objetivo
y justo, no se puede ignorar, por ejemplo, el trabajo serio de años
de Reyes Moore en Cotuí, de Rafael Armanzar en Santiago, de Chombolo
con el Ballet Folklórico Casandra Damirón, en Barahona y mucho
menos, el legado del maestro José Castillo Méndez, el investigador
más acucioso e importante de los bailes folklóricos dominicanos,
con su Ballet Folklórico de la Universidad Autónoma de Santo
Domingo.
Finalmente, Moisés expresó que
aquí “no se está investigando folclor” y que a pesar de los
años que ha vivido fuera no se ha desactualizado “porque con la
tecnología uno está tan presente como cualquiera”. Lamentamos
estos juicios que exhiben una exuberancia de desconocimiento de la
investigación de la cultura popular y si él quiere del folklore en
el país, porque en los últimos años han habido la mayor producción
de investigaciones científicas en la historia del país. Moisés,
no se con cuales medios de comunicación, con que “tecnología”
en tu ausencia ha obtenido las informaciones para mantenerse
actualizado sobre la producción folklórica en el país, cuando él
sabe que en el estudio y en el conocimiento del folklore lo
fundamental no es sola la documentación sino la vivencia, la
observación-participante y eso es imposible conseguirlo desde
afuera.
De todas maneras, sus afirmaciones
y conclusiones son importantes para abrir el debate frontal sobre
estos temas. La Dirección de Cultura de la UASD que dirijo en este
momento, organizará próximamente un conversatorio para que
discutamos estos temas. ¡Espero que Moisés esté presente!
viernes, 25 de mayo de 2012
Un escritor sin límites
Un escritor sin límites
Nota: Mi apreciado amigo y poeta Basilio Belliard, ha tenido la gentileza de enviarme un artículo del escritor y analista político mexicano Federico Reyes Heroles, que es una despedida literaria a Carlos Fuentes. Publicamos el artículo en esta La Pasión Cultural con el estilo y gráficos acostumbrados.
Decía Alexis de Tocqueville que la fortaleza de una nación radica en la solidez de sus recuerdos y el poderío de sus sueños. Pero el recuerdo y los sueños de una nación se tienen que plasmar en palabras. Sólo la palabra permite reconocernos, compartir, ser en lo individual y en lo colectivo. Pero la palabra no cae de un árbol como fruto gracioso. La palabra necesita de ingenieros que consoliden los cimientos, de arquitectos que imaginen una forma y, quizá lo más difícil de encontrar, de un alma que sienta por sí misma y por los demás.
Cruzábamos el Atlántico en un buque allá por los años 60. "Mira allí está Carlos Fuentes, vamos a saludarlo", dijo mi madre. Yo era un niño. Se conocían desde muy jóvenes del Servicio Exterior. Husmeaba en la biblioteca del barco cuando lo interrumpimos. Fue afable, vestía jeans, me pareció gozoso. "Es un gran escritor", fue la única explicación que recibí. Escritor pensé, qué misterio. Con los años comprendí que el quehacer de un escritor era ampliar el alma para sentir más y mejor y poder poner esos sentimientos en negro sobre blanco, atraparlos en palabras. El referente del escritor era Fuentes.
De Quetzalcóatl a Pepsicóatl, escribió Fuentes -de cuya muerte acaba de cumplirse una semana- en un libro tan arbitrario como brillante, Tiempo mexicano . Pero ¿a quién se le ocurre algo así? A Fuentes, que atrapó la tensión entre las tradiciones y la modernidad. Además, en el título mismo de la obra delataba una de sus grandes obsesiones: el Tiempo, con mayúscula, no el que miden las agujas de un reloj -¡qué fácil sería!- sino el otro, el subjetivo, el de Kant, en el cual una mirada, un minuto puede transformar una vida, y un siglo, ser un interminable pasmo.
"Tus dedos helados... sin tacto... tus uñas negras, azules... tus quijadas temblorosas... Artemio Cruz... nombre... «inútil»... corazón... masaje... inútil... ya no sabrás... te traje adentro y moriré contigo... los tres... moriremos... Tú... mueres... has muerto... moriré." Son los últimos renglones deLa muerte de Artemio Cruz , novela icónica del laberinto social y emocional de la posrevolución.
