martes, 23 de marzo de 2010

Mario y el Tiburón Bolo

 

¡Por fin apareció Mario Lebrón! Estaba asustado porque varias personas me escribieron para contarme que lo habían visto tomando un avión hacía Puerto Rico con un gran manojo de papeles impresos. Desde luego que se pensó que eran mis cuentos. Al parecer, por lo que leímos en una una nota me enviara, no hay nada porque preocuparse.


Mi querido y apreciado señor Cruz....
Es un gran honor para mí, como siempre, el que usted confíe en mi capacidad ortográfica para corregir sus escritos. Lo hago con el placer de ayudar al amigo, y a la vez ser parte de tan valiosos escritos que usted nos regala. En el caso de los cuentos simples, en los cuales nos deja la duda de dónde termina lo autobiográfico y donde inicia la ficción, he disfrutado y me he dedicado a leerlos con calma, con detalle, con amor por una obra de narraciones interesantes. Agradezco sobremanera el haber sido incluido como personaje en la última historia (¿cuento?), o al menos algún pariente mío. Ha sido una verdadera sorpresa, y quizás sí encontré la tal botella... algún Jacas Especial sin terminar... con ese fondo (bigote) de bebida dejado al abandono por cualquiera, como mensaje para usted del paso a dar con la mentada carta de la China.
Me excuso si he tardado más de lo esperado por usted... estuve el fin de semana fuera de la ciudad en plan de recreación y descanso. 

Pero como habíales prometido publico hoy uno de los cuentos de mi libro, el cual no se ha enviado a imprenta porque aún Tony Raful no me entrega la introducción. Imagino que está esperando, primero, que lleguen los cuentos para leerlos.
Este que publico pertenece a los agrupados en el segmento titulado Las Leyendas.



El famoso tiburón bolo 

“La Literatura no es otra cosa que un sueño dirigido."
                                                                                                                    Jorge Luis Borges


