miércoles, 29 de diciembre de 2010

La ciguapa y el último ciguayo




Nota: Hace aproximadamente unos siete meses envié a Mario Lebrón todo el material para un libro de cuentos que deseaba publicar. A Lebrón porque él es, a parte de de buen actor, un excelente corrector ortográfico. Mario se dilató un tiempo en el trabajo que siempre demanda mucho cuidado. Finalmente devolvió los papeles a él remitidos con las correcciones solicitadas. Imagino que tamaña sorpresa se llevó al descubrir que en uno de mis relatos aparecía él como factor desencadedante de la historia. 
Luego que recibir los originales de las manos de Lebrón envié los documentos a Tony Raful para que este escribiera la introducción del libro de cuentos cuyo titulo  es (hasta ahora) "Los cuentos del Otro".
Ha pasado el tiempo y aún Raful (sospechosamente) no devuelve los papeles con el epílogo solicitado. Ha prometido (tanto a mi como a un preocupado por la tardanza Luis González Fabra) hacer todo en enero. Resulta que Raful ahora ocupa su tiempo con los asuntos del PARLACEN (recuerden que allí es diputado), el libro de poemas que acaba de publicar, otro que tiene en proyecto, los artículos del Listín Diario, ir a ver a mis piezas de teatro y acompañarme casi todas las noches al Boga-Boga (apodado por mi, cariñosamente, "La oficina").
Por supuesto con tanto ajetreo Raful no puede sacar tiempo para la introducción a la cual está comprometido (¡qué vaina por venganza le he tirado!).
Pero en lo que la terrible hacha del verdugo bailoteaba, publiqué hace unos meses uno de los relatos ("El tiburón bolo"). Relato que entre los amigos despertó un vivo interés y sorpresa.
Un tanto desesperado por la tardanza de Tony (ojalá que se sienta culpable), y como regalo de fin de año, publicaré hoy otro de los relatos mencionados.
Dejo este hijo mío frente a vuestros ojos. ¡Cuídenlo como si fuera... mío! Porque si no... habrá sangre de nuevo en el solar.


Laciguapa y el último ciguayo

“Los dioses facilitan elprimer verso; los demás, los hace el poeta.”
                                                                                                                               Paul Valéry


                        Aún debato en miinterior si es o no cierta esta historia. Si ocurrió con todo lo que implica ome la contaron para introducir imágenes literarias en mi cerebro. Aunque si noes real, por las connotaciones que ella determina, merece serlo.

            Nomucha gente conoce sus detalles, lo admito. Cuando el viejo España, todos asílo nombraban, se atrevió contármela después de muchos circunloquios, me quedéanonadado. En el momento en que la escuché, francamente, no la entendí en todassus dimensiones, implicaciones e intríngulis. Varios años más tarde, cuandoesos formidables archivos que llamamos neuronas reagruparon todas las informaciones para precisar el recuerdo, entonces sí capté la esencia de lahistoria, aunque me pregunté esa vez si efectivamente era creíble, si eraconfiable el relato del viejo España. ¿O era simplemente un tema que introdujoen mi cerebro como un regalo literario? Pienso esto porque recuerdo que díasantes de contármela me preguntó qué iba a ser yo cuando creciera.

            —¡Escritor! —respondí rápidamente muy seguro de mí mismo y captando la sorpresacomplacida en la cara del viejo España.

            Élefectivamente era español. Tenía dos hijos dominicanos. El varón estudiabaabogacía en la Capital y la hembra tenía tres años de casada con un agricultorde El Seybo por quien España no profesaba mucha simpatía. El viejo se habíaquedado prácticamente solo. Solo en aquella casa opaca y de contadas alegrías.Una casa que originalmente fue verde, con el paso del tiempo y su pintura nuncarenovada, se volvió cuasi cineraria. Ordenada, eso sí. Y limpia. Sin olores nimatices, pero limpia.

            Entreél y yo las cosas no empezaron muy bien que digamos. Jugando a indios yvaqueros del Viejo Oeste americano con otros niños del vecindario, recorríatodos los patios circundantes. Ellos eran nuestros escenarios. Desde luego queera mío el no escrito guión de cada juego.