Allí, Fuentes indagaba en los recuerdos, lo hacía para construir nación, para crear una identidad a través de la palabra, su gran obstinación. Decir las cosas con un sentido final capaz de hermanar emociones, ésa era la meta. Pero si la revolución era tema arquetípico de la literatura mexicana de la segunda mitad de siglo XX, el retrato de una gran ciudad no lo era. Fuentes venía ya de La región más trasparente , donde había delatado a la seudoaristocracia, a los Betos y las Gladys, a los amenazados en su imaginario colectivo por la revuelta popular. Triunfadores de oropel, fracasados con disfraz, el proletariado tan de moda en esa época y los que fluctúan de una clase a otra -decía Fuentes- para designar a las que hoy llamamos clases medias. Personajes representativos de un México que, por desgracia, todavía no queda atrás del todo. La capital cobró conciencia de sí misma. La nación cobró conciencia de su capital.
Alumno informal de un gran tutor con quien lo unió una profunda amistad -me refiero a Alfonso Reyes-, Carlos Fuentes siempre defendió la tesis del regiomontano: la cultura o es universal o no es cultura. Lo demás es folklore. Por eso se lanzó a una aventura magna como lo es El espejo enterrado , en donde nos habla de Zurbarán o de Las bodas del Fígaro , ese espléndido y complejo texto en que cruza los mares, el Atlántico en particular, para mostrar los puentes invisibles pero indestructibles que unen a las culturas de una y otra costa. Qué hombre más complejo y completo era Fuentes. Lo recuerdo en la excelente versión de ese libro elaborada por la televisión británica. Allí nuestro gran escritor se despliega frente a las cámaras como si lo hubiera hecho toda la vida.
Y ya que en las cámaras andamos, cómo dejar de mencionar a ese Carlos cinéfilo que competía con José Luis Cuevas y con Carlos Monsiváis recordando directores, guionistas, camarógrafos y por supuesto actores y actrices, sobre todo a las bellas. Porque también estaba ese Fuentes capaz de cantar tramos enteros de Don Giovanni o de repetir al unísono con García Márquez grandes parrafadas de Quevedo o de Góngora. Un escritor no puede tener límites, debe poder experimentar emociones diversas, disfrutar de una deliciosa nieve o de bailar en algún arrabal de Buenos Aires, ciudad por la cual también tenía una particular debilidad, consecuencia de su estadía infantil como hijo de diplomático.
Pero Carlos Fuentes vio con toda claridad que tenía varias misiones culturales que cumplir: su obra, por supuesto, su trabajo en los recuerdos y en los sueños, era la principal. Pero podía también servir de puente, de enlace entre los brillantes pero desorganizados brotes de la literatura de habla hispana. De ahí su fantástica producción como ensayista y crítico literario: de La nueva novela hispanoamericana , donde hace una radiografía de Vargas Llosa, de Carpentier, de su gran amigo García Márquez, de Cortázar y Goytisolo, libro de finales de los años 60, a La gran novela latinoamericana , de 2011, pasando por Geografía de la novela , de 1993.
Carlos Fuentes el gran conversador. No sólo me refiero a los recuerdos privados de prolongadas noches, sino a las múltiples entrevistas donde el ánimo pedagógico imperaba y la pasión se engalanaba. Admirador de sus grandes maestros de la Facultad de Derecho de la UNAM, Fuentes sabía del poder de la oralidad y lo explotaba. Nada odiaba más que una conversación insulsa, insabora e incolora.
Carlos Fuentes el laborioso. La disciplina cotidiana de Fuentes, su ritual de trabajo, su severidad consigo mismo, el sacrificio implícito son una lección para todos. Fuentes se tomó en serio su oficio y eso debe ser ejemplo para muchos.