     Con esta historia tengo algunos problemas cronológicos. Ocurre que sobre ella he escuchado varias versiones. Estas difieren en años, lugares, origen y víctimas. Siempre creí que la historia, tan real como todas las leyendas, había ocurrido antes del 1959. Empero, mi vehemente hermano mayor asegura que la fecha de inicio pudo haber sido antes del 59, pero concluye realmente en 1964, a unos cien metros del principal puente sobre el río Boba, que es el que abastece el acueducto de Nagua. 
     Es algo normal que cuando uno es jovencito en Nagua haga balsas, o cayucos, con troncos de matas de plátanos amarrados con tiras sacadas de los mismos troncos, pasa pasear en ellas por los muchos riachuelos que cruzan la ciudad. En embarcaciones de este tipo “navegué” y pesqué cientos de veces en los diez años que viví en el lugar. Algunas veces, peligrosamente, desde las aguas de los ríos nos introducíamos en el mar. Eso mismo ocurrió con dos niños que de esta manera dieron origen a la original historia que vamos a narrar. Los niños fabricaron una frágil embarcación con ocho troncos de la referida planta, navegaron durante mucho rato por ríos y afluentes en el cayuco, llegaron al mar y tiraron sus anzuelos utilizando lombrices de tierra o unos pececillos de riachuelos llamados cabozos que por hediondos no son nada comestibles. Al cabo de unas horas sobre el cayuco había más de dos docenas de pescados de tamaño regular. Cuando estaban a punto de emprender el viaje de regreso el cordel de su rústica vara de pescar se puso tenso. Más que las veces anteriores. Esto porque había “picado” un pez más grande que los atrapados anteriormente. Los infantes pescadores pelearon con el pez por más de media hora hasta que, después de frenética lucha, lograron subirlo a la balsa de los ocho troncos flotadores. Pero aún en ella el pez seguía dando pelea  
     — ¡Un tiburón! ¡Atrapamos un tiburón! —gritó alegre uno de los niños. 
   Ciertamente habían atrapado un bebé de tiburón tigre con las rayas todavía definidas, que aunque pequeño daba tanta pelea como un grande. Los buzos y pescadores saben cuán agresivos suelen ser los tiburones bebés. Son magníficos guerreros. Por eso, para aquellos inexpertos pescadores era un orgullo atrapar al joven escualo, que se resistía más que una fiera enjaulada haciendo honor al nombre que ostentaba. Tratando de terminar con la pelea uno de los niños sacó un cuchillo para matar al tigre marino ahí mismo; pero dado el movimiento que hacía sobre la inestable embarcación, solamente consiguió, torpemente, herir en su aleta dorsal al escurridizo tiburonzuelo, que intimidando a base de aletazos mantuvo a raya a los dos niños y luego regresó a las aguas del mar. 
   — ¡Se escapó! —dijo desilusionado el más pequeño. 
   Tendrían, de todos modos, una fabulosa anécdota para contar el resto de sus vidas. Como suelen hacer los pescadores, dirían que se les fue el pez más grande jamás atrapado en muchos años. Tiempo después, veteranos pescadores reportaron que un joven tiburón tigre, con la punta de la aleta dorsal cercenada, se aventuraba a entrar en los ríos de Nagua o se paseaba confiado por la orilla del mar. Desde luego que relacionaron la ya harto comentada experiencia de los pequeños pescadores con este tiburón que a la fecha era, por supuesto, mucho más grande y peligroso. Pasaron los años y seguían llegando noticias y reportes de las incursiones del ya llamado Tiburón Bolo. 
    Una mañana... un experimentado pescador se adentró en el mar en su bote de remo. Eso lo hacía todos los días procurando su sustento. Lo novedoso resultó que aquella mañana se hizo acompañar por una fémina apodada Pelagia, ignorando la cábala marina que asegura que una mujer en un barco es mal augurio. Mientras el pescador preparaba los anzuelos de sus tres cañas de pescar, Pelagia decidió introducir sus dos piernas en las tibias, saladas y transparentes aguas de aquel soberbio mar Atlántico. De repente la muchacha en la yola sintió que algo la halaba con fuerza hacia el fondo del mar. Lanzó un aterrador grito que asustó a su acompañante, el cual reaccionó como una centella agarrando a la joven por los brazos cuando estaba a punto de desaparecer por completo en las aguas marinas. La acostó en el centro de la cubierta notando en seguida que casi todo el cuerpo estaba intacto, excepto la pierna izquierda que había desparecido desde la mitad del muslo. El bote se sacudió peligrosamente. Algo lo golpeaba por el fondo. Comprendió de una vez el pescador que arrancar una pierna de cuajo a la muchacha y golpear con tanta fuerza la embarcación solamente podía ser obra de un temible y poderoso tiburón. Tomó uno de los remos con sus dos manos y golpeó repetidas veces las aguas con la parte ancha del mismo. Los golpes debajo del bote cesaron y el pescador vio a un tiburón tigre alejarse de su embarcación. Pero antes de perderse definitivamente el tiburón dio dos vueltas completas en torno al bote. En la segunda de éstas el asustado pescador pudo notar algo singular en el tiburón: le faltaba una parte de su aleta dorsal. Miró el arpón que estaba en fondo de su bote. Pensó armarlo y disparar al escualo. Pero la muchacha estaba desangrándose y ya desaparecía de su vista el agresivo tiburón tigre. Remó rápidamente hasta la orilla y con ayuda de otros pescadores llevó a la muchacha al hospital público de la ciudad. Allí lograron salvar su vida; pero viviría el resto de ella con muletas y mucho que contar. En el pueblo se regó la noticia de que 
   —¡Un poderoso tiburón bolo había atacado y herido a la muchacha que acompañaba a Berto el pescador!
    Como es entendible, a medida que la noticia del suceso transitaba por campos, parajes y ciudades, le atribuían al Bolo hazañas que probablemente nunca pudo realizar. Las que sí están documentadas, o verosímilmente testimoniadas, son: el letal ataque a dos turistas canadienses en la Bahía de Rincón, las tres fatales mordidas que dio a un buzo en Samaná, la muerte de un niño a dientes suyos ocurrida cercano a las Terrenas, el ataque en la llamada Poza de Bojolo a un joven deportista que practicaba en un pequeño velero, el sorpresivo ataque a unas mujeres que lavaban ropa en el río Boba y la muerte a dentelladas de un marino que junto a otros dos colocaba bollas por las cercanías del municipio de Cabrera. Amplia era la zona de terror donde operaba el dichoso Tiburón Bolo, que en su mortífero trayecto recorría las aguas marinas comprendidas entre las bahías de Samaná, la de Rincón y la Escocesa. 