            Unatarde, tratando de esconderme del MarshalHumberto Jiménez, penetré al patio del viejo España. No podía ser encontradopor aquel otro Wyatt Earp que crecíaen Nagua. Seguramente si me atrapaban esta vez, luego de robar el oro del bancolocal y matar con mi, nueve veces marcada, pistola colt 45 al vigilante meahorcarían de un árbol, al lado de un cactus en las afueras de Álamo. Así lascosas...

            — ¡No me atraparían vivo! ¡La cárcel no estabahecha para mí! No, señor...

            Perseguidopor Wyatt Jiménez, el cualcaracterizaba al Marshal legendariomejor que Randolph Scott, Richard Dix, Henry Fonda, Joel McCrea y BurtLancaster; entré al patio de la casa del viejo España y encontré la puertaabierta de una bodega separada de la casa por unos siete metros de patioencementado. En nuestros juegos los espacios interiores de las casas serespetaban desde que nos metimos en serios problemas por usarlos comoescondites. Pero esta vez —¡Caramba, esmi vida la que está en juego!— decidí entrar a aquella bodega que siempretenía un candado puesto y que mucho me había intrigado. Tanto, que llegué aimaginar que en ella España, seguramente, realizaba conjuros intrincados.

            —¡Se metió en el patio del viejo España! —gritóHumberto Earp.

            —¡Carajo, me descubrieron!

            —¡Es un forajido peligroso. Si se resistetiren a matar! —escuché decir al siempre severo e incorruptible Wyatt Earp, del que veía solamente sublanco sombrero tejano.     

            —¡Que no se escape ese pillo, asesino y robabancos! —con ira verdadera seguía gritando Humberto, mientras disparaba alaire con las dos pistolas niqueladas que portaba.

            Nopudieron atraparme. Al menos no los Marshalsque me perseguían. En mis guiones algunas veces el malo (siempre yo) triunfaba.Estaba escondido detrás de las dos barricas del vino que para su uso fabricabael viejo España. En nuestro juego era hacer trampas estar allí. No era lícitoesconderse en aquel lugar; pero una pequeña deslealtad no era significativa. Yse sabe que en el amor, en el juego y en la política todo está permitido.

            Allípermanecí por largo tiempo. Tanto que pude observar la habitación en todos susdetalles. De una sola puerta y una sola ventana, cucharas de madera, vasijas dediferentes tamaños, una mesa cuadrada y sin pintar, dos barriles pequeñitospara trasegar, un jarrón de madera, un vasito, una silla de guano, una banquetay dos grandes toneles llenos de vino. Ambos tenían sendas llaves de madera. Lacuriosidad me hizo abrir una de ellas. El vino comenzó a fluir. Cerrérápidamente la llave y traté de ver si en la habitación había un paño parasecar el vino derramado. No lo había. Comencé a empujarlo con mis manos que sepusieron moradas inmediatamente.

            —¡Quéolor tan agradable tiene este vino! —me dije— No se parece en nada al CaballoBlanco que mis padres me dejan probar en navidades.

            Disfrutandode antemano la travesura que estaba a punto de cometer, abrí nuevamente lallave de la barrica y llené con vino el vasito de madera que encontré en lahabitación. Probé el vino y me gustó, aunque lo encontré un poco fuerte.

            —¡Yo,el gran catador!

            Decidívolver a probarlo. Los vaqueros de Marcial Lafuente Estefanía preferían cervezacon espumas, lo que allí no había. Seguí bebiendo vino y riéndome de la graciaque me hacía. Mientras más bebía más quería. Mientras más lo hacía más reía.Pero ya se sabe que el vino tiene sus fantasmas. Uno de ellos entró con carahosca, me agarró por el cuello y con una voz que olía a picadura de pipa medijo:

            —¡Ladrón!

            —¡Nosoy ladrón! ¡Soy el hijo de la “Sierpe”! —sin saber por qué atiné a decir.Imagino que extralimitaba los poderes e influencias de mi padre.

            —¿Unhijo de la “Sierpe” es ladrón de vino? —preguntó el fantasma lanzando bocanadasde tabaco.