Carlos Fuentes el conferencista. Francés, inglés y por supuesto español, todos a la perfección, Fuentes era un gran seductor que atrapaba con un solo instrumento: la palabra. La construcción de las oraciones y los párrafos; los adjetivos, la entonación, su cuidada dicción y por supuesto su gran capacidad histriónica al servicio de las ideas. Ni pantallas, ni lucecitas, ni música de fondo. Carlos rompía el silencio del auditorio y sabía el instante preciso para regresarlo y provocar una ovación.
Carlos Fuentes el organizador de aventuras. Como si no tuviera qué hacer, se daba tiempo para organizar encuentros, congresos e incluso una institución como el Foro Iberoamérica, con más de una década de vida donde, año con año, propició la reunión de empresarios, intelectuales y personajes de la talla de Felipe González, los ex presidentes Sanguinetti, Cardoso, Gaviria, Lagos y varios más, todo con el fin de mantener viva la flama de su sana obsesión iberoamericanista.
Pero no todo era suavidad y cortesía del diplomático natural que llevaba adentro. El comentarista periodístico Fuentes era una pluma de temer. Basta con revisar un texto implacable que se describe en el título: "Contra Bush". Su posición liberal y progresista lo llevó a comprender los límites de los ensueños de los años 60 y a fortalecer las libertades como única ruta hacia la gran libertad.
Imposible no recordar otro atributo: Carlos Fuentes fue un hombre muy generoso. Lo fue con sus amigos, pues era muy amigo de sus amigos, pero también con desconocidos a los que firmaba, en apariencia sin cansancio, cientos de ejemplares, aunque después estuviera agotado. Generoso, muy generoso, con los escritores jóvenes, a quienes nunca se cansó de impulsar. Generosidad que inundó su casa para convertirla en lugar de encuentro de los diversos, de discusión, de abrazos fraternales de los adversarios políticos. ¡Qué enseñanza civilizatoria!
Viajeros incansables, Silvia Lemus, su gran amor, su gran compañera en las muy buenas y las muy malas, que también las hubo, le llevaba hogar a donde Carlos tuviera que ir. Los Fuentes se erigieron en una antena muy sensible de lo que ocurría en el mundo. Durante meses de ausencia y vuelos innumerables por todo el globo, acumulaban información y conocimiento que llegaban a compartir. Hoy puede parecer poca cosa, pero en un país cerrado esa labor fue vital. Encarnó la convicción de llevar México al mundo y traer más mundo a México.
Lo veo en aquel buque muy lejano en la memoria; lo veo en su estudio mirando a los volcanes, rodeado de libros; lo veo enfático y convincente en una conferencia. Lo veo tomándonos un bravo martini simplemente porque sí; lo veo en La Orduña, cerca de Jalapa, visitando solos el ingenio azucarero donde había sido concebido, eso me dijo; lo veo bailando con Silvia en Cartagena al lado de los Gabos; lo veo en Londres trepando a su departamento y en Roma gozando la ciudad y una pasta; lo veo con sus dedos índices chuecos, por no decir deformados, de tanto apretar la tecla, pero sobre todo lo veo discutiendo sobre su México, ese que siempre quiso que fuera mejor, más próspero, más justo, un México que estuviera a la altura del mundo.
En este abrupto vacío tenemos un consuelo: terminó como quería, leyendo, viajando, con proyectos y, sobre todo, con los dedos sobre el teclado. Fue un hombre cruzado por la pasión, en la charla, frente a la hoja en blanco, ante la estética.
Qué buen artículo, le dije el lunes a eso de las dos de la tarde. Si te gustó éste, espérate al de mañana. Ya lo comentaremos, me dijo. Me habló de su nuevo proyecto. Oye, le dije, quedamos de ir al teatro. Es cierto, búscate algo. Orale, le respondí. Yo disparo la cena, me dijo, tú pagaste la última comida. De esa no te escapas, querido Carlos. Siguiendo a Tocqueville, te habremos de buscar en nuestros recuerdos y en nuestros sueños, sabiendo que eres parte central de la gran nación que ayudaste a construir.
