La cultura de “lo
mío”
No creo necesario repetir que soy un apasionado de los
“diciembres”. Para mí duran desde el inicio de noviembre hasta mediado de
enero. Nuestros realizadores cinematográficos prefieren esta mágica época, porque
es cuando el sol menos “quema” los lentes de sus cámaras, dando una gramática
visual de extraordinaria belleza.
Aquí disfrutamos hasta el clima de esta época. Aprovechamos
el fresco para ponernos nuestros pulóveres y achacamos a un supuesto cambio de
clima la gripe que suele atacar en este período. Ja.
Pero no todo es perfecto en el milagroso diciembre. ¡No! También
se desarrolla en él la cultura de “lo mío”. Que ya está absolutamente
socializada y legislada. Ilustro con el ejemplo:
Un apreciado amigo me narró que en una ocasión un empresario
italiano iniciaría aquí un proyecto de casi mil millones de dólares. Aquel
proyecto tenía que ser refrendado en el congreso. Un día, mi amigo fue invitado
por tres diputados a un restaurante. En
medio de la velada los congresistas le dijeron:
—Ok. ¿Y lo
nuestro?
“Lo nuestro” es la
socialización de “lo mío”.
Hace unos días decidí cocinar a mis hijas, y a sus agregados,
un cochinillo al estilo de Segovia, para agradecerles su regalo de cuatro
nuevos sombreros. No es fácil conseguir cochinillo en nuestro país. Los
criadores prefieren engordarlos. ¿Recuerdan la expresión “la alcancía del pobre”? Pues ocurre que conseguí en Manoguayabo un
par. Cuando regresaba a la casa, observo que detrás de mi camioneta viene en un
motor un militar uniformado de negro haciéndome señas para que me detenga. No
había cometido ninguna infracción, no creía ser sospechoso de crimen alguno,
aunque deseo bastante a una especifica dama no la he violado aún, en estos días
no le he mentado la madre a un funcionario y ahora le menciono la marx a los marxistas. Empero, a pesar de
todos estos “no” me detuve. El hombre armado siempre tiene la razón. Preparé el
discurso para negar de entrada cualquier acusación y me dispuse a pedir, con
cara de buen actor, que me dieran un chance.
—¿En qué
puedo servirle? No he hecho nada que justifique… soy actor. Hasta fui general…
en una película… jajajaja. —comenté nervioso.
—Usted no
tiene ningún problema, don. Lo que quiero es que me de “lo mío” —me dijo el uniformado con cara indolente.
Luego de recordarle al tipo algunos atributos de su madre,
arranqué como “la jonda del diablo”.
Con cara de cómplice desmonté la jofaina en la cual había
colocado los cerditos y me dispuse a abrir la puerta principal de mi casa.
Entonces, comienzo a escuchar un “Jefe, jefe”. Giro y me encuentro un recogedor
de basura que me está mirando con una engañosa sonrisa.
—Dígame, caballero.
—Jefe, ¿tiene
algo para mí? —me preguntó el individuo.
—¿Algo?
¿Qué es… algo?
—Adio… “lo mío”.
Luego de despedir al tipo sin “lo suyo”, me propuse sazonar
mis dos cochinillos. Ya los estaba entrando en la heladera cuando escucho unos insistentes
toques en la puerta. Abro. En el dintel había un señor muy pequeño acompañado
de un niño.
—¡Soy el
cartero! —me dijo el casi enano.
—Y yo el
artista —dije tratando inútilmente ser gracioso— ¿Me trajo usted alguna carta?
Resultaría raro que así fuera porque ya casi nadie usa ese
medio para enviar misivas. Ahora las cosas ocurren por vía electrónica o por
entrega especial.
—No, doctor
—me dijo el falso enano— vine a ver si ya me tiene “lo mío”.
No creo que mi mirada expresara mis pensamientos más que el
formidable portazo que di en aquel momento.
Escucho el timbre del teléfono de la casa. Me apresuro a
tomarlo porque prácticamente sólo mis familiares llaman a ese aparato. Era mi
madre. Me pedía que bajara a la primera planta. Tenía una visita. Bajo y me
encuentro con un joven correctamente vestido. Era la persona que leía nuestros
contadores. Tenía en sus manos un sobrecito amarillo vacío. Pretendía que lo llenáramos
con “lo mío”. Lamenté no tener dos o tres
kilovatios disponibles para introducirlos en su sobre.
Ya “lo mío” me
había fastidiado el día. Retomé la lectura de la novela “Muerte entre líneas”,
de Donna León, que días antes Tony y Grey Raful me habían obsequiado y me
olvidé de los pedigüeños. Luego salí de la casa a procurar en el supermercado
unas cervezas negras .Estando en Carrefour se me acercó un gordito…
—¡Giovanny
Cruz! ¡Usted es Giovanny Cruz! —me dijo.
Preparaba mi cara para fingir modestia cuando el tipo me
preguntó:
—¿No me
recuerda?
No recordaba al individuo, pero le dije que sí y hasta me aventuré
a preguntar por su familia.
—Yo trabajaba
en el aeropuerto —recordé de pronto esa
treta—. Ya no lo hago. Estoy desempleado y muy necesitado. Quisiera que me
adelantara mi diciembre, “lo mío”. Hasta con un papeletazo de quinientos me
conformo.
Salí del súper apresurado. No compraría nada. Blindaría las
puertas de mi casa, no tomaría los teléfonos y mucho menos revisaría los
correos en mi ordenador. Pero no contaba
con ciertas astucias.
—¡Don Giovanny!
¡Don Giovanny! —me gritaba un joven vecino desde la calle— ¡Su perro fila está
raro!
Bajo. El joven me dijo que le parecía raro ver Adler
descansando. Pensé asesinar aquel joven.
—Usted
sabe, don Giovanny, que tenemos un asopado este fin de semana. Deme algo (¡“lo mío”!) de dinero para la fiesta.
Lo asesiné allí mismo. Y ahora huyo de la Justicia. Estoy
escondido en un lugar secreto. Desde luego que me he llevado a “La Gata” (mi
Mac) y mi internet móvil y he hecho una lista de amigos importantes que debo
contactar.
Poderosos: Franklin Báez Brugal, Manolito García Arévalo,
Felipe Vicini, Pepín Corripio; entre otros.
Influyentes: Tony Raful, Euclides Gutiérrez Félix, Gedeón Santos,
Saúl Pimentel, Onorio Montás, José Rafael Lantigua y como cuarenta firmas más.
No los pienso importunar solicitando que me ayuden a
evadir la Justicia. ¡No! Eso es fácil. Pienso gritarles en sus respectivas caras… ¡¡¡¡¡Denme
“lo mío”!!!!!. ¡
¡Qué fastidio!
Telón.
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