            —¡Nosoy tal cosa! ¡Soy el vaquero malo de todas mis películas! Robo solamente enbancos callejoneros. Usted sabe,España... (Ya había descubierto que era él.)

            Elviejo me notó completa y risiblemente borracho. Sin mediar otras palabras meagarró por el brazo derecho y arrastrándome me llevó donde mis padres. Ellosquisieron enojarse desde luego; pero no pudieron. Mi contagiosa risa contagió atodos. Se reían y burlaban del...

            —¡Primery último jumo de mi vida!

            Almenos eso me prometí cuando pude salir de aquella borrachera y su resaca.Promesa que he incumplido en miles de ocasiones como cabe suponerse.

             Cuandofinalmente pude levantarme de la cama mis padres me obligaron a ir a la casadel viejo España a pedir perdón. No tuve opción. Asustado y avergonzado toquéla puerta de su casa esperando que nadie respondiera. El propio España abrió lapuerta. Aunque fingía estar serio y disgustado, sus ojos delataban una sonrisasocarrona.


            —¡Entra!—dijo con simulada brusquedad. Lo hice. Él se sentó en una vieja mecedora, sacósu pipa, la llenó de tabaco triturado, le pasó un fósforo por encima y esperó.El olor y el humo del tabaco me molestaban. Quería toser, pero me contuve.Estaba incómodo. Quise irme de la casa, pero también me contuve.

            —Vinea pedir perdón. Lo que hice...

            —¡Shaaaaa! —clamó el viejo, haciendo un gesto con la mano para quitarleimportancia a todo el asunto. Fumó en silencio de la pipa y me miró con susazules y pequeños ojos.

            —¡Conqueescritor! —exclamó el viejo luego de yo haberle respondido varias preguntas.

            —¿Que?

            —Quieresser escritor. —insistió el viejo.

            —¡Voya ser escritor! —dije con mucha seriedad. El viejo me miró complacido.

            —Yotambién lo fui hace muchos años. Poeta. Era poeta. Realmente lo soy todavía. Dela poesía uno nunca se retira. Y si uno le abrió el corazón jamás teva ella a abandonar. Antes yo hasta tenía el uniforme de poeta.

            Estabasorprendido. ¡Nunca hubiera pensado que el viejo España fuera poeta! Igual queAmado Nervo y el Santos Chocano del que mi madre declamaba una poesía sobrecaballos.

            —Vengode La Coruña... Aquí llegué en un barco sin una peseta en los bolsillos... Mepuse a trabajar... En España conocí una vez a un importante poeta andaluz queunos desalmados...

            Elgallego habló y habló hasta notar que me temblaban las piernas por elcansancio. Aunque lo estaba ahora eso no importaba. El relato que terminaba deescuchar era fascinante. Me despachó finalmente invitándome a venir a hablarcon él cuantas veces quisiera. Regresé feliz a mi casa, aunque una  fijación puso a trabajar miimaginación.

            —¿Dóndepodrían estar los restos del poeta andaluz fusilado por el propio Franco, segúnel relato realizado por España? ¿Se lo habría enviado envuelto en una alfombraa su enllave Trujillo para que lo tirara en una de las lagunas de esta ciudad?  Meprometí indagar con gente que vive chequeando las cosas que hacen los vecinos,si  habían visto un español nuevosiendo enterrado en algunas zonas pantanosas de las que hay por acá.

            Díasdespués volví a la casa del viejo. Por muchos detalles me di cuenta de que meesperaba: vestía completamente de negro y llevaba una boina en la cabeza.Aunque no lo dijo supuse que era su uniforme de poeta. Había dos vasos sobreuna mesa de madera y una bota curva de cuero llena completamente de vino. ¡Desu vino!

            —Tomemosjuntos, colega. —me dijo— Yo, varios vasos llenos. Usted, uno con menos de uncuarto... y a pequeños sorbos. Total... el vino con moderación no hace daño anadie. Y como dijo Dante: El vino siembrapoesía en los corazones.