Gracias, Carlos, por lo mucho que nos diste, a los individuos, a tu México. Descansa. Sin ti, pero rodeada de los muchos que te quieren, tu güerita , tu gran preocupación, habrá de estar bien.
sábado, 19 de mayo de 2012
¿El autor es la eutanasia o un provocador decepcionado?
¿El
autor es la eutanasia o un provocador decepcionado?
Nota: El escritor, músico, publicista y buen amigo Eduardo Díaz Guerra ha escrito una reflexión epistolar, en la cual contradice los criterios externado por Carlos Castro sobre la eutanasia. Recuerdo a los lectores de La Pasión Cultural que el dramaturgo Iván García Guerra también escribió un artículo contradiciendo, desde otra óptica, al sociólogo Castro. Destaco el hecho que tres buenos escritores dominicanos ocupen su tiempo, que sabemos a ninguno sobra, para formular estas reflexiones. Celebramos que en medio de la vorágine electoral que sacude nuestra república haya gente que haga este tipo de ejercicio de la Razón.
Giovanotti:
Tú
me metiste en esto. Coge ahí.
Todo
el que pasó por la UASD (por el CU), en la década del 70 del siglo
pasado, tuvo que enfrentarse a una dimensión completamente
desconocida (y atractiva) del pensamiento: la dimensión del
descreimiento.
Albaine,
Peñaló y otros, son apellidos que en nuestra memoria están
asociados a una manera radicalmente distinta de cómo enfrentar la
relación con Dios que traíamos de nuestros hogares, y por ende, de
abordar la vida. Profesores de las cátedras de Filosofía 011 y 012,
se encargaron de descartar la posibilidad de que a cualquier
estudiante le sedujera el ejemplo de Jesús, en vez del de Marx, o
Lenin. De hecho, ser creyente en esos años implicaba someterse al
público ridículo, al escarnio de quienes se sabían amos del
“conocimiento”. Podría decirse, sin exagerar, que no tuvimos
opción. El materialismo histórico campeaba por sus fueros. Si a
esto sumamos un ejercicio, desde la jerarquía católica, de franca
complicidad con el poder, no importando que quien gobernara se
hiciera de la vista gorda ante los desmanes de La Banda Colorá y los
numerosos crímenes cometidos por quienes mantenían el statu quo,
era previsible que la fértil imaginación de quienes éramos jóvenes
en aquel momento cediera ante las formulaciones de un mundo sin Dios.
40
años más tarde, algunas mentes siguen haciendo alarde de un
“existencialismo” pobre, teorético, carente de rigor, aunque en
la forma “deslumbren” con planteamientos como este, a favor de la
eutanasia. Su consigna parecería ser “Provoca, que algo queda”.
Primero,
la vejez no es un “momento”. La “conciencia” (¿?)
existencial NO nos coloca entre la espada y la pared, porque tal
expresión remite a que somos jóvenes y DE REPENTE, nos vemos en
esta “situación” de la vejez. Por otro lado, vejez, muerte y
sexo hace mucho tiempo que NO se evaden más que en culturas
islamitas (¿en occidente, acaso no vivimos en la cultura del destape
más destemplado?). Por el contrario, son cada vez más los títulos
que se refieren a estos temas desde variados enfoques epistemológicos
(¡me quedó bien la frasecita!). Basta hacer tres clicks en Google
para asegurarnos de ello.
“La
vejez no se acepta como un ciclo del cuerpo y la mente que llegó a
su ocaso” es una afirmación tan general que resulta difícil
abordarla. ¿Quiénes no aceptan tal cosa? Para muchas culturas,
desde los campos más lejanos de la civilización de cualquier pueblo
latinoamericano hasta el Tíbet, un anciano ES un referente de
sabiduría, de respeto, de consulta; en otras palabras, dicha
consideración no pertenece a “tiempos remotos”.