     Empero, el ataque más indignante del Tiburón Bolo ocurrió en la playa El Diamante, a cinco minutos de Cabrera. Dicha playa tiene la forma de la piedra preciosa de la cual tomó su nombre. Parece una pequeña bahía de aguas realmente cristalinas, poco profundas, arenas blancas y con una novedad que la hace única por los alrededores: desde las montañas que la circundan bajan ríos que crean, dentro de las saladas aguas marinas, una deliciosa y refrescante poza de aguas dulces. El Diamante es un verdadero paraíso tropical. Dados todos los atributos que he citado se considera que es la playa ideal para una familia. Se sabe que los tiburones prefieren accionar en aguas profundas. Sin embargo, nuestro Tiburón Bolo entró una mañana a las tranquilas aguas de El Diamante y atacó a una familia compuesta por dos niñas, el padre, la madre y una tía. Excepto ésta, todos fueron heridos por el temible tiburón que se hacía notorio por la quebrada aleta que exhibía. 
     Autoridades y pescadores de los pueblos costeños donde opera el escualo se sintieron hastiados y se pusieron de acuerdo para matarlo. Se organizaron grandes escuadrillas de pescadores que siguieron durante meses al depredador sin poder ultimarlo. Mientras, él seguía dejando una estela de sangre, muertes y heridos en su amplia trayectoria. Entendiendo, finalmente los lugareños, que no tenían capacidad ni recursos para cazar en la inmensidad del mar al escurridizo animal, hicieron contacto con unos expertos noruegos que trabajaban en la reconstrucción de los puentes de la zona. A los noruegos les encantó el desafío y pusieron manos a la obra. Se sabe que ellos son expertos en asuntos del mar. Su Historia así lo confirma. Además, disponían de técnica, experiencia y recursos. Lo primero que hicieron fue reunir datos del ya afamado Tiburón Bolo. Estudiaron con cuidado su comportamiento y las rutas preferidas por aquel asesino de los mares. En estos afanes realizaron un descubrimiento asombroso: el escualo criminal solía esconderse y descansar en aguas dulces. Lo hacía, preferiblemente, en el caudaloso río Boba, donde había atacado dos o tres veces. Le tendieron varias trampas que el Bolo supo esquivar al parecer con cierto nivel de inteligencia; ya sea no probando carnadas envenenadas, rompiendo fuertes cordeles de pescar o destruyendo los troncos de corrales construidos para encerrarlo. Claro que supersticiosos pescadores de la zona aseguraban que él había reunido una escuadrilla de peces espías que avisaban de intenciones y movimientos de los humanos. Desde luego que no se descartaron ciertos poderes satánicos que podría tener el depredador. Sólo así podría explicarse el tremendo éxito que había tenido hasta ese momento para evadirse tantas veces. 
     Pero una noche de luna llena... el Tiburón Bolo entró a descansar al río Boba. Nada parecía haber en el río que le importunara. Se sintió, desde luego, a sus anchas. Empero -¡de repente!- algo vivo se movió en la superficie del aquel río. Era un negro perrito realengo que mal herido intentaba salir de aquellas aguas. El Tiburón Bolo lo vio y olió perfectamente. La luna contribuía a su visión. Además, los desesperados chapoteos y aullidos del canino lo delataban muy bien. El Bolo lo miró, lo tasó y se puso en movimiento. Dio a su alrededor las dos vueltas acostumbradas, dedicó al perrito negro su conocida sonrisa de la muerte y... atacó. Atacó con fiereza y eficacia. Los tiburones tienen varios juegos de dientes que al moverse actúan como sierras independientes y mortales. Desde el primer y único ataque el perro dejó de aullar y de moverse. Para tomar verdadera posesión de su presa el escualo intentó sumergirse en lo más profundo del Boba. De repente sintió un escozor en la boca. Tenía un gigantesco anzuelo incrustado en ella amarrado a un cable de acero. Comenzó a luchar. No era imposible que lograra zafarse del metal; este tigre de agua, ya sin sus rayas, era capaz de destrozar sin mucho esfuerzo viejos caparazones de tortugas y anzuelos poderosos podía fácilmente quebrar. Pero un noruego, grande como un vikingo, que estaba escondido en la orilla del Boba, apresuradamente y antes de que el Bolo motorizara sus fuerzas y habilidades, encendió un potente generador que alimentaba de electricidad al cable de acero conque habían amarrado el anzuelo y al perrito negro, ambos ahora en la boca del temible tigre marino de la historia. ¡Quinientos kilos de electricidad recorrieron, multiplicándose, las antes tranquilas aguas del Boba! Al cabo de unos minutos la cruenta historia del Tiburón Bolo había concluido con éste electrocutado. El monstruo de cinco metros fue reducido por un generador eléctrico de Noruega al tamaño de una cojinúa. Estaba tan quemado que ni bacalao se pudo hacer con sus carnes, como seguramente pretendían los expertos que lo atraparon. 
     En toda la región se celebró en grande por una semana. En Samaná, Rincón, Las Terrenas, Matanzas, Nagua, Cabrera y Río San Juan tuvieron fiestas y juergas inextinguibles. Los conjuntos de música típica hicieron su agosto. La gente bailó y bebió en las calles y en los bares como si celebraran la Independencia Nacional. 
     — ¡Ha muerto el Bolo! —repetía la gente, como una consigna popular única y aprendida, entregada a farras y juergas conmemorativas. La felicidad, el ron y la cerveza estaban desbordados. 

    Mientras, en un paraje humilde cerca del río Boba, un jovencito de unos doce años, ansioso y angustiado, buscaba inútilmente desde hacía unos días a su pequeño perro Perlanegra. Éste desapareció la misma noche en que cazaron al peligroso y legendario Tiburón Bolo. 
        —! ¡Perlanegra! ¡Ven, perrito, ven!

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