            Mesenté sin nadie indicármelo (y sin saber todavía quién era ese Danteborrachón.); pero entre colegas esas licencias, supuse, están permitidas.Inmediatamente comencé a incumplir la promesa de días anteriores. Bebí. Unpoquito solamente, pero bebí. Varias cosas descubrí entonces. La primera: elvino limpia los oídos y aguza el entendimiento. La segunda: La relación deamistad con España iba para largo. Los niños tienen mucho cuerpo y pocaspalabras. Los abuelos tienen poco cuerpo... pero montones de palabras. El viejoEspaña y yo, partiendo de esa máxima, nos complementaríamos muy bien. Lo hicimos.Cada cual aportó lo suyo. Casi todas las tardes, hasta que murió, iba a ver alviejo con su uniforme de poeta, su fuerte pero sabroso vino y todas susapasionantes historias, inventadas o ciertas.

            Undía llegué tarde a nuestra tertulia literaria. El viejo estaba inquieto. Eraobvio que tenía un buen relato que contarme. Estaba hasta un poco alterado. Alparecer los datos del asunto ya no le cabían en el cerebro.

            —Coleguita,siéntese en su mecedora, tome sus dos sorbos de vino, guarde silencio, no interrumpay escuche hasta el final una buena historia, o leyenda según se prefiera.

            Laadvertencia era innecesaria. Yo siempre me sentaba tranquilo en mi pequeñamecedora. Siempre me tomaba los dos sorbos de vino (realmente eran cinco)mientras España hablaba, hablaba y hablaba. Siempre permanecía silencioso. Ysiempre pensé que sus narraciones no eran historias sino leyendas.

            Perdónque disgregue aquí un poco, pero debo informar que había guardado en unagaveta, desde hacía aproximadamente un mes, mi pistola con nueve marcas en lacacha. Ya no leía a Lafuente Estefanía. Ahora leía las poesías de Hernández ylas de Machado y un libro grandísimo titulado “La noche quedó atrás”. Libroque se suponía no debía leer todavía.

            España,más circunspecto que de costumbre, tal vez hasta un tanto emocionado, empezó lanarración de aquella tarde.
 
            Lo que voy a contarle, amiguito, tiene queser un secreto de hierro entre nosotros. Usted solamente lo puede contar oescribir cuando yo muera. Este país aún no está preparado para saber la verdadsobre este suceso. Mucha gente podría pensar que estoy loco si se entera en loque me he involucrado. Y aquéllos que están enterados me acusarían de traiciónpor divulgarlo. Se enojarían tanto conmigo que hasta podrían asesinarme. Así degrave es este asunto.
 
            Miamigo y colega hablaba con tan grave solemnidad que hasta sentí desasosiego.

            Dos años antes que ustedes llegaran aquí, vinoal pueblo un joven sociólogo. Mi hijo lo había conocido en la Capital enciertas reuniones clandestinas y me pidió que lo albergara en esta casa todo eltiempo que permaneciera en el pueblo. Un mes antes de él venir se había regadola noticia de que en el paraje La Corcova habían atrapado una ciguapa. Imaginoque usted sabrá, coleguita, que la ciguapa es una india fabulosa que tiene lospies en  dirección opuesta a lacabeza. Se supone que el vocablo es una corruptela de ciguaya. Pues resulta yviene a ser, según aseguraban los lugareños, que supuestamente un grupo demontañeses atraparon una y la entregaron en una jaula hecha con troncos ylianas al alcalde pedáneo del lugar. La noticia apareció en periódicos importantes del país y fue difundida eficientemente por radio “Bemba”.Pero dicen lenguas generalmente creíbles que Trujillo, enterado del caso,ordenó eliminar la criatura por las connotaciones que aquello podría tener aquíy en el exterior. ¿Cuáles? No lo sé. Pero en este país las cosas son másinsólitas que en otro lugar.

            Al parecer así lo hicieron, porque derepente todo el asunto se silenció y la gente dejó de preocuparse por lasupuesta ciguapa. No obstante, algún que otro campesino decía por lo bajo queveían, de cuando en vez, a esas ciguayas fabulosas caminando desnudas en lasorillas de los ríos montañosos.