Si
el autor de “Yo soy la eutanasia” se hubiese detenido a pensar un
poco, y menos a “provocar”, se habría dado cuenta de que
resultaría un tiro fallido elaborar un discurso en base a
generalidades, en tanto manera de argumentar hace tiempo superada. Su
pensamiento, al parecer, ubica a la humanidad en su conjunto en un
mundo y una realidad que sólo existen en su mente. ¿Dónde hay “una
industria que rara vez integra al viejo (¡qué manera despectiva de
tratar a quienes, supuestamente, defiende… mandándoles a morir!)
como parte de una realidad”? Apenas a 45 minutos de aquí, en
Puerto Rico, sin ir más lejos, los envejecientes forman parte de un
amplio conjunto de personas que, aunque limitadas por su edad, aún
realizan trabajos sociales, como guiar el tránsito para que pasen
los menores que van a la escuela, o que sirven de guías a las
personas para que hallen productos que necesitan en cualquier en
cualquier mall.
Sólo menciono a Cuba, a Uruguay, a Suiza, como lugares donde el
anciano tiene la consideración y el respeto que le merecen su edad.
Detengámonos, por un momento, en este párrafo, que es de antología:
Wao! Para el autor, la función del matrimonio “se limita a la procreación o el control”. ¡Habrase visto! ¿Subyace aquí algún rasgo de gnosticismo? A riesgo de errar garrafalmente, cuando era jovencísimo se me enseñó que los gnósticos, entre otras cosas, sólo practicaban el coito para procrear… ¿No hay placer en el matrimonio? ¿Y en base a qué sesuda investigación osa el autor hacer un planteamiento así? Por demás, atribuir los feminicidios a “esos ritos” (creí que era UN rito, el del matrimonio)… le zumba la malanga a cualquier estudiado…
Detengámonos, por un momento, en este párrafo, que es de antología:
“El escenario de la sexualidad es más truculento, desde que encuentra fundamento en ese pacto que se denomina matrimonio, su función se limita a la procreación o el control, se establece de manera implícita una patología de la posesión. La esencia de los feminicidios y el maltrato femenino guarda relación con esos ritos donde el hombre y la mujer desde que se vinculan como pareja algo se pierde de la libertad individual”.
Wao! Para el autor, la función del matrimonio “se limita a la procreación o el control”. ¡Habrase visto! ¿Subyace aquí algún rasgo de gnosticismo? A riesgo de errar garrafalmente, cuando era jovencísimo se me enseñó que los gnósticos, entre otras cosas, sólo practicaban el coito para procrear… ¿No hay placer en el matrimonio? ¿Y en base a qué sesuda investigación osa el autor hacer un planteamiento así? Por demás, atribuir los feminicidios a “esos ritos” (creí que era UN rito, el del matrimonio)… le zumba la malanga a cualquier estudiado…
Según
este visionario, hombre y mujer no deberían, sencillamente, tener la
menor relación, porque “desde que se vinculan como pareja algo se
pierde de la libertad individual”. Al final, Gio, a esto es a lo
que está referido el artículo de marras, ¿no?, a la libertad
individual… ¡Dime que no me equivoco!
Otra
frase de antología: “En la infancia, la
conciencia de existir es alienada porque es dependiente”. Another
wao! Estamos, sin duda alguna, a las
puertas de un nuevo paradigma: la alienación es un proceso que puede
darse sin que el sujeto tenga conciencia de que podría optar por
otro tipo de existencia, de relaciones…
Echando
mano, sin querer complicar más el asunto, de la Wikipedia (¡perdón
por la insana falta de rigor científico!), hallamos que
La alienación, aparte de entenderse como una categoría relativa a disfunciones sociales del individuo, en filosofía caracteriza la transformación de fenómenos y relaciones, cualesquiera que sean, en algo distinto de lo que en realidad son. La alteración y deformación, en la conciencia de los individuos, de sus auténticas relaciones de vida.
¿Está claro? Un menor NO PUEDE calificarse de alienado por ser dependiente, por una razón elemental: no tiene opción. Un menor no tiene conciencia de sí por la inmadurez que le es connatural. La alienación implica un acto, consciente o inconsciente, de pérdida… ¡Lo extraordinario es que el autor se canta y se llora, cuando dice que en la infancia “no existe la conciencia social de individuo!”. ¿Y entonces?