            JoséMerán escribió en su tesis de graduación que en la isla quedaban indios todavíay que eran ciertas las historias de las míticas ciguapas y no una táctica paradespistar a los conquistadores españoles de los tiempos coloniales. Atraído porel caso y convenido de que esta vez descubriría la verdad, Merán decidió veniraquí para investigar todo el asunto. Cuando entró a la casa me dejó atónito. ElJosé Merán éste, nativo de San Juan de la Maguana, parecía realmente unindígena. Su aspecto era el de un taíno del cacicazgo de Jaragua.

            Unahora después de estar aquí, y mientras cenábamosuna guinea que yo mismo había cazado, me enteró de todo su proyecto. Al díasiguiente, nervioso y excitado, con una mochila y escasas provisiones, partióen un motor alquilado hacia La Corcova. Recuerdo que se despidió muyentusiasmado y prometiendo regresar con datos y pruebas en una semana. Pero noregresó a la semana prometida. No me extrañó porque ustedes los dominicanos noson muy puntuales que digamos. Como el sociólogo nunca regresó pensé que él,luego de realizar sus investigaciones, se había ido directamente hacia laCapital a confrontar los resultados. Pero el día que la Policía vino a buscarmepara ser interrogado por su denunciada desaparición, supe ahí mismo que nunca volvería a saber de él. Cuando en laEra del Jefe la gente se desaparecía lo hacía para siempre. No daban marchaatrás los desaparecidos. José Merán pasó a integrar la larga lista de losesfumados en el régimen de “Chapita”. Nagua siempre fue un lugar ideal parahacerlo. Seguramente muchas ciénagas y lagunas de aquí tienen folías en ese sentido quemostrar.

            Perovolvamos a nuestro asunto. La Policía me interrogó por más de dos horas.Realmente tenía poco que informar. Apenas había estado con Merán unas cuantashoras y toda la conversación giró sobre el proyecto en el cual el sociólogoestaba interesado. Las autoridades pensaban que como el Gobierno,supuestamente, no había intervenido en su desaparición, el tipo lo que estabaintentando era formar en las montañas de la provincia un foco guerrillero.

            —¡Tamañajodienda le estaban atribuyendo!

            Aunquemanejaban el caso con absoluta discreción no pudieron evitar que la noticia desu desaparición se regara como pólvora. La preocupada esposa del sociólogo, quehasta ese momento yo no sabía que existía, inició entonces sus propiasaveriguaciones. Amigos y familiares de éste se unieron también a su búsqueda.En esos menesteres trabajaron por unos dos meses. Luego se cansaron, odedujeron que jamás lo encontrarían. Todos menos la esposa. En San Juan de laMaguana hicieron un entierro simulado con algunas de sus pertenencias, lolloraron, lo rezaron y lo olvidaron como es de rigor que se olviden los muertosde estas tierras.

            En la mañana de un domingo se apareció enesta casa una joven santiaguera llamada Nancy Cabral. Era pálida y hermosa. Nomuy alta, pero muy bien proporcionada. Tenía el pelo recortado hasta loshombros y vestía completamente de negro. Era la esposa, o viuda, del desparecido José Merán. Vino ahablar conmigo. Poca gente se interesa en hacerlo. Yo estaba extrañado ycomplacido. Hablamos durante horas. Le di los pocos datos que tenía de suesposo. Ella, que se hospedaba en el hotel de Silvia, la vieja ex chivatatrujillista, había decidido no abandonar las abandonadas investigaciones sobresu esposo. Aseguró que algo en su interior le decía que él se encontraba vivotodavía. Generalmente el amor, resistiendo, actúa de esa manera.

            Meemocionó tanto su devoción que la invité a quedarse todo el tiempo que quisieraen esta casa. En un principio no aceptó el ofrecimiento. Pero ante losargumentos que presenté de que ella no podría costear por mucho tiempo el pagodel hotel, decidió utilizar mi casa como centro de operaciones del trabajoinvestigativo. Ella era abogada y tenía un gran sentido de la organización. Precisamente eso fue lo primero que hizo:organizar y sistematizar todo. Yo la ayudé, por supuesto.  Me aburría aquí en el pueblo. Además,disponía de tiempo porque lo único que hacía era trabajar en mi finca yalmacenar algún dinero. Aquello era un extra encantador. Bueno... organizamosel asunto y luego comenzamos a atar cabos para finalmente ella dirigirse alescenario de los acontecimientos: las montañas cerca a La Corcova.

            Tempranitoen la mañana siguiente partió de esta misma casa. Para despistar, por si acasoalguien la estaba vigilando, decidimos que un guía que yo había contactado laesperara en el cruce de El Papayo, desde allí irían luego a su lugar de destinoen La Corcova. Esa vez yo mismo preparé sus provisiones, el mapa, las armasblancas que creí les serían útiles y elegí la ropa que debía usar. Hasta leagregué unos cuantos pesos a los pocos pesos que tenía. El dinero, si essuficiente, abre las bocas de asustados campesinos.

            Efectivamente.A las seis de la mañana de un martes del mes de abril partió en una camionetaque alquilamos. Cuando llegó al cruce de El Papayo ya la esperaba con caballosel viejo labriego por mí contratado para explorar con ella las montañas de LaCorcova dando, previamente, un rodeo formidable. Nancy se desmontó de lacamioneta, pagó lo acordado, según declaró más tarde el conductor que hasta elcruce la llevó, y se despidió de él que partió mientras ella saludaba alviejo  guía. Nunca más la volvió aver. Yo tampoco... creo. Bueno... de esto no estoy del todo convencido. Y no volví supuestamente a verla porque al igual quesu esposo Nancy desapareció de la faz de la tierra.

            —¡Ostias!¡Otra persona desaparecida al salir de mi casa!

            Mismosasuntos: Corrió la noticia. Vinieron familiares y amigos de la ciudad deSantiago de los 30 Caballeros a buscarla. Me interrogaron (esta vez medetuvieron por una semana). Interrogaron al conductor de la camioneta. Nadapudieron determinar. Cuando lograron localizar, un mes más tarde, al campesinoque acompañaba a Nancy en su aventura, declaró a los policías que anduvo conella una semana, más o menos, que entrevistaron a muchos campesinos  encontrados en el camino; pero nadaconcreto sacó la muchacha de las informaciones obtenidas de ellos. Aunque éstosinsistían que por aquella zona ciertamente se veían guerreros ciguayoscorriendo entre los árboles y bebiendo agua acuclillados en las orillas de losríos.  En una ocasión, según lanarración del viejo guía, Nancy se apartó para seguir lo que creyó eran buenaspistas de su esposo. El campesino, que estuvo preso e investigado por todo unaño, creyó haberla escuchado hablar en lamontaña con otra persona a quien la muchacha pareció recriminar. Luego nuncamás la vio. ¡Desapareció!

            Enla semana que estuve detenido no la pasé bien. Era de esperarse.

            —¡Unpar de esposos desaparecidos que habían estado antes en mi casa no era algosencillo!     Desdeluego que yo también fui considerado sospechoso. Con el tiempo losinvestigadores se fueron cansando y perdieron el interés por los desaparecidos.La gente mi miró por unos meses como si yo fuese un agente secreto del mismoSatanás.  Bueno... pasó el tiempo ycuando ya casi habíamos olvidado al par de esposos, el padre Demetrio comentóun día a un grupo de propietarios de fincas y negocios importantes quecoincidimos en una reunión, que existía mucho nerviosismo entre campesinos dediferentes poblados de la provincia. Éstos afirmaban haber visto una ciguapa yun guerrero ciguayo casi desnudos caminando por los bosques, ríos y montañas.Al día siguiente de las revelaciones del sacerdote reuní en mi casa a siete delos que estábamos en la reunión, entre ellos al cura. Les propuse querealizáramos unas discretas investigaciones para descubrir la verdad.

            —No conviene que en la provincia ocurrandesapariciones como la de los dos esposos. —aduje— Ni que se propaguen leyendasde ciguapas y ciguayos corriendo desnudos por ahí. Además —insistí— querersaber la verdad de lo ocurrido es un deber cristiano.