Hay, cómo no, en el texto, jueguitos de palabras que hasta bonitos se leen: que dizque la juventud es “un paraíso diabólico abundante en hormonas” y “Ser existencial (¡¿?!) en la juventud es un estado químico real”. (¡¿?!)
El peligro de estarse manejando con códigos mezclados de lecturas dispersas es que podemos desembarcar en un puerto donde nada tenga sentido. ¿Y qué, si hay gente que acepta buenamente su vejez rodeada de la paz y el cuidado de sus seres queridos? ¿Y qué, si hay gente que vivió su vida joven y su “tercera edad” con la certeza de que aún envejeciente (si está sana) puede ser útil a quienes son sus familiares y amigos?
Giovanotti: al autor le convendría leer un best seller titulado La Biblia (una de Estudio de la Vida Plena, preferiblemente, basada en la versión Reina Valera 1960), para que se diera cuenta de con cuántas personas francamente ancianas trató Dios, dándoles responsabilidades inconcebibles hoy día: Moisés, Abraham, Job, por sólo mencionar tres de los más destacados protagonistas de una etapa de la humanidad anterior a la de Jesús.
Hay
gente, querido Gio, descrita hace miles de años en la Biblia, que no
tiene idea de lo que escribe. Confiada en su propia “capacidad”,
elabora, formula y propone “saltos” a la humanidad que no son más
que un pobre reflejo de su vacío existencial. Proverbios no les
vendría nada mal.
Por
ejemplo, el capítulo 16, en cuyo versículo 31 se lee: “Corona de
honra es la vejez que se halla en el camino de justicia”, o el
20:29, que dice: “La gloria de los jóvenes es su fuerza, y la
hermosura de los ancianos es su vejez”.
¿Mesetá
captando, Maistro? Vivir la vida desde la fe nos da, a los
cristianos, una perspectiva que ni remotamente puede estar asociada a
una visión catastrofista y enfermiza de la sociedad, de la vida, ni
mucho menos, de ese estadio natural que es la vejez. Nacer, existir,
reproducirnos y morir es la concatenación armónica de una serie de
ciclos que están “anotados” en nuestro destino. El momento y las
circunstancias de nuestra muerte sólo Dios los conoce.
La
eutanasia es un fútil intento de, ya que no se puede crear vida (y
por ello, imposible compararse con Dios) acabarla, aludiendo a
pretendidos “logros” del pensamiento humano; pensamiento que
pretende ser el reflejo de una posición “humanista”, pero que no
es más que el resultado del (repito) vacío de esa dimensión,
consustancial a nuestro ser, que nos negó el CU de la UASD, ay
Filosofía de mis culpas: la dimensión espiritual.
El
ser humano es lo que se procura a sí mismo de joven, luego de que en
su infancia le han sido inculcados determinados valores. En estos
tiempos de tanta información disponible, si no se cultivan alma y
espíritu (del mismo modo en que si no se ejercita el cuerpo,
tendremos uno fofo, enfermizo u obeso), todo cuanto el ser humano
haga tendrá un sello de esterilidad; no puede dar frutos un árbol
sembrado sobre piedra (lo dice el libro que más sabe).
¿Cómo
puede denominarse “un gran logro para la humanidad” el exterminar
a los ancianos, aplicándoles la eutanasia? El planteamiento en sí
es perverso, en el sentido de que se pretende dar “paz” a los
ancianos provocándoles la muerte… Ese acto es reducir al hombre,
por su avanzada edad, a una cosa, prescindible, inútil, descartable.
¡Quien critica a la sociedad de consumo, pretende convertir al ser
humano en una especie de vaso plástico, que luego de usarse, se tira
al cesto de basura (a la muerte).
Qué
pena que, pudiendo hacerse tantas cosas positivas con la vida, la
actitud que se adopte sea la de la “decepción consciente”. Nunca
como ahora debe escucharse la voz de Jorge Drexler, cuando plantea
que una vida vale más que un sol, y que “… toda vida es
sagrada…”. Y luego de eso, irse a dormir meditando en el alcance
de esta frase: “El principio de la sabiduría es el temor de Dios;
los insensatos desprecian la sabiduría y la enseñanza”. Dixi.
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