            Elcura estaba complacido con mi último argumento. Yo soy un incorregible ateo, undescreído; pero los convocados a mi casa eran creyentes y el argumento resultóefectivo para todos.

            Nospreparamos durante un mes. Cada uno fue haciendo, mientras, investigaciones porsu lado. Al cura esto le resultó fácil sin despertar sospechas de lasautoridades. Reuníamos datos y luego los confrontábamos en la parroquia.Descartamos muchas de las informaciones recibidas. Algunas de éstas, en cambio,nos resultaron interesantes y salimos a comprobarlas. Cinco meses duramosinvestigando y siguiendo cientos de pistas. Duramos tanto tiempo en esto porqueteníamos que movernos con mucha discreción. Por las autoridades.

     Encierta ocasión una familia campesina le aseguró al cura que vieron a unosindios durmiendo en unos pajonales cerca de Los Jengibres. Lo juraron por laVirgen Santísima y algunas santas. Esa vez el cura no objetó su juramento. Elgrupo de los siete, a caballos, fuimos hasta el sitio señalado. Encontramosevidencias que indicaban que los campesinos podrían estar en lo cierto.Seguimos las pistas dejadas. Éstas nos internaron en las montañas más apartadasdurante toda una semana. Acechábamos por las noches y descansábamos durante eldía. La excusa que dábamos a la gente era que ayudábamos al cura a hacer unaespecie de censo religioso.  A laséptima noche de explorar los alrededores de Los Jengibres, cuando ya estábamosa punto de regresar a Nagua, uno del grupo, Papi Luna, creyó percibir en unamontaña la luz de una fogata. Sigilosamente nos dirigimos a pies hacia el lugarindicado por Papi. El único sonido que se escuchaba era el producido por losgrillos. Iluminamos el intrincado trayecto con una docena de luciérnagas queteníamos en un frasco.

            Enunos quince minutos llegamos al lugar. ¿Y qué encontramos? ¡Una pareja deindios desnudos, abrazados y dormidos a los que apenas podíamos ver! Aún asínotamos que él tenía una barba muy copiosa. Ella era hermosa aunque no muyalta. Estaban cubiertos con hojas secas de plátanos y mal iluminados por unadiscreta luna. Nosotros, para no delatarnos, habíamos cubierto el frasco de lasluciérnagas con uno de nuestros sombreros. Inmediatamente vimos a la pareja...de indios, nos dimos cuenta de lo que estaba ocurriendo. Sin hablar, sin siquierahacernos señas, sin mirarnos, nos pusimos de acuerdo los siete jinetestrasnochados. Lo mejor que podíamos hacer, y así lo hicimos, era dejar a laciguapa y al ciguayo seguir viviendo tranquilamente en las montañas. Si loscapturábamos destruiríamos quizás una magnífica quimera. De todos los dulcesindígenas que mis antepasados españoles encontraron en la isla solamente dos,al parecer, quedaban vivos. A esos dos los siete que los habíamos encontrado noíbamos ahora a exterminarlos. Sin decirnos nada iniciamos el trayecto deregreso. Días más tarde los siete jinetes de la historia: el cura, MunditoCruz, Tontón Alonzo, Papi Luna, Bobo Raposo (que no era bobo nada), TontoRaposo (que nada tenía de tonto) y yo hablamos por última vez deldescubrimiento. Nos comprometimos a ni entre nosotros volver hablar del caso,ni buscar más a los... desaparecidos. Porque ¿qué derecho teníamos decontaminarles su leyenda?


            Elviejo España terminó el relato consternado. En aquel momento no comprendí deltodo lo que realmente había ocurrido. Sólo años después entendí todas lasconnotaciones y aristas del asunto. Aunque hoy decidí contar la historia, novoy a revelarles todos sus enigmas. También estoy yo comprometido a proteger elsecreto de aquellas quimeras, sean estas historias o leyendas; la de la parejade... indios y la asumida luego por el grupo los Siete; fundado, como tenía queser, por un poeta que a los pocos días de contarme la historia, uniformado,abandonó este mundo con sus verdades, sus fábulas, el amor por la poesía... y su vino.

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